jueves, 24 de octubre de 2013

Un Lugar Cualquiera


http://www.youtube.com/watch?v=CUTcOatPu-0

Se recuerda un lugar que no existió, pero que sin embargo estuvo ahí... allí. Las flores eran de infinitos colores y de olores que llegaban hasta el centro de la cabeza, conectando donde justo se ubica nuestro mundo. Sus verdes prados eran armonía y delicia y hacían pensar a uno en mantequilla untada y en vasos de leche fresca. No se iba mal encaminado, sobretodo al asomar al otro lado y vislumbrar con repentina codicia un pequeño pueblo que complementaba el paisaje que nuestra mente ya bien imaginaba.
Allí sonaba constantemente el agua correr, aunque no se viera ninguna corriente cercana a primera vista. Todos los bancos de su calle principal estaban ocupados por bellas personas que no conocían qué era estar triste, y si lo estaban era con una mueca graciosa de la que parecían reírse de sí mismos. Algún perro acompañaba unos cuantos pasos al viajero repentino, como embajador infalible que no parece actuar al ser sincero sobre lo mucho que está orgulloso de su población. Al fondo molinos no tienen prisa por terminar, y algunas nubes se mueven rápidas al compás como si realmente fuesen también habitantes del lugar.
Su estructura era perfecta, y por ello era imposible no ser una especie de intruso benigno por muy acorde que se fuera. Ser de otro lugar, “de lo lejano”, hacía preguntarse muchas cosas, cuando realmente no había nada fuera de lugar, sólo quizás la composición tan bien encajada, de casas de madera y tejados de tonos claros, con una fuente en medio como una de esas que sólo se ven en películas, de las que de verdad no da miedo beber y de la cual hasta seguramente se cumplía algún deseo al dejar caer alguna buena propina en sus aguas.

El interior de la posada era también idílico, tejido con material soñado previamente extraído con precisión. La combinación de colores suaves así lo aseguraba, acorde al tono de los labios de la anfitriona que quedaba acompañada de un anciano desdentado y simpático. Un poco de historia de aquel lugar cualquiera fue suficiente para uno, que como viajero, se convencía con poco mientras su estancia fuese en algún sitio que le brindase novedad por muy pequeña que fuese.
Asomar por la ventana de la habitación era como el abrir de telón a una obra que no conocemos, pero que desde su inicio sabemos que va a ser buena o, al menos, inolvidable por alguna de sus remarcadas características. Aquella vista brindaba otra perspectiva a pesar de elementos en común, como si aquel pueblo cambiara según como se mirase o por donde se entrase, incluso por la forma de asomarse, manteniendo siempre su intensa esencia de no existir el tiempo, provocando con ello que la vida se supiera eterna; o que al menos lo intentara sentir con gran felicidad y concordancia. Y es que hasta las nubes parecían diferentes sin dejar de ser muy afines al lugar, tan ajenas e hijas de otra clase de dueño alejado del concepto del hombre. No se debía pensar más, y por lo tanto esterar, lo que entrar por otro lado era necesario, con tal de descubrir todo lo que pudiera ofrecer el lugar en el menor tiempo posible.

Los días pasaron y la maravilla no disminuyó, pero si lo hicieron la cólera o el siempre impertinente pasado, las preocupaciones del que vendrá o dirán que una vez estuvieron dentro del viajero que suponemos ser. Los paseos ahora son costumbres y uno se ha mezclado con el entorno cual experto animal cazador, pero que en realidad se muestra como el siempre inofensivo camaleón, que mira con la misma curiosidad de ojos el alrededor de maravilla ubicado entre valles y alegrías.
Las amistades y un temprano amor son inevitables que surjan, y uno se pregunta como es que éste lugar no está ubicado en ningún mapa, por qué está tan protegido por el mejor cielo y el rumor de un viento jamás escuchado antes, que de tan perfecto no se ve afectado por ninguna clase de pregunta, lo que agota la inútil paciencia al percibir que todo es un regalo por saber buscar y no tener miedo a lo que esconde el fondo de una lejanía. El viajante poco a poco deja de serlo y se va convirtiendo en tonos de oro y plata, en sonrisas porque sí que nunca están de más y en en el propio concepto de paz, del que jamás había imaginado que tuviera esa forma... aquella forma.


Aunque no lo pareciera en ningún momento, realmente en el lugar sí que pasaba el tiempo, y así lo demostró al aparecer repentino un conocido, viajero desde aquel otro lugar que ya se había convertido en sueño, despertándonos de golpe casi como en una pesadilla al recordar quién es uno y nadie más. El conocido anuncia terribles actos que se sabían inevitables allá en sus lejanas tierras que una vez llamó hogar. El conocido espera que vuelva para ayudar, para que intente devolver la paz en ese lugar que pisó con tanto orgullo y que ahora no parece ni añorar. El conocido no miente, pero sí choca su verdad con lo que comprende ahora lo convertido que somos, que de tan feliz no se veía posible cambio alguno, maldiciendo a ese gran amigo que quebró la estabilidad que, de tan perfecta, se hizo primero sueño y luego realidad. Sin más demora, conceptos o posibles, hay que marchar con gran pena, prometiendo volver para seguir amando cada brizna en el viento, el único culpable del eterno girar de los molinos que tanto se iban a idealizar en ese otro lugar que realmente era el hogar...



El tiempo pasó, pero no se supo cuánto, todo debido al descanso que siempre tomaba aquel lugar cualquiera. Sólo se sabe que debió de pasar, por cómo volvió el viajante que somos, con otra cara que lucir y una mirada profunda. Los amigos de sonrisa eterna notaron ese abismo por cómo se les devolvió la mirada, por cómo por vez primera la sonrisa se desdibujó imposible. Algo había cambiado, y se demostraba por lo que habíamos traído del otro lugar donde nacimos, tan diferente y destrozado en comparación a aquel lugar de armonía que tanto se deseaba volver. Pero al entrar, no se comprendía, no se terminaba de entender que había habido allí que lo hacía tan merecedor del recuerdo y el corazón, pues un olor constante terminaba cansando, por no hablar de la neblina que impregnaba el valle humedeciendo y enfriando los pies; por no hablar del chirriar insistente de los molinos construidos y ubicados al azar, como si de verdad tuvieran un cometido además de adornar o tapar lo que hubiera al fondo en las montañas.

Una cena por la noche terminó de arruinarlo todo, pues todos cantaban como idiotas y celebraban sin motivo alguno el mero hecho de existir. ¿Qué sabrían ellos de existir? Tendrían que haber estado en la guerra como acaba uno de volver, deberían salir más allá de sus cuatro paredes invisibles, de su cercado construido por ellos mismos sin sentido alguno. Entonces dejarían de reír, y comenzarían a tomarse las cosas más en serio, a desear y dar forma a la muerte: la única brindadora de la verdadera paz. Mientras llegara, uno tenía que disfrutar, y estaba claro que haciendo el idiota entre bailes escandalosos y música repetitiva no iba a ser posible ¿Qué sabrían ellos? Ni sabrán, ni querrán saber...
Como se anunciaba, algo hubo que se arruinó, y fuertes golpes en la intimidad de un cuarto con aquel amor de pueblo soñado hacían pensar en algo que chocaba contra el suelo, como si fuesen cristales de un material tan frágil como los cortos e invisibles sueños que no pueden ser recordados. Pero alguien en otro cuarto cercano sí lo pudo escuchar, y no terminar de entender aquello, el nuevo concepto o visión que daba hasta nauseas, que hacía no dormir y moverse de aquí y allá de la casa como un sonámbulo consciente. La mirada fija en la luz de llama de la vela lograba detonar en aquel testigo de lo terrible una especie de viento invisible por el lugar, una brisa familiar pero más oscura o agresiva dentro de su suavidad, que ponía la piel de gallina en lugar de acariciar. La ventana no estaba abierta, y sin embargo la vela insistía en ondular, una y otra vez, una y otra vez... como aquellos golpes que no se querían identificar, como aquel gemido imposible con el lugar, que hacía pensar y casi asumir una nueva realidad que simplemente existía sin que tuviera que ser imaginada previamente... gotas de cera cayeron al son de otro líquido, una y otra vez, una y otra vez...





Se recuerda un lugar que no existió, pero que sin embargo estuvo ahí... allí. Las flores eran de infinitos colores oscuros, haciendo a uno pensar si realmente había tanta gama y variedad en los tonos más apagados y tristes. Sus olores llegaban hasta el centro de la cabeza hasta apretar y dejar un leve migraña aunque no se tuviese alergia; por no hablar de sus insectos de dieta variada donde uno estaba incluido aunque no quedara listado o previamente conocido. Sus rojizos y amarronados prados eran armonía a su pesar, combinados con el cielo que parecía querer atardecer por siempre. No se podía evitar pensar en montes de tragedia y en lugareños que se protegían de la anomalía con mascaras de gas, que ofrecían mantequilla untada y vasos de leche tibia, que de extraña no parecería raro que las propias vacas llevaran a juego con sus amos aquellas máscaras de gas y sugestión. No se iba mal encaminado, sobretodo al asomar al otro lado y vislumbrar con repentina codicia un pequeño pueblo que complementaba el paisaje que nuestra mente ya bien imaginaba.
Allí sonaba constantemente el agua correr, muy lentamente con pesadez y aunque no se viera ninguna corriente cercana a primera vista, produciendo un alivio incomprensible. Algunos bancos de su calle principal estaban ocupados por personas que no conocían otra cosa que no fuera estar preocupados, y por lo tanto la tristeza. Algún perro acompañaba arrastras y cabizbajo al viajero repentino, con egoísmo de ver si ese otro maldito humano le tiraba aunque fuera un chusco de pan duro como el infierno, marchando enseguida y desanimado como si ya fuera automático. Al fondo molinos no tienen prisa por comenzar, y algunas nubes se mueven lentas al compás como si realmente fuesen también habitantes del lugar.
Su estructura era... perfecta, dentro de su propia filosofía, y por ello era imposible no ser una especie de intruso o incluso parásito. Ser de fuera hacía preguntarse muchas cosas, asunto que se debía solucionar y que no se demoró al sentarse en uno de los muchos bancos desocupados, esperando que alguien reconociera que no se era acorde al lugar para así parar a preguntar, motivo suficiente para comenzar a hablar y por lo tanto a animar; un punto de inicio que podría con todo. Así se contagió la esperanza que se llevaba, familiar en el pueblo a pesar de ser algo nuevo, acorde con la verdadera naturaleza de las cosas. El viajero que suponemos, muestra una enorme sonrisa que comienza a despertar algo olvidado, y feliz, en todos los habitantes de aquel lugar que podría ser cualquiera...

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