viernes, 5 de enero de 2018

Qué sucedería si se respondiese a "¿Dios existe?"


De poder saber con certeza, al 100%, la respuesta a ciertas preguntas imposibles, todo cambiaría.

Por ejemplo, ¿Dios existe? En caso de obtener un sí irrevocable, la humanidad entera se tornaría creyente, lo que provocaría un cambio de costumbre global, todo gobierno se adaptaría a la religión, rutinas con nuevas esperanzas que igual siguen sin llegar en vida, enfrentamientos al interpretar cada uno cómo es Él y su intención, forzadas conductas de bondad por ganarse un hueco en el otro mundo... Suscitaría más preguntas, y una inquietud universal al, no ya sentirnos ínfimos flotando en el infinito, sino ante una deidad imposible de comprender, pero que está ahí, que es imposible de negar y eso afecta o incluso duele, porque existe y no es por ti ni por nadie, y a su vez te creó sin un motivo claro. Es el padre  o madre que jamás se presenta en casa.

De ser no la respuesta, aumentaría la desmotivación. Habría un pensamiento generalizado sobre que cada humano existe de casualidad y que ha venido para nada, lo que provoca enfrentamientos. Gran parte del pasado de la humanidad pierde sentido y delata una ignorancia violenta, si acaso no una vergüenza letal. La religión se extingue y aumentan los delitos, porque no se teme a un supuesto infierno o moralidad castigadora, no se toma en serio leyes impuestas por otros tan insignificantes como ellos mismos. Los que ya eran no creyentes humillan a los que lo fueron, excediéndose. El nihilismo está a la orden del día, y la gente de fe no tiene donde aferrarse, decayendo  en la nada interior.

Tanto en un caso como en otro, todo cambiaría a una posible confusión general. Aunque, estos sucesos ya ocurren, sólo que se basan o apoyan en la incertidumbre. Que se realizaran desde la certeza los haría genuinos. Hay preguntas que mejor no responder.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Infancia e Idealización


De niños nos educan en aprender a idealizar, un acto natural que no se preocupan que evitemos. Nos llenamos de obras idealistas, aprendemos y crecemos junto a ellas. Y de repente, toca madurar, y te golpean por todos lados, te enseñan sobre crueldad viviéndola, y ninguna pregunta es respondida. Las obras idealistas van perdiendo nuestro interés, y las obras más realistas duelen en la asimilación. Comprendo el lento camino hasta la madurez y la comprensión del dolor diario, pero a veces me da la impresión que de querer proteger a los niños, acabamos por ponérselo más difícil, engañando de más su ilusión aunque sea sin querer. Deberían existir obras infantiles que terminen bien, sí, pero también alguna mal y otra de forma ambigua, para que el niño vaya sopesando opciones, que en la vida no hay nada definitorio y que los grises son las herramientas que usaremos. Si van a idealizar o soñar, que lo hagan con responsabilidad, que todo es posible en su justa medida basada en las circunstancias, que no suelen parecerse a las del héroe o heroína de turno. Sin embargo, esas circunstancias se pueden mejorar/superar, de ahí el saber usar la idealización para enfocarla como objetivo realista que cumplir.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Busco por una Comunidad de Lectores


Busco por lectores antes que autores.
Por gente acostumbrada a escuchar antes que a hablar / A leer antes que teclear.
Por lectores que bucean al fondo y no se quejan del color del agua. Que no les asusta la espuma del vertido y que saben que en lo oculto está lo nuevo, lo que queda por descubrir.
Busco por aquellos que valoran una trama y se enamoran de un personaje, que no derrumban un mundo entero porque aprecian una muesca en la columna.
Ando buscando aquellos que analizan la complejidad de construir una escena, que aun mal decorada puede cumplir su objetivo (si acaso no sucede que siguen sin ver que la mala decoración es intencionada).
Busco por aquellos que se dan cuenta que la perfección en la forma delata carencias inconscientes. Que de tan bien hablados no dicen nada.
Sé de gente que ha leído más que escrito, y eso les da el don que tanto ansían y rebuscan los autores.
Anhelo sinceridad con respecto a la creación, a gente que saboree el río y no se queje de lo sinuoso que resulta.
Conozco de personas que han crecido tras un viaje, y ese es mi objetivo. Si te resistes a ser cambiado, las probabilidades te delatan.
Huyo de los que ya asumen ciertas normas, que saben ya cómo hacerlo y siguen en las mismas aunque encuentren opiniones contrarias.
Rehúyo de los escritores que escriben para otros escritores. Da la impresión que subestimen al lector. Si uno es sincero, sin segundas intenciones como intentar demostrar de qué se es capaz, hasta el lenguaje complejo y/o completo se lee con rapidez.
En la inocencia o pureza del verdadero lector es donde más aprendo. Su opinión carece del recelo del artista, y puede llegar a quererme tal como soy aun por mis defectos.
El lector no tiene nada que perder, no se juega una supuesta reputación ante la masa que ignora este submundo. Aquellos que intentan labrarse un camino tan fútil como irreal se toman en serio hasta el juego más evidente.
El orgullo del lector es luchar por leer y aprender más, por encontrar su libro. El del autor medio es competir y demostrar contra el mundo entero, sin percatarse que su competición es de un único participante.
Al lector es fácil atraparlo en géneros, no es perfecto, pero al menos se convierte en un experto que no aprendió de normas, sino de intuición. No quiero hablar de imitadores y reglas a rajatabla sobré según qué concepto, género o percepción.
Busco por aquellos que te conciben como una persona tras las teclas, y no como otro ente-piedra en el camino.
Los lectores no crean máscaras.
Rebusco por lenguajes llanos pero auténticos, por reseñas poco perfectas o alejadas del conocimiento técnico que me hablen de lo que aún no sé de la forma de ser de mi creatividad.
No quiero a nadie que me diga cómo tengo que hacerlo. Mucho menos condescendencia del mal actor. Quiero saber quién soy, y en la guerra de los egos jamás me podré encontrar.

Y es que observo cantidad de ironías cuando veo por foros, amazon y comunidades por autores que se venden a cambio de reseñarte si lees su libro. Una tristeza en esas presentaciones de libros como si ya fuésemos la estrella de una editorial que nunca llega. Nos compran los amigos, familiares y conocidos de la red. Un lector real te identifica enseguida y no pasa de las primeras páginas; ya se sabe todas las trampas o trucos. En el fondo sabes que se te da mejor el spam. Otro escritor del mundillo dará la impresión de triunfador, pero como dijo aquel autor: todos nos sentimos perdidos, sólo que unos disimulamos más que otros.
No todo es escribirlo a la perfección; que la vista y la educación lo agradece, se sabe, y delata a un trabajador cuidadoso, pero también hay unos actores creados para el momento, con sus rasgos y detalles. Entre líneas se cuenta otra historia, lo que no se dice. Quien lo percibe se delata como lector ideal.
Hay autores que leen, se cuenta, aunque a veces me da la impresión que son expertos escenógrafos, camarógrafos y productores. Se olvidan del porqué El Quijote inició su viaje y cómo lo terminó. Se olvidan de todo lo que vivió y del humor irónico imperante. No parecieron aprender del bueno de Sancho, y de las crueldades en sociedad que aún perduran. Parece que es más importante que fuese la primera novela moderna, de que es harto largo, casi infinito, y que lo enseñan en el colegio o instituto, que forma parte de nuestra cultura, aunque no nos preguntemos realmente el porqué. Todo se sabe leyendo, y los libros no son lo único que es posible ser leído.
Y ahora, si has leído entre líneas, sabrás que lo de El Quijote es lo de menos.

martes, 14 de noviembre de 2017

Ya Basta: sobre el Presente que ya es Futuro



Este artículo surge al escuchar sobre el dato que asegura que más de la mitad de los jóvenes de entre dieciocho y treinta años no tienen un objetivo claro en su vida, incluyendo una estadística similar que afirma que cada vez más jóvenes toman anti-depresivos. Estos datos se aplican a España, asustado por si me da por buscar a nivel mundial.
A mí me pilla más adulto con respecto a esa generación, pero la comprendo, pues he vivido el cambio del paradigma moderno, basado en la masificación de la tecnología de comunicación. Viví la época en que había novedades tecnológicas cada uno o dos años, pasando a presenciar un acelerón del que todos ya nos adaptamos conforme se postea la novedad. Tanta velocidad y prisas, ¿es bueno? Nuestro cerebro va evolucionando de generación en generación, pero ahora en una única generación de personas vivimos gran cantidad de cambios y… “experiencias”.

Para comenzar mi alegato, diré que somos víctimas del “Do it Yourself”, una relevación de responsabilidad hacia uno mismo. Somos los causantes de todo lo que nos suceda en la vida. De acuerdo, pero con esa premisa se nos culpabiliza hasta de situaciones que nos son ajenas. Mis temporadas como “Nini” son un infierno, pero porque así me lo han inculcado para que lo sienta. He escuchado a cercanos que, si no trabajas, no tienes derecho a nada, que no debería ni votar ni opinar sobre política o sociedad. Uno tiene más tiempo libre y puede informarse de la actualidad, pero sin embargo no se te tiene en cuenta, surgiendo esas miradas automáticas de superioridad o desprecio, pasando por la clásica indiferencia que cambia de un día a otro a interés si ya tienes trabajo. No les puedo culpar, así les han enseñado o han aprendido de verlo alrededor. Todo esto provoca una sensación diaria de inferioridad y marginación, lo que explica bien ese dato sobre anti-depresivos entre los más jóvenes. Se ha creado una generación nihilista que se siente culpable sin tener toda la culpa de un problema que resulta nacional, si acaso no mundial. Somos gente invisible, pues no somos el problema de nadie. Nos dicen que nos busquemos la vida, que es lo que hay, pero aunque les expliques que hay semanas que mandas más de cien currículums para nada, no terminan de convencerse, siguiendo en sus trece de que algo haces mal, que no puede ser.
Recuerdo que cuando terminé mi época de estudiar encontré trabajo enseguida. Fue terminar de ese primer trabajo que encontré otro en menos de un mes. Dos años después presencié la primera señal del cambio cuando esa empresa, bastante grande, fue disminuyendo su plantilla, estando incluido en los múltiples despidos. En apenas dos meses, encontré otro trabajo. La gran empresa donde aprendí tanto ya no existía. En este nuevo empleo me vi afectado por primera vez de cobrar menos del mínimo, de realizar horas de más y sin contrato. Cuando ya podían arreglárselas con uno menos, me dieron puerta como si nunca hubiese estado allí. Era la primera vez que vivía una situación así, incluso la primera vez que sentía que deseaba irme de un trabajo o directamente no ir, tan acostumbrado a lo que debería ser de por ley. Qué ingenuo, aunque a los meses de nuevo trabajaba. Dicha empresa también cerró, y supe entonces que no era mala suerte, que algo sucedía. Años después, me he pasado que si en cursos inútiles que ofrece el paro y trabajos precarios donde lo que produces y aprendes es casi anecdótico. Supe que algo iba mal, pero el hastío y el peso de “ser diferente” comenzaron a cegarme, quedando con la cabeza gacha durante ciertas temporadas. Me sentía horrible, un paria a pesar de haber hecho lo que me dijeron que debía hacer y que era lo correcto.
Es entonces que me pongo en situación de los que son más jóvenes. Ellos van con promesas mientras estudian, y al salir, hallan un vacío. Tienen la cabeza llena de ilusiones de un mundo donde todos tienen derecho a triunfar, contaminados por el tópico de película Disney, literalmente. Si apenas consiguen un primer trabajo digno, ¿cómo van a saber qué es eso? Se malacostumbran, y se quejan por lo que han oído o leído de otros, no por experiencia propia. Poco a poco hay más Ninis, pero son creados por las circunstancias de un problema enorme que aún nadie ha sabido —o querido— explicar con claridad. Se van encerrando en sí mismos, siendo felices dentro del ilimitado mundo de las distracciones que ofrece Internet o la nueva forma de hacer televisión, los videojuegos, o el auge de las series. Nada de esto es malo pero tampoco bueno, es lo que es y se ha convertido en un modo de vida. En cierto modo la película Disney se ve realizada, aunque sea en un aspecto más íntimo y, por lo tanto, secreto. La única suerte que tienen es que se tienen unos a otros, los únicos seres humanos que comprenden porque viven la misma situación, compartiendo un ensueño colectivo a diario con juegos on-line, WhatsApp, foros de temáticas muy específicas, etc… sin llegar a asimilar que nada es para siempre, ajenos a base de entrenar la voluntad sobre que tarde o temprano esa realidad inquebrantable se los tragará. De mientras, queda disfrutar lo que se pueda.

Somos generaciones estigmatizadas, víctimas de algún gran error ajeno del que no terminamos de identificar su procedencia. No obtenemos respuestas, no avanzamos, y esa incertidumbre carcome. No tenemos derecho a nada, y aunque consigas un empleo, sigues igual porque no es un trabajo digno a como citan las normas populares que nadie escribió pero que todo el mundo conoce. ¿Trabajas en X cadena de comida rápida? Qué mal está la cosa tío, te dicen, mientras que en el fondo ya te están etiquetando y definiendo. Los días pasan y son cada vez más oscuros. Para algunos ya lo son del todo, pues se oculta el dato sobre que el índice de suicidios ha aumentado. Sé que no se informa sobre ello para evitar una conducta espejo, pero sucede igualmente.
Como sedante ante el dolor e incógnita sobre el futuro personal, existe el entretenimiento, como he indicado antes. Me fascina a su modo el aumento sobreexplotado de ficciones de todas las índoles. Por ejemplo, ahora todo el mundo ve series. Siempre ha sucedido, pero ahora es un modo de vida que en el fondo me asusta, una especie de evasión auto-impuesta y constante que parece relacionada con el disgusto de nuestra propia vida; cuanto mayor es la infelicidad en nuestra vida diaria, más se consume entretenimiento o se practica cualquier tipo de ocio, pasando el deporte a esta categoría para cierto grupo de personas hasta el punto de considerarse moda.
No pienso enarbolar el tópico de que la televisión o similar es mala, lo peor que existe y que corrompe a las mentes y por lo tanto a la cultura. Me limitaré a ser un observador, como todo narrador debe ser, a un consumidor más dando una opinión personal a lo que observa y vive sin intención de imponer.

Comenzaré señalando sobre mi teoría sobre el origen de la ficción como entretenimiento. Antes que didáctica, fue evasiva. Los primeros seres humanos vivían bajo una presión de supervivencia que es imposible imaginar. Sus comodidades era no pasar frío y tener el estómago lleno, siempre con el rabillo del ojo alerta por el peligro constante de otros depredadores. Surgió así el primer gran mentiroso, que exageraba la verdad para cosquilleo cerebral del resto, cuando no actuaba solemne y contaba una historia que bien podría ser real. Entre esos relatos del cuentacuentos primigenio (donde además se pueden incluir a los primeros músicos o creadores de ritmos), habían historias sobre tribus o manadas más desgraciadas, devoradas por fieras exageradas. Puede que en verdad el primer relato surgiese de una desinformación o rumor tergiversado, por lo que la esencia es la misma. El prehistórico iba entonces a cazar con esa historia en la cabeza, aliviado al saber que otros habían tenido peor suerte, o inspirados por la leyenda de un gran cazador imbatible que alimentó él solo a su poblado, viviendo una larga vida que, para el promedio de edad de entonces, era casi como un inmortal.
De ahí nacieron los primeros seres pensantes que deseaban ser historia. Milenios después, la televisión ha funcionado y funciona del mismo modo. ¿Quieres formar parte de la conversación de los demás? ¿Ocupar por un momento sus mentes? Participa en nuestros múltiples espectáculos de usar y tirar.
Y es que la ficción no deja de ser una mentira, y de la peor si no se tiene control, pues te puede transportar a otra realidad donde no existe ese futuro que tanto temes a diario. Remarcaré de nuevo que la televisión no es peligrosa ni dañina ni parecido, pues, al igual que con Internet, depende del uso que le des. Aunque, relegar la responsabilidad a uno mismo y a nadie más, ¿de qué me suena? Quizá la excusa sobre que de algún modo nos culturiza, es de los grandes placebos mejor inventados. Siempre recordaré la reacción de un amigo más joven cuando le conté que también existe la cultura basura, tomándolo como una ofensa. Esas reacciones sólo dan que pensar.
Una relación que no puedo evitar ver es, cuanta más presión y exigencia se nos solicita en la vida, más consumo de ocio se produce. Sin embargo, se exige realismo, de mis ironías favoritas cuando se trata de ficción. Cada vez se pide más realismo y veracidad en las obras de ficción, en la que sea. Parece como si la mente evolucione percatándose más y mejor de la falsedad de la ficción, exigiendo más certeza para poder creerse la mentira y evadirse del dolor existencial. Cuanto más elaborada esté la mentira, mejor para creerla y sucumbir a su placer, convirtiéndonos en otro que nada tiene que ver con nosotros mismos, ese ser tan lleno de responsabilidades. Y es que las primeras farsas ya son en el colegio, donde con compasión cruel no nos preparan para lo que se avecina, creciendo a base de decepciones donde alguna, digo yo, se podría evitar; somos seres que crecen y maduran a base de decepción. Lo raro es que sonriamos más de un día seguido.

Es entonces que regreso a las generaciones menores de treinta años. Pienso en la ficción que consumen, en los autores e ídolos que les son ejemplo y… me desconcierta, pero porque no sé cómo va a ser su futuro. Si apenas sé cómo va a ser el mío, el suyo es más incierto todavía.
Tengo a varios autores que me mantienen los pies en el suelo o me dan golpes de realidad. Gente como David Foster Wallace me hablan de la realidad, de los detalles que la complementan y que me hacen fijarme hasta mejorar como persona. Pero, las generaciones actuales, ¿a quiénes tienen? Pienso en los youtubers y me da escalofríos. En una actualidad que prima por la inmediatez, ¿cómo se tomará a autores como Thomas Pynchon? Imagino una cabeza explotando, pero la realidad es que comenzarían uno de sus libros y se distraerían enseguida con otra actividad para después pasar a otra, siendo lo más realista que ni sepan del libro si su “influencer” de turno no lo recomienda.
Pienso en los escritores que se leen ahora y me doy cuenta que no desconectan de la ficción más mentirosa, pues las novelas juveniles actuales se asemejan a descripciones sobre una película. No es ningún complot para vender más o algo así, la verdad es que los nuevos escritores se crían con el cine antes que con las experiencias reales (de hecho yo he escrito novela como si de un cómic se tratase, tan criado por estos).
Un narrador es un observador y describe a partir de lo que conoce, ha visto y oído. Si todo su mundo se basa en la ficción encuadrada en pantallas, ¿cómo esperar leer con el tiempo a otro autor de la talla de los clásicos? Y es que éstos eran de una era pre-televisión, por lo que tenían más nociones de realidad, donde su entretenimiento y aprendizaje cultural relacionado con las historias seguía siendo el boca a boca o el reunirse en grupo a contar cuentos y rumores.
Las influencias actuales son maestros de la mentira que viven en un mundo propio que es mentira, más exagerado aún a la época en que sólo predominaba la televisión. Se sale cada vez menos de casa, y si se hace nos encerramos en el móvil. La realidad que dominamos al narrar se basa en relaciones no naturales, donde conocemos a personas que se esconden detrás de un avatar. Llega la hora de quedar en persona y vemos que el personaje es distinto, y algunos no soportan esa verdad, les duele, o incluso imitan entonces a sus avatares de la red, resultando entre extraño, inquietante o cómico ver esos comportamientos. Ciertos rasgos de la personalidad son sustituidos por la ficción/imaginación de otros; el humor ahora es más de “meme” o situacional ajeno (de temas graciosos que a otros les ha pasado o han dicho, en lo principal youtubers) y eso me incomoda, mientras que a las nuevas generaciones les es normal, por lo que será la norma.
De hecho el modo de imaginar es distinto, siendo limitado como digo a las normas de creaciones ajenas. Recuerdo que de niño imaginaba en plan dibujos animados, y hasta que no aprendí a imaginar situaciones factibles en imagen real, no comencé a madurar en ciertos aspectos. ¿Quién no dice que esa madurez tardía cada vez más común no se deba a esa capacidad limitada de imaginar? Estancada por la falta de experiencias reales en ese mundo lleno de personas feas comparadas con el famoso de turno, que dan entre miedo y respeto debido a poseer una imaginación exagerada, descontrolada y prejuiciosa.

Y es que veo que cada vez hay más frialdad con respecto a lo real. Los bebés que ya crecen con el móvil en la mano van a ser personas introspectivas e introvertidas, llenos de sentimientos ocultos y de un fondo al que sólo se podrá acceder si uno chatea con ellos, apareciendo el autismo tecnológico. Seremos uno con la máquina, aunque más mental y con los sentidos que físicamente. La vista verá mejor de cerca, con lo que las actividades relacionadas con mirar lejos se complicarán a menos que se usen aparatos o robótica.
Habrá tal exceso de información que cada postura u opinión se podrá contradecir con un supuesto estudio o artículo. Todo pensamiento será rebatido al instante, y la gente será tan ambigua que cada vez se dejará llevar más. Por otro lado, existirá la verdadera indiferencia, pues tal cantidad de información ya nos está insensibilizando, importando más conseguir titulares del tipo “Mientras se estaba escribiendo este artículo, se ha extinguido otra especie animal”, por lo que será más una anécdota que una información que terminemos de asimilar como real. Se leerá cultura y noticias sólo para poder comentarlas, nada de concienciarse o alimentar el interior con gusto, porque en el fondo poco nos importará o no terminaremos de tomarlo en serio del todo.
Los sucesos del mundo serán anecdóticos, y la gente que consume constantemente la anécdota acabará teniendo vidas como tal, lo que es peligroso cuando se trate de enfrentarse a un problema real que atañe a todos, a menos que me equivoque y tal golpe de realidad nos despierte al fin del sueño.
Como demostración, imagino a personas observando de lejos cómo se acerca una onda expansiva de un modo muy lento, casi imperceptible aunque demostrable, medio cegados, comentándola siempre con suposiciones, buscando por información para comprenderla y presumir al explicarla a otro, el cual contradice a su vez con la desinformación inconsciente que ha encontrado con su buscador de confianza… todos arrasados por la onda.

En resumen, somos unas generaciones de nihilistas involuntarios. Este hecho me preocupa desde hace tiempo, escribiendo un relato sobre el tema en clave de Realismo Sucio. Sobre este artículo surgirá la clásica opinión que contradice, la que apoya, la que añade y la que se desvía. De nada servirá aunque opinen un millón de personas, todo seguirá igual y esto quedará como, bueno, una anécdota. Haremos como que nos concienciamos sobre el tema, pero la rutina de nadie cambiará. Por dentro ya sabemos las respuestas a muchas penumbras de la vida, y sin embargo no hacemos nada. De nada sirve leer y leer hasta ser el más sabio, pues si no se aplica nada cambia. Habrán existido sabios mejores que Sócrates o más inteligentes que Einstein, pero se quedaron vete a saber dónde porque todo lo sabían pero nada hicieron. El mero movimiento, por ínfimo que sea, ya produce acción, y la necesidad de escribir este texto ya me hace sentir y mentirme a mí mismo que estoy haciendo algo, lo que sea, que ya hago más que aquel que calló y se ocultó a la espera de una revolución o cambio que no llega y de la que en el fondo sabe que no participará por pura cobardía.

Da lo mismo la cantidad de palabras que escriba aquí, pero escribirlo demuestra esa parte de mí que considero real, que aclara que de ser mentira mis palabras, no podría haber elaborado un texto tan extenso lleno de relaciones. Se leerá, se pensará, se improvisará o no una opinión del momento y una anécdota más para la colección de las que llevamos en esta vida. La memoria archivará y comprobaremos que el mundo sigue dando vueltas, como cuando muere alguien.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Si lo Piensas, Sucede



El altavoz digital iba alternando entre las canciones seleccionadas por uno y luego por otro. Uno y otro, ahí estaban sentados en el sofá de tres plazas, medida la distancia en medio, manejando con el Bluetooth de sus móviles la alternancia de melodías predilectas, seleccionadas por el ánimo del instante, la nostalgia momentánea o el puro azar de pulgar.
—En estos momentos alguien se está ahorcando —dijo uno.
El otro no dijo nada, sumido en pasar con el dedo la lista que se deslizaba hacia arriba en la pantalla de móvil. Se escuchaba la uña chocando. Medio minuto después dijo:
—¿De qué grupo es esa?
—¿Eh? Ah, no. No es una canción. Es algo que se me acaba de ocurrir.
De respuesta recibió un gemido a boca cerrada. Siguieron embelesados en sus respectivas pantallas. El otro seguía analizando su lista —ya iba por la P—, y el uno alternaba entre el navegador web y la lista de su reproductor. Tenía más claro qué canción poner a continuación, y así hizo. Un poco de Weezer.
—De Weezer nunca hay poco —dijo el uno—. Son demasiado grandes.
—Bue. Están sobrevalorados.
—¿Qué dices, tío?
Pero el ambiente no cambió. Siquiera se habían mirado. Pasaron minutos entre comentarios escuetos y casuales sobre el valor de según qué banda. Les quedaba el resto de la tarde y parte de la noche para evaluar decenas de canciones más, y eso atormentó y alegró los interiores por igual; la confrontación o dilema del joven que procrastina la vida.
—¿Y lo del colgado a qué venía?
Teclearon un rato los móviles. Gestos automatizados.
—¿Eh?
—Lo de que alguien se ha ahorcado. ¿Pasó hace poco? No me he enterado.
—Ah. No. Paranoias mías.
—Ajá.
El uno se levantó para dirigirse a la nevera que había en la esquina. La caseta no era grande, asunto que alcanzó a abrir en tres pasos. Buscó por un bote de cola. Cerró.
—Tráete uno, ¿no? —dijo el otro desde la morigeración del sofá.
Y así hizo uno. Regresó al mundo dentro del mundo. Vuelta al móvil.
—Qué me digas lo del ahorcado.
—Que sí, coño. Es la paranoia que me ha dado por pensar que, en estos momentos, alguien se está ahorcando.
—Dirás en el momento en que lo has dicho antes.
—Calla, gilipollas. Que la parra trata sobre que, millones de personas que existen, es pensar en una posibilidad que… —calló. Se concentró en un asunto invisible en el móvil—. Pues eso. Lo piensas, pues ha sucedido.
El otro siguió buscando por esa canción que le daría la victoria de la tarde.
—Pues eso —prosiguió el uno—, que ha sucedido o que está pasando en estos momentos.
—Entonces, si yo ahora pienso que alguien se está ahorcando. ¿Está pasando?
—Tanta gente que hay, pues puede ser. O como mínimo suicidándose. ¿Cómo te quedas?
—Estás flipao, pero me mola. Voy a probar.
—Ni que tuviésemos poderes —dijo y rio.
El cuadro que conformaba el sofá con ambos amigos regresó. Uno de ellos rompió —o mejoró— la armonía conforme abrió el bote con la mano libre. A los segundos el otro recordó y abrió el suyo, usando las dos manos tras dejar el móvil en la pierna. Dio un sonoro sorbo.
—Voy a probar, tú —dijo el otro—. Ahora mismo alguien se está ahogando.
—¿En la playa?
—En el mar. O en la bañera de su casa, qué sé yo.
—Eso es muy raro.
—¿Y tu ahorcado no?
—Es más fácil que ahogarse en tu puta bañera.
—Mi bañera es grande. Ahí se ahogan dos.
—No digo eso, atontado. Digo que ahorcarse sucede más. Al menos en algunos países, como Japón.
—Mientras hablabas se ha ahorcado otro.
—Pues puede ser, ¿que no? Incluso ahora acaba de pasar un accidente de coche en algún lugar del mundo.
—Hostia, tío, eso sí.
—Ya vas pillando.
—Pero porque el copiloto se la estaba chupando al conductor.
—Gilipollas —dijo riendo. Continuó unos segundos—. Joder, tío, y seguro eran dos tíos.
—Eso es más improbable —dijo acompañando la risa.
—No, no, si lo piensas es más probable —dijo y se enfocó hacia el rostro de su amigo. Éste le correspondió y mantuvo la mirada—. Los gais están más salidos, hacen más a menudo cosas de esas.
—Tío, qué homófobo.
—Qué va. Hacen quedadas entre árboles, en mitad del monte, para darse por culo.
—¡Tío!
—¿Qué? Si a mí me da igual. Lo fuerte es que se lo montan entre desconocidos.
—Anda.
—Que sí que sí. Son zonas específicas donde quedan según qué días. Mira por Google si quieres.
—¿Y qué pongo? ¿Sitios donde poder darse por culo tranquilo?
—Y en grupo. Pues ahora mismo está pasando.
—¿El qué?
—Joder, pues una panda de maricones haciendo el tren.
—Que no seas tan homófobo, que por ahí te malinterpretan y te joden.
—Mientras no me jodan de verdad, me da igual.
El otro negó con la cabeza y regresó a la pantalla. El uno se mantuvo pensativo, dio un trago y regresó al móvil. Pasaron unos minutos más. La música seguía sonando.
—Lo estás buscando —dijo el uno.
—Qué va. Estoy mirando probabilidades.
—¿El qué?
—Sobre lo que hablabas. ¿Sabes que mueren más por accidente que por ser pillados por un tiburón? Lo de las películas es todo exagerado.
—¿Y ahora te enteras?
—Oh, perdona, eminencia de tiburones.
—Decía lo de las películas —dijo y dio un sorbo—. Vamos, que te has convencido de mi rayada.
—Me ha molado. Ahora mismo pienso que uno o una puede estar rompiendo con la novia, o dándose el primer lote, o perdiendo la virginidad…
—¿Te das cuenta que sólo piensas en lo mismo?
—Déjame acabar, hostia. Que digo que ahora una persona puede estar, no sé, aprendiendo a nadar, viendo nacer a su hijo…
—Es normal, seguro que está pasando. Lo que mola es imaginar el lugar, que si país, el aspecto de las personas, cómo van vestidas —fue comentando.
—Ya ves. O puede que estén en estos momentos en el hospital viendo morir a un familiar…
—Eso ya no mola.
—Pero si tú te has cargado a un japonés ahorcándolo —exclamó.
—Ahora mismo se ha ahorcado otro.
—Da para pensar. Es eso, si lo piensas, está sucediendo. O acaba de suceder hace, no sé, ¿segundos? ¿Minutos? Si es posible ser pensado, es posible que haya sucedido. O que suceda.
—¿Has mirado lo de los lugares gais?
—Calla, coño. Se te va.
—Yo sí que lo miré. Hay uno no muy lejos de aquí.
—¿Qué?
—Y me acerqué por curiosidad. Habían tres allí, dándole que te pego.
—Te estás quedando conmigo.
—Y a uno lo conocemos. No te vas a creer quién es.
—¿Quién?
—Si te lo digo, tú verás. ¿Estás seguro?
—¿Quién, joer, quién?
Entonces el uno calló. Se mantuvo mirándolo, dando un par de tragos de mientras.
—¿Pero vas a decírmelo?
—Tu padre. Vi a tu padre.
Se quedaron callados. El otro frunció el ceño.
—Qué gilipollas.
—Te lo has tragado —comenzó a reír con fuerza. Continuó a pesar de los puñetazos del otro hacia su costado.
—Pedazo de subnormal.
—Eh —fue diciendo entrecortado—, no te metas con los subnormales, que luego te malinterpretan —terminó de decir para entonces reír con la misma fuerza que al inicio.
—¡Gilipollas, paso de ti!
El otro regresó a su móvil, apartándose hasta el extremo del sofá. La risa continuó. El uno estaba tumbado, escupiendo carcajadas hasta toser, con lo que expulsó la risa en imitación a un arma. La música no se apreciaba.
De forma gradual llegó el silencio. Se escuchaban los suspiros del uno tapando a trozos la canción que el otro había estado escogiendo una detrás de otra. Un suspiro final sucedió conforme el guasón se incorporaba en el asiento. Tenía la cara roja, permanente la sonrisilla.
—A lo mejor tu madre se está muriendo en estos momentos —dijo el otro.
—Eh, gilipollas, con eso no se bromea.
—¿Y con la muerte de otros sí?
—No es lo mismo. Yo no provoco que se suiciden o se mueran.
—A lo mejor el hecho de pensarlo ya lo provoca.
El uno se aguantó la risa. Se detuvo al notar el dolor en el abdomen.
—¿Qué dices, tío?
—Que tanta gente que hay pensando, a más de uno se le cumplirá lo que piensa. Lo raro es que suceda justo a su lado.
—¿Cómo?
—Que se cumplen sus pensamientos, pero en la otra punta del mundo.
—Tío —dijo y aguantó colocándose el puño en la boca—, no me hagas más risa, por favor te lo pido —Sus cejas se enaltecieron, cerrando los ojos y la boca como signo de resistencia hacia la diversión.
—O sea, tú dices la gilipollez de que alguien se está ahorcando en estos momentos, y lo mío, que se basa en lo mismo, es una gilipollez —Resopló, pulsando con más fuerza los pulgares en el móvil—. Que te den.
—Sólo si es por ti.
—¡Que no estoy para bromas, me cago en la puta!
El otro se enfocó y levantó la mano que sujetaba el móvil. Apretaba el puño y los dientes, su cara enrojecida.
—¡Tranquilízate, coño! —clamó el uno—. Vaya tela, no sé porqué te pones así.
—Te has reído de mí un buen rato, cabrón.
—Tú en mi lugar…
—Basta de tus falacias —dijo y bajó el brazo. Se centró en mirar al suelo. Resopló con más fuerza, asomando lágrimas.
—Falacias, vaya tela.
—Lo siento. Es que últimamente estoy tenso. Perdona, de verdad.
Sin embargo no se atrevía a mirarlo. El uno acercó la mano hasta el hombro del otro.
—Que no pasa nada, coño. ¿Pasa algo en casa?
—No. No es eso.
—¿Entonces qué es?
—Nada, en serio. No me hace gracia que se rían de mí de esa forma.
—¿Y tras tantos años ahora me entero? No me lo creo.
—Pues te lo crees. Al igual que me creo yo lo de que ahora alguien se está suicidando o recibiendo por el culo.
—O las dos al mismo tiempo.
—¡Tío!
—Venga, ríete. Que son coñas. Yo no deseo que nadie se muera o que se de por culo de verdad.
—Ey, darse por culo es tan respetable como practicar el sexo normal.
—¿Sexo normal? Tío, ¿quién es ahora el homófobo?
—Tu padre.
—Tranqui —alargó.
—Que lo decía en plan coña. Mira, que se mate quien quiera mientras no seamos nosotros ni nuestros padres.
—Ni mi hermana.
—Hostia, ni tu hermana, claro.
—Ni tu hermano.
—Ni mi hermano.
—Que es a quien vi en la zona gay. Era uno de los tres enganchados con alevosía y fervor —dramatizó.
—Joder —dijo el otro sin poder evitar sonreír—. Anda, trae otro bote.
—Marchando —dijo el uno y se levantó hacia la nevera, llegando en un soplo—. El segundo era yo, y el tercero ni puta idea, pero tenía buena pieza. Íbamos alternando los vagones, por si te interesa saberlo.
—Que no ha tenido gracia en ningún momento.
—Si me rio es porque lo respeto. En serio —dijo y abrió la nevera. Rebuscó y sacó dos botes de cerveza—. Merecemos algo más fuerte para brindar que, en estos momentos, hay personas haciéndose felices las unas a las otras gracias al sexo. Eso sí que es real y mágico.
—¿Te vas a callar y acercar de una vez los botes?
—Eh, que es uno para cada uno, avaricioso —Entonces se acercó, sentándose al tiempo que ofrecía el bote.
Emitieron sendos ruidos de abrir la lata. Brindaron y dieron un trago, uno más corto que el otro. Se centraron en mirarse, los móviles a un lado. Quedaron mesmerizados en puntos lejanos, atravesando lo corpóreo, ausentes gracias al poder de la música.
—¿Y este tema de quién es? —preguntó el uno.
—Radiohead. Es de mis favoritos.
—Esa banda sí que está sobrevalorada.

jueves, 5 de octubre de 2017

El Dilema de San Pedro



Está San Pedro con un dilema. Acude a Dios y lo hace ir a las puertas del cielo. Allí comprueba a una infinidad de personas haciendo cola:
—¿Por qué no los haces pasar o los lanzas al infierno?
—Porque no sé dónde deberían ir.
Dios se fija con su tercer ojo y analiza que cada uno permanece absorto con su móvil.
—Déjalos, Pedro, están en su propio Paraíso. A veces Infierno. Lo están desde que estuvieron en vida.
—A mí me parece el Limbo.

martes, 18 de julio de 2017

Guardián



Se dice que El Guardián entre el Centeno explora dos facetas completas de las personas. El más conocido es su lado oscuro al servir de libro de cabecera para gente extraviada, como el asesino de John Lennon. No ha sido el único caso, y las personas que se quedan en la misantropía superficial de la obra delatan un odio de origen diverso. Usan el libro para auto-convencerse.
La otra faceta también habla de personas extraviadas, aunque redimidas por su cuenta como guardianes, todo lo contrario al odio aunque puedan estar disfrazados de ello. El protagonista del libro decide esta opción a pesar de mostrarse misántropo, asqueado y antipático. En el fondo demuestra ser un alma noble, y ya que su vida no está encaminada, decide llenar el hueco protegiendo a su hermana pequeña. La ampara ya sea por instinto o porque no desea que acabe como él, en una amargura en mitad de un enorme hueco del mundo.
Y al protagonista de esta historia le da rabia que los lectores de este libro se queden en la superficie. No le resultó difícil profundizar en los motivos del protagonista para comprender el porqué actúa así, pero en el fondo seguía sabiendo que era porque se identificaba con él. Una vez sabido, le quedaba sumirse en la espiral o actuar como protector de quien aún no ha cruzado el umbral hacia la adultez. Es una buena manera de canalizar la energía en lugar de gastarla en la auto-destrucción o el daño a lo ajeno.
Vivía al borde de un precipicio. Ya estaba acostumbrado, los de su forma de ser viven pendientes, seducidos a su vez por la gravedad. Todos los días asomaba por el acantilado, pero había logrado que fuese una rutina banal.
Frente a ese vacío es donde vive como guardián. La mayoría de tardes vienen a jugar niños por la zona. Se esconden entre los árboles y el cultivo; saltan y ríen a la par. Tienen una zona donde sentirse apartados del ruido, donde poder disfrutar de la libertad de nacer. Les envidiaba, claro que sí, y por eso mismo los protegía. Él ya no podría recuperar esa ausencia de gruesas cadenas y una mente menos llena, pero era estúpido sentir envidia u odio, era más inteligente proteger los tesoros. El mundo está lleno de ellos, aunque la gente prefiera ignorarlos o devaluarlos.
Esa tarde los niños llegaron como siempre puntuales, pues hasta ese detalle formaba parte del juego. Con fidelidad irreal en el mundo adulto, le pedían que jugara con ellos, pero el guardián sonreía y les volvía a mentir diciendo que tenía algo que hacer y que en un rato se acercaría. Los niños fruncían el ceño y le acusaban de quedarse ahí, al borde del precipicio. Se limitaba a sonreír y ver cómo se alejaban a jugar.
Los ruidos del juego y de las aves cercanas llenaban el lugar. Para él era como música, y en ocasiones la brisa completaba la armonía. Parecía siempre pensativo, lejano en algún mundo cercano. Sin embargo su cuerpo permanecía tenso, atenta y delatada su mente por movimientos de ojos que espontáneamente miraban por el rabillo.
Alargó la mano y agarró uno de los niños por la camiseta: lo había detenido en su carrera. El pequeño estaba a pasos del borde del barranco. Lo sacudió para alejarlo. El niño gruñó y regresó a la zona de juego con la cabeza gacha.
Esa era su función.

Como en toda historia, tiene que suceder un cambio que rompa la rutina, o acaso las expectativas de lo que tiene que suceder bajo lo que está controlado. En la de este protagonista fue una tarde en que los niños no acudieron. A veces sucedía, tenían vida más allá del juego, y esas pequeñas incursiones a su existencia personal permitían prepararlos para cuando llegase el umbral del cambio.
Sentado y fiel a su sitio, el guardián bostezó. Miraba al cielo, tan similar en su totalidad pero incansable a la vista. Decidido, se levantó y paseó adentrándose a la zona de juego. Meció con la mano el trigo, siguió paseando y se acercó donde la cebada y después donde el centeno. Imaginó a Holden agazapado allí, a la espera, con esa mirada de rabia que se protege a sí mismo (o de) y a quien lo merezca. El sonido de un bate de béisbol. La imaginación se relajó.
Dio vueltas alrededor de los árboles, tanto de los arrimados como del solitario. Se detuvo a observar los dibujos hechos en la tierra con palos: caras sonrientes, ¿hay simbolismo más delator de lo que se siente en la infancia? Todo es importante.
Regresó a su puesto y miró por un momento al sol. Cerró los ojos y sintió el calor sobre su piel, la oscuridad en su vista recalentada y rojiza. Abrió y el vacío del acantilado sobrevino. El fondo, una distancia segura para cumplir su función. Lo desarrollado del borde, las curvas inquietas y picudas recorriendo trozos cortados y separados de suelo. Pura roca herida.
Sin pensarlo, decidió caminar por el borde. Caminó con calma hasta que la confianza se animó. Recorrió el filo sin dudar, paseando como por una calle. Miraba al cielo y al vacío y quiso relacionar un símil.
En la brisa se ocultaba un murmullo. Acostumbrado a escuchar su tono, diferenció la leve vibración distinta. El aire portaba voces que no eran familiares. Decidió seguir caminando por el borde, tomándolo como un camino.
El terreno descendía. En principio de un modo leve, aumentando la pronunciación. Como diseñado a conciencia, llegaba a un punto que volvía a ascender, dando la impresión de medir la misma distancia el ascenso que el descenso.
Su mente sintió la extrañeza conforme se adentraba a esa zona. Tuvo la impresión de una imagen inversa al lugar de juego que guardaba. De hecho, allí también había niños.
Los niños permanecían sentados formando círculos. Habría una veintena, y conformaban cinco grupos variados en número. Se acercó guiado por el instinto protector.
─Estáis cerca del borde ─les espetó con suavidad conforme se acercaba─. Mejor sentarse más cerca del cultivo.
La extrañeza en su mente se hizo de otro tipo conforme las palabras se diluían en la nada del entorno. Analizó a los chicos y chicas, dudando, ya detenido en sus pasos. Se percató de una niña que lo miraba, más mayor que el resto de su grupo. Tenía una expresión seca, como si el guardián no fuera interesante:
─¿Y tú quién eres? ─la voz de la niña era neutral, aunque poseía un deje agresivo.
─Perdona, sí. Soy un guardián de una zona de juego como esta ─dijo y señaló con la mano la extensión que los rodeaba─. Vengo de allí ─giró y señaló con el dedo─. A lo mejor conocéis a los que viven por esa zona. Son de vuestra edad.
─Sólo conozco a los que hay aquí.
Y siguió charlando con su círculo. El guardián quedó analizando. Los grupos se limitaban a hablar entre ellos como si nada más importase. De vez en cuando había miradas de reojo por parte de algunos para examinar a los otros grupos. Con el pecho lleno de incertidumbre, se acercó a la niña de antes para llamar su atención y comentarle:
─¿A qué jugáis?
─¿Jugar? ─acusó la niña en un tono que no le correspondía a su edad. Su ceño fruncido se quedó permanente desde ese momento─. Discutimos cómo arreglar el mundo.
─Arreglar el… ese juego no lo conozco. Suena original.
─¡No es un juego!
─Eh, tranquila, si no he dicho nada…
Apreció cómo lo miraban el resto de niños del círculo. Serios y analíticos, como si ya pensasen qué iban a hacer con él.
─A ver ─prosiguió el guardián─, no tengo ni idea de qué hablas.
─¿Será posible?
Esperaba risillas por lo bajo, tan propias de los niños burlones, pero en su lugar hubo aspiraciones continuadas de murmullos. Miró a cada niño, que se mostraba con la cara desencajada de forma interpretada, la boca abierta incluida. Los murmullos eran cómplices junto a reojos acusadores.
─¿Pero qué he dicho?
─Eh, amigo ─le dijo la niña de un modo fingido─. Vete con cualquiera de los otros grupos, que ellos saben tan poco como tú.
E intentó defenderse, pero lo ignoraron. Sintió un escalofrío por el nivel al que llegaba su modo de ignorar.
“Ni caso” fueron las palabras que escuchó por el fondo. Analizó alrededor y entonces vio a una chica de pie justo en el grupo de al lado. Ésta le hizo un gesto para que se acercase. Así hizo.
─Hola ─saludó la chica una vez estuvo delante─. No hagas caso a esa.
─Sí. Parece que le sucede algo y se lo guarda.
─En verdad no le pasa nada. Ese es su problema…
─Sabes que los pingüinos no vuelan, ¿no? ─se escuchó gritado desde la dirección de la primera niña.
─Que te den ─respondió la nueva niña de forma automática─. El caso, señor guardián, que puedes quedarte aquí a charlar si quieres.
─¿Escuchabas lo que hablaba?
─¿Y quién no? Si los grupos hablan en voz alta hasta de sus secretos.
─¿Ah, sí?
─Claro. Aquí todo lo sabemos de todos.
─Y parecéis maduros. Más de lo que os corresponde.
─Eh, no todos. Muchos es pura apariencia. A mí se me nota que no, ¿eh?
─Es extraño.
─¿Y eso es malo? Hemos tenido acceso al conocimiento desde que sabemos leer. Antes de venir aquí, nos preparamos para tener algo que contar.
─¿Pero lo entendéis?
─¿No te he dicho que sabemos leer? Qué tonto.
─Tranquila. Es que con leer no es suficiente…
─Éste qué es ─se entrometió un niño que había sentado junto a ella─. ¿El sabelotodo?
─No es mi intención.
─Se nota que no has leído mucho con sólo verte la cara ─continuó el niño─. Te lo digo yo, que soy muy listo. Deberías leer más, sabelotodo, así estarías a la altura de nuestras conversaciones, sabelotodo.
─Ajá ─se contuvo el guardián─. ¿Y de qué habláis?
─De lo equivocados que están el resto ─dijo la niña y señaló en dirección al resto de grupos─. Nosotros tenemos la increíble suerte de haber coincidido en conocernos. Gente afín que sabe qué sucede en realidad en el mundo.
─Sois niños.
─¿Y qué pasa? Menudo prejuicioso.
─Sí, sí ─afirmó el niño─. Y seguro que también es racista. Se delata.
─Total. Anda y vete ─le espetó la niña al guardián─. Rápido.
El guardián fue ignorado por el círculo del mismo modo y sintiendo la misma sensación que con los niños anteriores. Pensó qué decir, pero estaba bloqueado. Decidió alejarse, paseando entre los círculos para intentar saber de qué hablaban.
Tras un rato, dedujo que todos los temas eran similares: hablaban de sí mismos, nada de ese supuesto conocimiento al que tenían acceso. Hablaban de sus colores favoritos, de las películas que amaban, coincidiendo en opiniones aunque pertenecieran a círculos distintos, en libros favoritos… ahí escuchó con especial atención, quedando agotado conforme escuchaba aspectos superficiales sobre obras que conocía.
“Ni se os ocurra hablar del libro que me definió”.
Y se sorprendió. Había pensado esa frase y no se reconoció. Por un momento una conexión de la mente al pecho lo había energizado de un modo nervioso y…
Violento.
Estos niños le apagaban el instinto protector. Se odió por un momento. Decidió evadirse acercándose al círculo de niños que tenía más cerca para saber de qué hablaban.
Los niños y niñas estaban centrados en una libreta que elevaba una de las niñas. La chica iba comentando de forma grave un dibujo que ocupaba la página. Cada poco, con la impresión que a cada minuto exacto, pasaba la hoja. Ahora se mostraba el dibujo de una casa fabricada con un cuadrado rosa y un triángulo verde imperfectos. El gigantesco animal marrón dibujado junto a la casa se intuía como un perro. La niña explicaba y explicaba, notándose que improvisaba su discurso al usar palabras que no correspondían.
El guardián iba a añadir su opinión, pero analizó antes el rostro del resto, embobados o con caras fingidas de hacerse el interesante o de estar interesados. Alguna sonrisa torcida de prepotencia se formó.
“Basta”.
Y el guardián se alejó. Escuchó que hablaban de él conforme rebasaba a los niños, ya fuese de forma disimulada o en voz alta y clara.
─¿Ya te vas?
La primera niña se dirigía a él. Le costó detenerse para girarse y hablarle desde esa distancia:
─Tengo cosas que hacer.
─Como todos. Anda y quédate un rato más. Aquí tienes hueco para sentarte.
─¿Y esa amabilidad tan repentina?
─¿De qué vas? He sido amable contigo todo el rato.
“Calma”.
─Bueno, va ─se dijo en voz alta─. Pequeña, ¿a qué soléis jugar aquí?
─¿Qué eres tonto? Te lo he contado antes.
─Me refiero a si jugáis a la pelota, la comba, la rayuela o tejo, si dibujáis en la tierra con palos…
La niña quedó muda. Por su expresión sabía a qué se refería el guardián, pero se mantuvo callada.
─Ey, dime.
Pero nada.
─¿Por qué te callas? ¿Has jugado a esos juegos?
─Sí ─dijo no muy convencida.
─Bueno. Si os da por jugar, cuidado con el acantilado, ¿vale? No os acerquéis. Si necesitáis algo ya sabéis dónde encontrarme.
Entonces la niña se sentó y lo ignoró al empezar a charlar con el resto. Un aire surgido justo de ahí se expandió como una onda. El resto de círculos actuaron igual, ignorando al guardián como clónicos.
─Eh, niña ─se dirigió a la segunda chica con la que había hablado. Esta se giró y lo miró─. Tened cuidado, ¿vale? ─le comunicó mientras señalaba al borde del terreno─. En serio.
La niña se volteó y prosiguió atenta al tema del que hablaban en su grupo, algo tan interesante como lo que se había comprado uno de ellos el día anterior o la cantidad justa de canela que le echaba a la leche para que estuviese a su gusto.
Se marchó de allí sin mirar atrás, esta vez sin pegarse al borde del acantilado.

Al día siguiente sus protegidos llegaron a la hora puntual. Estaban el doble de radiantes y energéticos por la acumulación del día anterior sin juego. No pudo disimular su sonrisa.
Se acercó a ellos y les preguntó si podía participar, lo que los entusiasmó, habiendo una disputa inocente por quien se lo llevaba a su equipo para jugar a la pelota. Decidió ir intercambiando de equipo, lo que no pareció justo a quienes no lo tenían en su equipo en ese momento.

Mientras jugaba, vigilaba que ninguno se alejara y fuera al acantilado. Pero eran buenos chicos y chicas, lo que permitía que el sol brillase con fuerza cada día.

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