martes, 1 de octubre de 2013

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TRIGORIN- ¿Para qué?
NINA- Para saber qué experimenta un famoso escritor de talento. ¿Cómo se vive la celebridad? ¿Cómo siente usted el ser célebre?
TRIGORIN- ¿Cómo? Probablemente de ningún modo. Nunca he pensado en ello. (Reflexiona.) Una
de dos: o exagera usted mi celebridad o la celebridad no se experimenta de ninguna manera.
NINA- ¿Y si lee lo que de usted se dice en los periódicos?
TRIGORIN- Cuando las palabras son de elogio, es agradable; cuando son de censura, estás luego, unos días de mal humor.
NINA- ¡Maravilloso mundo! ¡Cómo le envidio, si usted supiera! El destino de los hombres es diverso. Algunos apenas arrastran su existencia, aburrida e insignificante, todos se parecen unos a los otros, todos son desdichados; en cambio a otros, como, por ejemplo, a usted -usted es uno entre un millón-, el destino les ha reservado una vida interesante, luminosa, plena de sentido... Usted es feliz...
TRIGORIN- ¿Yo? (Encogiéndose de hombros.) Hum... Usted habla de celebridad, de ser feliz, de cierta vida luminosa e interesante; para mí todas estas bellas palabras son, perdone usted, como una mermelada de la que nunca como. Usted es muy joven y muy buena.
NINA- ¡Su vida es maravillosa!
TRIGORIN- ¿Qué hay en ella de singularmente bueno? (Mira el reloj.) Ahora he de irme a escribir. Perdóneme, no tengo tiempo... (Se ríe.) Usted, como suele decirse, ha dado en mi punto flaco, y aquí me tiene comenzando a inquietarme y a enojarme un poco. Con todo, vamos a hablar. Hablemos de mi magnífica y luminosa vida... Pero, ¿con qué empezaremos? (Reflexiona un poco.) A veces hay imágenes que se nos imponen a la fuerza, como ocurre con el hombre que piensa siempre, día y noche, por ejemplo, en la luna; también yo tengo una de esas lunas. Día y noche me persigue una misma idea obsesionante; debo escribir, debo escribir, debo... Apenas acabo un relato ya he de escribir otro, no sé por qué; luego un tercero; después del tercero, el cuarto... Escribo sin cesar, como si corriera en postas, y no puedo hacerlo de otro modo. ¿Qué hay en esto de bello y luminoso, le pregunto? ¡Oh, qué absurda esta vida! Ya ve, estoy a su lado, me emociono, y sin embargo, recuerdo a cada instante que me está esperando un relato inacabado. Veo una nube semejante a un piano de cola. Pienso: habrá que recordar en alguna parte del relato que flotaba una nube parecida a un piano de cola. Huele a heliotropo. Grabo en mi memoria: olor dulzón, color de viuda; recordarlo al describir un atardecer de estío. Estoy al acecho de cada una de mis frases, de cada una de sus frases, de cada una de las palabras, y me apresuro a encerrar todas esas frases y palabras en mi despensa literaria: ¡a lo mejor algún día me serán útiles! Cuando acabo de trabajar, corro al teatro o a pescar con caña; esto es bueno para descansar, para distraerse; pero ¡ca!, en la cabeza empieza a darme vueltas un pesado obús de hierro fundido, un tema, y ya me siento atraído hacia la mesa, otra vez he de apresurarme a escribir y escribir. Y así siempre, siempre, sin un momento de sosiego frente a mí mismo; siento que devoro mi propia vida, que para la miel que doy no sé a quién en el espacio, saqueo el polen de mis mejores flores, arranco las flores mismas y pisoteo sus raíces. ¿Acaso no soy un loco? ¿Acaso mis parientes y conocidos me tratan como a una persona normal?, "¿Qué está escribiendo? ¿Con qué va a regalarnos?" Siempre lo mismo, y a mí me parece que esta atención de mis conocidos, estas alabanzas de admiración no son más que engaño; me engañan, como a un enfermo, y a veces temo que cuando menos lo espere se me acercarán cautelosamente por atrás, me agarrarán y me conducirán, como a Poprischin, a un manicomio. Y en los años en que empecé, años de juventud, los mejores de la vida, escribir era para mí una tortura constante. Un pequeño escritor, sobre todo cuando la suerte no le sonríe, se siente torpe, inhábil, inútil, siempre con los nervios tensos, a flor de piel; vaga, sin poderlo evitar, en torno a las personas dedicadas a la literatura y al arte, desconocido, sin que nadie se fije en él; teme mirar directamente y sin miedo a los ojos, como jugador apasionado sin dinero. No veía a mi lector, pero me lo imaginaba hostil, desconfiado. Al público le tenía miedo, un miedo pavoroso, y cuando debía poner en escena una nueva obra, siempre me parecía que los morenos se hallaban mal dispuestos hacia mí y que los rubios se mantenían en una glacial indiferencia. ¡Qué terrible era esto! ¡Qué tortura!
NINA- Perdóneme, pero la inspiración y el proceso mismo de crear, ¿no le proporcionan, acaso, momentos de felicidad sublime?
TRIGORIN- Sí. Al escribir, experimento una sensación agradable. También es agradable corregir pruebas, mas... apenas lo escrito sale de la imprenta, se me hace insoportable, veo que no es como debería, que es un error, que no debía haberlo escrito de ningún modo, y ello me entristece, me pone como un peso en el alma... (Riendo.) El público lee y dice: "No está mal, tiene talento... No está mal, pero le falta mucho para llegar a Tolstói", o bien: "Es una obra excelente, pero Padres e hijos, de Turguéniev, es mejor". Y así, hasta el fin de mis días, se repetirá que no está mal y tiene talento, no está mal y tiene talento, nada más; cuando haya muerto, quienes me conozcan dirán, al pasar por delante de mi tumba: "Aquí yace Trigorin. Era un buen escritor, pero no llegó a escribir como Turguéniev".
NINA- Perdóneme, renuncio a comprenderle. Lo que pasa es, sencillamente, que está usted mimado por el éxito.
TRIGORIN- ¿Qué éxito? Nunca me he sentido contento de mí mismo. No me gusto como escritor. Lo peor es que me encuentro como en cierto estado de embriaguez y, a menudo, no comprendo lo que escribo. . . A mí me encanta, mire, esta agua, los árboles, el cielo; siento la naturaleza, que despierta en mí la pasión, un deseo irresistible de escribir. Pero no soy sólo un paisajista; soy, además, un ciudadano, quiero a mi patria, al pueblo: siento que, si soy escritor, estoy obligado a hablar del pueblo, de sus sufrimientos, de su futuro; siento que estoy obligado a hablar de la ciencia, de los derechos del hombre, etcétera, y hablo de todo, me doy prisa, por todas partes me espolean, se impacientan, siguen adelantándose y yo voy quedándome atrás, cada vez más atrás, como mujik que llega tarde al tren; al final siento que sólo soy capaz de describir el paisaje y que, aparte de esto, cuanto escribo suena a falso y es falso hasta la médula.
NINA- Usted se ha dejado absorber demasiado por el trabajo y no tiene tiempo ni deseos de adquirir conciencia de su valía. Es posible que esté usted descontento de sí mismo, mas para los otros es grande y magnífico. Si yo fuera un escritor como usted, consagraría toda mi vida a la masa del pueblo, pero tendría conciencia de que la felicidad de esa masa está sólo en elevarse hasta mí, y la masa me llevaría en carro griego.
TRIGORIN- En carro griego... ¿Me toma usted por un Agamenón? (Sonríen los dos.)
NINA- Por la felicidad de ser escritora o actriz, soportaría el desamor de la familia, la pobreza y las desilusiones, viviría en una buharda, comería sólo pan de centeno, aceptaría el sufrimiento de estar descontenta de mí misma y tener conciencia de mis imperfecciones; pero, a cambio, exigiría la fama... la fama auténtica, clamorosa. .. (Cubriéndose la cara con las manos.) La cabeza me da vueltas... ¡Uf!...


-- La Gaviota, de Antón P. Chejóv --





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