martes, 17 de junio de 2014

La Vida es Pi





Porque la vida es Pi.

La vida es girar y no parar, en ocasiones irracional. Nacemos de nuestros padres para ser tres, y desde el primer tropezón en forma de coma todo es un no parar. Definimos las vueltas a partir de su centro: nosotros, pero no podemos saber a dónde lleva hasta que volvemos a pasar por el mismo lugar. A cada vuelta más se extiende, más se aleja la espiral y se agranda el círculo. Cuando estamos en comodidad, son vueltas sin parar para desgastar y dejar una impronta quemada, marcada a través de años de trabajo constante casi consciente.
Lo suyo es agrandar, pero cuesta una barbaridad, y nos acostumbramos a los mismos puntos una y otra vez, una y otra vez. Lo ideal es ganar experiencia y pasar por lo mismo con otros ojos, y a la siguiente vuelta más perspectiva. El pasado y el yo en el centro, lo definido, visto en la seguridad de la lejanía, lanzando una sensación percatada de como fueron las cosas en los primeros círculos cerrados con olor a neumático.

La espiral se extiende y extenderá. Se hace círculo que no se puede medir. Pero lo inmenso se aprecia, inevitable, y el límite será la anchura del Universo, la altura contando desde el suelo.
Pon a prueba el interior; expande el exterior, y vomita el resultado sobre la vida... porque ésta es, y será, Pi.

viernes, 25 de abril de 2014

Torre



Estudió toda su vida para arquitecto especializado en torres. Repasó toda estructura que describían los libros y conoció en profundidad los edificios del pueblo, pero las torres era lo que más le llamaba. Quería alcanzar el cielo, quería domarlo siendo el primer hombre en la lejanía, besar labios celestes y sucumbir a la majestuosidad de lo que hubiese detrás y que tanto prometían los astrónomos con sus largas vistas. Sería un reto, pero incluso la propia palabra torre lo contiene: la estructura estaba destinada a existir.
Comenzó la construcción de la base al poco de licenciarse, sin disfrutar de descanso o siquiera presumir de cualquier logro. Ya lo haría cuando terminara la idea de su vida que había comenzado tan pronto.
Al día siguiente comenzó con el primer piso, y así mantuvo el ritmo de uno por día. Tal prisa se daba que la estructura fue mostrando un aspecto de tosquedad, tan propia de la testarudez. El tiempo pasó y su motivación no mermó, todo lo contrario, se saltaba hasta los días festivos cuando se abraza con sinceridad a la familia. Cuando terminara ya tendría tiempo de hacerlo todos los días. Pronto perdió la cuenta de los días, por lo que los meses significaban menos aún. Cuando terminara ya recuperaría todo el tiempo perdido.
En el primer año casi desfalleció, pero no por agotamiento, si no por las vistas que le abrían a un nuevo mundo que no conocía. En el inalcanzable suelo estaba su pueblo y la verde tierra que tan bien le conocía. Desde la altura era tan diferente y a la vez familiar, tan lejana a la vista pero cercana al corazón. Se mantuvo tiempo mirando la lejanía y las formas que se conformaban alrededor. Tocó una nube por primera vez y descubrió que no sabían a nada. Aquella agua era tan inmaculada como la del río de su niñez, y al beberla le dio fuerzas para continuar, pues había demorado preciados minutos que ya tendría tiempo de gastar.
Conforme pasaron más años, hombres de toda índole subieron a hablar con el arquitecto para que bajara y olvidara su empeño, que la altura alcanzada ya se consideraba toda una proeza. Pronto nació la leyenda real del hombre en lo alto de la torre, el que dormía entre nubes y se bañaba en el más puro de los azules, capaz incluso de conceder deseos debido a las maravillas y tierras que había encontrado allí. El cuento también hablaba sobre una competición entre mil hombres por demostrar ser capaces de, primero conquistar la torre y sus escaleras, y segunda la proeza a la altura de rescatar al hombre de sí mismo. La leyenda se mantuvo mucho tiempo, lo que significaba que nadie lo logró.
Se llegó a un punto en otro año en que el hombre ya no se cansaba del azul, si no del negro. No había nada más allá de la cúpula divina, sólo otra clase de mar hecho de poco aire y de la negrura más imparcial. Tal cielo anodino tenía su premio al llegar la noche, cuando las estrellas surgían sin prisas, tímidas, para guiar los barcos de los dioses que volaban en la imaginación del hombre hasta el punto de existir. Sonreía por notar que merecía la pena seguir, a pesar del agotamiento físico y sobretodo mental, de la pesadez al respirar y la monotonía que a veces vestían decenas de horas.
No se supo cuando, y mucho menos él, pero llegó algo, un detalle invisible, que significaba el último año. Ya nadie subía a la torre para intentar ver al hombre. Las estrellas se mantenían todo el día fuera, y eso lo hartó a los pocos días. El aire no vivía allí y tenía que respirar pura voluntad para seguir adelante. Allí no había nada, había conquistado al mundo en vano. Deprimido, comenzó a bajar las escaleras como un sonámbulo consciente de su caminar entre las pesadillas.
Una vez abajo, vio todo cambiado. Sin embargo casi todo estaba idéntico a como lo recordaba, pero lo veía con otros ojos. Abrazó a su familia y sintió un valor que lo abrumó. Se sorprendió por su nieto y lamentó los años que no le vio crecer y aprender. Conforme pasaban los días y se acomodaba otra vez en su casa, un sabor amargo fue naciendo en su boca. De repente echaba en falta construir la torre y las vistas al infinito en todas direcciones. Sentía como si le faltara algo aunque lo tuviese todo de nuevo. No le dijo a nadie, pero lloró escondido. El motivo de no contarlo era porque ni él mismo sabía por qué lloraba.
Lo inevitable sucedió, y una noche toda la gente del pueblo despertó al unísono. Casi al mismo tiempo todos asomaron por puertas, ventanas y esquinas. El arquitecto fue el primero en correr hacia la dirección de lo sucedido, por ser el único que escuchó un grito profundo como la tierra en lugar del estruendo que produjo la torre al chocar contra el suelo. El anagrama de reto y sueños yacía a lo largo hasta el horizonte, convertida en otro concepto que no se atrevió ni a plantearse. Quedó allí oculto entre la enorme nube de polvo que tapó el cielo por un día entero.
Pasó otro tiempo hecho años, y el hombre apenas hablaba o analizaba sus movimientos. Estaba tan sumergido en lo que había hecho en su vida, en lo único que sabía hacer, que construía por dentro otra clase de torre inaccesible para cualquier persona que no fuera él o sus monstruos imaginarios. Paseaba contemplativo dejándose llevar, como si los pies estuviesen vivos, quizás guiados por las propias criaturas, y más de una vez se sorprendía yendo en dirección a donde cayó la punta de la torre. Cada vez que tomaba ese camino creado a la fuerza, llegaba un poco más lejos antes de dar media vuelta y volver a casa. Un día algo se activó en su cabeza, pero ni siquiera él lo supo, y anduvo todo el largo camino de la torre derruida.
No se sabe si tardó los mismos días que años tardó en concebirla, pero llegó a la punta de la torre que justo había caído sobre un río, ocupando todo el ancho con exactitud de centímetros. Cruzó el río con facilidad gracias a ese piso improvisado sobre el agua, y eso le brindó una idea. Pronto practicó y construyó un puente sobre ese mismo río, que con todo lo que había trabajado y aprendido le resultó extremadamente fácil. Tal que era así, que se preocupó en darle formas y adornos dignos del mejor artista. Conforme hizo el viaje de vuelta, buscó por otros ríos y grietas, por enormes agujeros y descensos peligrosos, para poner allí puentes que ayudaran a cruzar y olvidar con comodidad todo sentimiento de peligro. El material que usaba era el de la propia torre muerta, carne casi infinita que volvió a nacer gracias a las manos de un creador compasivo.
Una vez llegó a casa, se sintió otra vez lleno. Una semana después, tras resolver todo asunto pendiente, hizo el equipaje y frente a la puerta de casa besó a sus familiares y les dio el mejor abrazo para el recuerdo. Volvió a recorrer el camino de la torre, recogiendo los mejores pedazos en puntos de los que se sentía más orgulloso para así crear nuevos puentes en zonas que había pasado por alto. Una vez llegó al río donde se originó todo, allí en la punta de la torre y por lo tanto de su mundo. Cruzó y se adentró en tierras de color verde, tan hermano del azul que recordaba, tierras que no había podido conocer ni cuando estuvo observando en lo alto del mismo cielo. Caminó sin pensar con el corazón definido y completado gracias a trozos de su propia creación, recorriendo caminos que aún nadie ha pisado hoy en día.

viernes, 11 de abril de 2014

El Arte de Usar y Tirar



Odio la palabra piscolabis. No es porque suene especial, diferente, única... o quizás sí, por lo que desentraña y pasaré a explicar más tarde. Lo que más rabia me da es por el pequeño trauma que me recuerda, surgido de un derivado que poco tiene que ver con la propia palabra aunque se le aplique igualmente.

Mi trauma surgió a partir de un pseudo-gafapaster que catalogaba libros en plan “aperitivo” o “plato fuerte”. Si me hubiese mirado en ese momento, se habría preguntado por mi cara de teleñeco, pero se limitó a seguir con su verborrea y “especiedeprepotenciaquenollegaperodalaimpresión” con respecto a sus gustos personales. No recuerdo de qué me habló, pues divagaba entre un infinito inventado y una realidad aparente, a causa de la impresión que ya no se me ha borrado sobre catalogar la cultura como si fuera algo de consumir... y poco más.
Pasado el tiempo me fui dando cuenta por varias webs de reseña que aquel caso no era único. “Este es un buen libro para pasar el rato”, “Como aperitivo a sus siguientes obras está bien” o “Para disfrutar en los momentos de baño”. Me impactó como todo el mundo de repente era vendedor o, más seguramente, se limitaba a repetir lo que habían oído o leído de anuncios.

Aquí llega mi impaciencia por el tema, ¿por qué tratar así a la cultura? ¿Usar y tirar? ¿En serio? ¿Así se trata ahora a la historia, la experiencia y la mente humana que no para de evolucionar? Comprendo que mucho arte se realice para el disfrute, pero si sólo es para eso... se pierde el sentido de arte y cultura. ¿Dónde quedaron las enseñanzas de los clásicos? Por lo que veo en ediciones de bolsillo para el metro y bus. ¿Por qué expresar en una obra? Para entretenerse hasta que mamá termine de hacer la comida. ¿Por qué compartir creaciones o incluso pensamientos? Para pasar el rato como una fugaz moda de un día de Internet.

Hace tiempo escribí sobre “Los Verdaderos Muertos Vivientes”, pero creo que estos se han quedado cortos frente a la generación que consume y tira todo lo que encuentra. Se llenan de basura y lógicamente acaban convirtiéndose en eso. Usan y tiran para acabar como eso mismo: personas de usar y tirar en conclusión de sus vidas. No me contradigo diciendo que algo de usar y tirar sea basura, no, pues ya digo que ahora hasta las mejores obras son tratadas así. Me refiero que esto ocurre porque es lo que creen, y creer es lo más poderoso que se puede hacer.

No puedo evitar esta negatividad, lo siento, es ver una de estas reseñas o simple comentario para imaginarme como consumen como papas del momento a Cervantes o Kubrick, como escuchan una sola vez a The Beatles, comentan la primera impresión y a otra cosa mientras se realiza el gesto de lanzar a la papelera. Hasta relatos de Stephen King, H.P. Lovecraft ¡o incluso Chejov! son abiertos de sus cascaras de pipa para consumir y olvidar. A la mente me viene el alcalde de la serie infantil de las Supernenas con su obsesión por comer pepinillos, pero de tal placer que abruma la diferencia abisal frente a la realidad de la cultura. El problema real es que no parecen llenarse de lo bueno que puede aportar cualquier autor, el que sea, que no parecen aprender o ver un atisbo del porqué creó y qué quería decir, qué quería que viéramos y, más importante, compartiéramos...


El método actual es muy en la onda de lo que se lleva, se aplica a todo y la nueva generación no lo ha podido ver de otra forma. Leer, ver pelis o jugar a videojuegos ya no aporta experiencia personal, si no social, para poder hablar entre los compañeros que se ha visto y qué no, para no quedarse atrás frente a todo lo que han jugado los demás y tú no. Surge un sentimiento de paria, cuando realmente es una tontería. Antes lo decía la tele, ahora lo dice la red, y así seguirá siendo mientras queden series de esas a imitar con cien capítulos o más, de los cuales sólo merece la pena ver cinco o seis.


Y por eso odio la palabra piscolabis.

lunes, 17 de marzo de 2014

Apto para cardiacos: Lost in the Dream de The War on Drugs




Tomese un par de estos si usted padece de los siguientes síntomas:


- Tristeza supina

- Rabia contenida

- Locuras varias

- Falta de fe

- Cansancio por nada

- Intolerancia a los colores (o amante secreto del gris)

- Nostalgia fotográfica

- Adeudado de vida

- Conflicto con el tiempo

- Domador de vidas ajenas

- Escultor de la mente vaga

- Torpeza universal

- Desgana vomitada

- Fraude anímico

- Desamor coloquial (o síndrome del amigo)

- Confusión constante

- Elaborador de problemas en alto grado

- Obesidad buscada

- Cuerpo vacío

- Fluídos amargos o con exceso de sal

- Mirada abstracta

- Sueño inquieto o con voluntad propia

- Conocimiento muerto

- Mala entonación

- Mascota inexistente

- Tinnitus alienigena

- Eclosión de cabeza

- Pulmones llenos de memorias

- Muebles torcidos

- Andar descompasado (también si no tiene sincopía)

- Espesor visual (o neblina ocular)

- Ansia sin dirección

- Compulsión vendida

- Fobia musical

- Percepción de otra geometría

- Con un pie dentro de otra dimensión

- En la lista de morosos de la muerte

- Ausencia de poder

- Ausencia de cuenta bancaria (o anulada)

- Ausencia de microbios beneficiosos

- Segunda vida repetida

- Rutina mal entrenada

- Fatiga aumentada

- Y para todas esas enfermedades incurables pero tratables como la hipocondría humana, no surgiendo riesgo al compatibilizar junto a otros medicamentos y placebos.


(Dicha recomendación puede aplicarse a otros productos homologados supervisados y aprobados por expertos en la materia. En caso de duda consulte con su melómano de cabecera).

jueves, 31 de octubre de 2013

La Torre de Babel sigue en pie


Y no es para menos. Internet es la prueba, un lugar que no para de crecer sin final donde un límite se hace inviable (aunque todo es posible). El principal problema es que todos sus interlocutores hablan a la vez, con el caos de letras que suponga eso. Aun rompiendo la barrera del idioma, seguimos sin entendernos, todos somos locos que hablan sin cesar a su manera. Exigimos, queremos compartir nuestra opinión, pero sobretodo, queremos que nos escuchen. Pero una cosa es oír y otra escuchar, cosa que por muy pocas barreras no se puede evitar. Son aspectos que nacen de uno, del verdadero interior.

El juego es más emocionante si se complica, pero a veces se hace inconscientemente. En esta torre se juega con “verdades”, y como tal, no pueden ser mentira. Pero, claro, hay verdades que se contradicen, por lo que deducimos que la verdad es relativa... ¿pero la verdad no es verdad y nada más que la verdad? Entonces se producen los choques, los golpes del juego que a veces van más allá ya sea por despiste o por maldad. Estas dos acciones sí son reales, una inconsciente y la otra consciente, en un juego de verdaderas acciones que no se pueden ocultar.
Como la verdad es relativa, significa que no es pura, que es un tanto artificial; y la mentira es artificial. Entonces podemos llegar al punto de que son “medio verdades”, que es lo mismo que “medio mentiras”. El problema de jugar con mentiras es que pueden engañar a todos, sobretodo a uno mismo. Con tal de no asimilar la mentira de la vida (la única real) se adapta nuestra máscara de la verdad a una forma con la que pueda defenderse. Pero no existe la protección absoluta, y siempre, siempre, acabará rompiéndose... en esos leves instantes, uno queda ciego por la luz de la realidad, aprendiendo algo hasta ese momento desconocido que nos enseñará a mejorar... sobretodo a la hora de crear una nueva máscara, surgida de la nada en un tiempo que de tan breve no puede dar tiempo a visualizar más la luz que todo lo rodea.

Este juego es demasiado viejo, tanto como lo pudo ser la propia Torre de Babel, y ya no se es posible salir de el bajo ningún concepto. No queda otra que participar a la fuerza e intentar ser el mejor, el que más convenza con elocuencia aunque en el interior no haya nada. Cada locutor tiene un interior, y como esté hecha su máscara de verdad y mentira se podrá saber de qué se ha alimentado hasta llenarse. Se es lo que se come, y en la era de la información al alcance de cualquier mano es posible devorar datos basura e inservibles con demasiada facilidad, consiguiendo una metamorfosis muy lenta pero efectiva, hasta convertirse en algo distinto sin apenas percatarse. En la vida todo es lento, demasiado, y por ello nuestra percepción no está preparada, tan adaptada a la supervivencia de movimientos rápidos y seres en las sombras, sin seguir sabiendo como mirar para dentro y encontrar al verdadero depredador que acecha constantemente.


Al final lo que se ha logrado es juntar a mil chicharras distintas dentro de una misma caja de zapatos. Más allá del sonido emitido, la proeza es meter todo eso ahí; pero más proeza es comprobar como sigue creciendo el número de cantarinas dentro de la caja... sin parar y sin aparente final.
En definitiva, es imposible entendernos con tanta verdad fabricada aunque sea sin malicia, y aun conscientes de la mentira, esta se convierte en verdad si se es contada las suficientes veces. Aunque en la torre el idioma ya sea universal, nos seguimos topando con múltiples idiomas bajo una misma forma, con distintos pensamientos bajo la misma bandera, con opiniones cada vez aderezadas de distintas maneras; y eso sólo puede significar confusión y desorden, solo que esta vez se comprenden las palabras expresadas... pero nada más.

martes, 29 de octubre de 2013

Insisto: la Gravedad y el Tiempo no existen...


...o no al menos como los asumimos.


A partir de este artículo: http://www.eliax.com/index.cfm?post_id=10734 me surge una rabia sana para discutir una vez más que no creo en el tiempo o incluso la gravedad. Antes de que asumáis y queráis darle al botón de cerrar, quiero explicarme, debatir dicho artículo. No seré científico pero como todo ser humano sé pensar, y como el enfrentamiento entre la Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica, dos pensamientos se enfrentan bajo la forma de opiniones, intentando colapsarse para ser uno con tal de comprender mejor el Universo “que pisamos”.

El tiempo es un concepto abstracto inventado desde los primeros hombres. Es ajeno a la realidad por el simple hecho de que, como sociedad, necesitamos medirlo todo para poder sobrevivir y evolucionar. Si no hubiese sido esto, habría sido otra cosa, pero se hace difícil pensar en qué podría haber sido, resultando por lógica que quizás el concepto de tiempo fue inconscientemente el más apto y fuerte entre los demás, acorde al estilo que el humano iba tomando y evolucionando.
Porque, ¿no os extraña que la evolución haya sido tan precisa para llevarnos hasta aquí? Hasta este punto de informática y demás comodidades imposibles de imaginar si no las vemos. La evolución no es un único camino, y de las miles de posibilidades, se ha terminado en esta “que también pisamos”. El tiempo ha influenciado de sobremanera, donde asumo que de no haber inventado el concepto, seríamos de otra forma pero igual de evolucionados y adaptados. Ya digo que es muy difícil imaginar cómo, algo lógico después de todo.
Lo que temo es que el tiempo ya no tiene cabida en nuestro pensamiento avanzado, pero debido a como está adaptado el mundo (la evolución es principalmente eso, adaptación más que mejora), sería un verdadero cataclismo si de repente se arrancara al tiempo de nuestra realidad. Esto lleva a pensar también en el concepto de religión, que nació en una época de una raza novata en esto de inventar y que, de necesario en su momento, ahora tampoco tiene cabida por el camino de avance que tomamos. Los viejos métodos de supervivencia siempre se honrarán, pero no hay que dejar que sigan entorpeciendo cuando se ha mejorado; sobretodo milenios después...

Del artículo observamos que se comparan dos fenómenos como el Big Bang y los agujeros negros. De ambos hay rastros que demuestran su existencia, pero del primero se asume demasiado; al igual que el tiempo. ¿Cómo sabemos realmente que el Big Bang sucedió? Nos lo cuentan desde niños y ya lo asimilamos más que plantearlo, porque, claro, los adultos saben más y no se pueden equivocar... si esto fuese así, la de quebraderos científicos que se habría ahorrado la historia. El Universo se expande, pero no tiene porque haber sido por una explosión aunque todo apunte a que sí. Mucha menos cabida tiene la religión, vaya, pero se insiste en mantenerla por esa creencia que de tan arcaica va a costar desprenderse (como el tiempo).
De los agujeros negros también se asume, porque no se ha podido acercar a uno lo suficiente... ni se debería. Hay muchas teorías, donde de las que más me gustan es la que trata a estos como estrellas que de tanta gravedad absorben hasta su propia luz, supongo que también aplastando su propia masa y sobreviviendo por puro milagro tan acorde como comprender al mismo Universo. Aquí entra en juego mi amiga la gravedad, de la cual aún no se ha demostrado su existencia en términos más básicos. ¿No será que también tenemos una idea de ella como la del tiempo? Asumimos que es algo físico y por lo tanto real. Mientras que el tiempo es una invención para sobrevivir, la gravedad hay medio-invención en torno a ella, que de tan vieja la teoría ya se ha asimilado y fusionado con nuestras mentes tan poco dadas a desprenderse de las cosas.
El caso que la gravedad está ahí y mueve literalmente al mundo, resultando que la teoría de Einstein es magnifica y realmente imaginativa, sobre eso de que el peso de los cuerpos muy pesados pliegan el propio espacio-tiempo para lograr mover su alrededor. Me parece magnifica la visión, pero... ¿y si Einstein también se equivocaba? Y si se equivocaba una de las más grandes mentes... la hemos liado, que poco futuro nos espera a la humanidad hasta que nazca otro mesías como él. Bromas aparte, estoy convencido que por muchos quarks que se partan jamás van a encontrar a los Gravitones, las supuestas fracciones de átomos que suponen la gravedad. Se asume que una energía que mueve a otras tiene átomos ¿no? ¿Y si en realidad es otra cosa como, no sé, una inercia que dura aún desde el inicio del Universo? De esa energía se puede detectar y medir, pero no tiene porque ser algo “palpable”, o al menos no tanto como lo pueda ser el hecho de dar una patada a un balón, pero tan fuerte que se pierde en el infinito para ir moviendo el espacio a su alrededor en su entorno, donde la clave y respuesta no está en el propio cuerpo que produce eso, si no en donde se inició todo, de donde realmente procede esa fuerza a la que llamamos gravedad.

Me sorprende del artículo lo que se dice sobre los resultados al no aplicarse el tiempo. ¿Pero es que a nadie se le había ocurrido no aplicar el tiempo para algunas cosas? Algo inventado entorpece los hechos reales de verdad, los que se definen por los no creados por el hombre, esas cosas que ya estaban ahí antes de nuestro ego. Si las dos teorías citadas, Relatividad y Cuántica, se fusionan gracias a quitar el tiempo... será por algo ¿no? Si es que no hace falta pensarlo mucho, y de tan lógico es increíble lo orgulloso que es el hombre para poder asimilar y reconocerlo, pero sobretodo para matar costumbres que lo pueden dejar anclado en un mismo punto toda la vida. El Universo es movimiento o incluso caos, menudo error ser estática dentro de ello, lo que incluye el comportamiento o pensamiento.
También me sorprende como se aferran a ello con la teoría de la cinta de película grabada, con el convencimiento que de un fotograma a otro es “tiempo”. A ver, es eso porque lo estamos aplicando, porque queremos verlo así. Para mí es una cinta que muestra imágenes consecutivas, pero eso no significa que el tiempo tenga porque ser medido así; que se mide, pero me refiero al concepto mismo de medirlo, de insistir en aplicar atributos a todo lo que es ajeno a nuestro interior. Por tener “tiempo” o cosas similar lo puede tener cualquier cosa, es lo que tiene la imaginación y creatividad. Para mí la película no es tiempo en estado físico, si no eso mismo, una cinta de película que si le aplicas luz se logra un pequeño milagro tecnológico.

Ya que estamos, comentaré una teoría cuántica sobre la creación de la existencia. Lo suyo es aplicar los pequeños experimentos de laboratorio a escala máxima y/o universal. La Física Cuántica nos habla sobre que los átomos se comportan de otra forma si son observados... bien, apliquemos esto al Big Bang, asumamos que para su nacimiento o explosión hiciera falta “ser observado”. Quizás era una estática y hasta que no se le dio al botón de inició no comenzó el espectáculo... o mejor dicho, hasta que no se le aplicara un concepto nuevo que no conocía, uno todo contrario a su estado de quietud. Si todo son átomos que reaccionan al mirarse, el Universo no iba a ser menos.
Claro está, en ésta teoría no veo cabida para la religión, ni siquiera un 1%, ya que insisto en que es otro concepto de tantos que inventamos desde cero por intentar dar sentido al mundo. Una vez que hubieron medios y un cerebro mejor, se tendría que haber reconocido los errores y enterrarlos. Pero la costumbre es mala , definida por una memoria de la genética demasiado poderosa.


En resumidas, el propio artículo citado apoya un hecho como la inexistencia del tiempo, su fuerte y que logra que sea muy recomendada su lectura. Lo malo es cuando se muestra solo cómo se pierde entre teorías sobre que si el Universo fuera una película, que entonces todo estaría predestinado y no habría libre albedrío... ¿por qué complicarse de esta forma? Y ahí es donde se demuestra que la raza humana tenía mil caminos inconscientes por tomar en su avance tecnológico, escogiendo unos hasta el punto de aferrarse y negar los demás.

Si el escritor de ese artículo insiste en que todo está preparado por ser una película ya grabada... al final así será. Y si montara una civilización llegarían al punto de evolucionar hasta esa verdad, hasta incluso demostrarla con mil teorías más bastante convincentes. Por ahí puede ir una de las verdaderas magias del ser humano.

lunes, 28 de octubre de 2013

Cronofagia


María la vaca pastaba sin cesar, ni cesar o cesar. No tenía manías, le gustaba lo que tenía a pata: hierba fresca verde. No había variedad, ¿pero para qué más? Si estaba buena y daba lo que todos sus caprichosos estómagos pedían, que no era poco. Ni siquiera se había planteado tener hijos, mas que nada porque no había ningún toro cercano que la quisiese empujar.
Un día, entre tanto pastar, llegó a un límite. No era que se hubiera acabado nada, era sólo algo sólido frente suya, insistente en quedarse en el sitio. María tardó días, quizás semanas, en analizar y terminar de comprender qué era aquello, todo con cara de campeón de poker, masticando de una forma que hasta parecía que rumiara todo el tiempo la misma brizna de hierba. Por fin fue que, como inspirada por la luna de aquella noche como demostró una sonrisa dentada de mamífero entre graciosa e intimidante, se dio cuenta de que eso se podía mover hacia delante, como una especie de pared que se convertía en agujero móvil, balanceándose impaciente como si la invitara a pasar con deseo y de forma muy nerviosa pero hipnótica. Hizo caso a ninguna palabra que se oyera y avanzó...


La cronofagia se define como la acción que realiza un cronofago, alguien que devora el tiempo, ya sea el propio o incluso ajeno. Es entonces que relacionado con ello existe un arte elemental del ser humano que durante generaciones hemos ido perfeccionando: ser enemigos de uno mismo. En este caso trataremos específicamente una de sus mil maneras de auto-matarse (que no suicidarse, aunque también), como lo es el arte de crear zonas de comodidad.


Toda persona en su búsqueda de la perfección necesita de seguridad, de saber que tendrá para comer y mantener a su familia, de darle de beber al coche y a la garganta con agua embotellada o de los bares. Se añade asuntos como el ocio o los cursos que ayudan a ganar dicha seguridad; incluso temas que poco aportan pero sin los cuales no podríamos vivir, como lo son el tabaco, el sexo o la hipoteca.

El dinero es lo que lo permite, es el invento definitivo del ser humano que nos ha acompañado desde siempre. Primero tenía forma de trueque o metales, llegando hasta al papel en una ironía de que cuanto menos sea el material más valor equivale. El dinero lo puede todo, y por ello es la excusa definitiva que convence y calla, que da poder y cumple sueños, que permite el bien y el mal por muy débil o fuerte que se sea o la moral que se tenga. Se comenta que es excusa porque a partir de la búsqueda de seguridad encontramos enseguida el resultado de la fórmula. Aunque, si se piensa mejor, las zonas de comodidad nacen con o sin dinero, resultando que el señor verde simplemente lo facilita y asegura entre redundancias.

El ser humano es animal de costumbres, y en parte es por el tipo de aprendizaje que tenemos. Si todos fuéramos como Einstein, esta costumbre de repetirse no estaría tan acentuada gracias a que entraría todo a la primera o segunda. Pero no es tan bonito, y el cerebro necesita de convencerse una y otra vez de lo mismo para llegar a aprender, o por lo menos a memorizarlo como es debido.

Se crea entonces la costumbre de la que se habla, y la repetición de esa convicción de tenerlo todo controlado, de ser pequeños dioses que manipulan todo a su antojo en Universos a medida que perfectamente caben en pequeñas zonas. Los hay incluso que son capaces de guardarlos en un cajón, pero no suelen ser valorados como merecen por tal imposible, quedando de cerrados o incluso simples tontos.
Poco a poco éste método se apodera de uno hasta el punto de definirnos, y ¡con el ego hemos topado! Y de ahí ya no sacas a ese dios, que de tan cabezón le han salido orejas de burro, de las que ni puede percatarse debido a la anatomía de sus ojos y su equino cuello que no se llega a doblar tanto, o al menos de esa forma. Aunque, no nos mintamos, tanto esfuerzo será demasiado y seguro que ni merece la pena.
Por lógica se llega al punto de crearnos nuestra propia ley, y ya se sabe de sobra que hecha la ley hecha la trampa, poniéndonos con esmero las nuestras propias para caer una y otra vez. Surge que podemos darnos cuenta de tal actitud, pero seguimos insistiendo en que la próxima vez no pasará. Pero peor es el caso de quien ni se acuerda (o es de los de ojo de burro) y al caer en una propia hecha la culpa a otro. Es entonces que ocurre el Big-Bang de las zonas de comodidad, un cataclismo que no se recomienda a nadie y que tiene tantos resultados como personas hay en este mundo.

Y es que las zonas de comodidad son así, tienen sus méritos de hacernos maestros de lo que nos propongamos, pero sobretodo de la rutina, todo gracias a que son alimentadas constantemente con tiempo. Son capaces de crear artistas si de verdad se proponen fusionarse con un hábito de echar un grano de arena cada día, dejando montañas de ejemplo y legado para las siguientes generaciones que quieran conquistarlas. Pero no hay bien sin mal, y al igual que crea artistas, crea su anti-tesis, formada por un ejercito de número superior de seres vivos programados que ya hacen sus rutas automáticamente. El cerebro tiene la única función de otorgar, de transformar el mundo en nuestro beneficio, entonces ya depende de nuestras decisiones si dejar la programación fija en una versión o permitir actualizarla a menudo.

El camino del bar no se va a mover, pero el cerebro nunca termina de convencerse, y lo sigue comprobando entre la lista de cosas que hacer periódicamente, que en su mayoría son tareas de comprobación de que todo siga igual y en su sitio y, por lo tanto, de que todo vaya bien.

Este comportamiento natural pero irónicamente destructivo fue definido con la fábula moderna de los ratones y los liliputienses, que de positiva es irreal. Aquí no se muestra la realidad donde los ratones son ratas que se abalanzan primero para que nadie les quite lo suyo, y donde los enanos conspiran entre ellos con tal de salirse con la suya. La vida es un laberinto, mayor acierto no puede haber, pero también es competitividad. Aunque puede ser cierto que todo podría ser un camino de rosas, pero la costumbre (que ni es buena ni mala, es sólo eso mismo) se entrecruza con otros sueños y objetivos ajenos para quedarse con la colina que tarde o temprano acabará arrasada. Cuando se consiga y quede solo uno en pie, montará su pequeña casita en lo alto y se dedicará a repetir sus patrones hasta el final de los días.

Y ya que se habla del final, siempre se ha creído que todo el sufrimiento aguantado por rutina merecerá la pena, que al final del arcoiris realmente está esa olla llena de oro o incluso la mismísima ciudad de El Dorado. Y no se está tan equivocado, porque hay zonas de comodidad y de rutas programadas con forma de vida entera que llevan hasta una recompensa: el tópico. Pero no un tópico cualquiera, si no el mejor de todos y por lo tanto el más sabio, aquel que reza de forma atea algo como “Lo importante no es haber llegado, si no el camino recorrido”. Tanto buscar la verdad y la filosofía suprema con la que nadie nos pudiera debatir de una vez, y resulta que ya la teníamos desde el principio. Los tópicos son la verdadera esencia, lo que resume lo complejo en una línea y concepto, lo que va directo al grano para responder cualquier pregunta existencial. Todos los tópicos son puras verdades en sí, jamás se equivocan y se aplican a absolutamente cada ser humano posible. Parece magia, lo que quiere decir que es eso mismo: realidad.


Porque al final no hay recompensa; nosotros somos la recompensa.




...no se pudo creer lo que vio allí, sobretodo porque las vacas no tienen capacidad de comprensión. Pero dentro de lo que cabe se sorprendió, pues un nuevo color para su hierba se mostraba, expandiéndose hacia otro infinito que insistía en guardar algún secreto, donde una intuición aseguraba que podría ser otra de esas amables y nerviosas paredes creadoras de agujeros.

Se centró con recelo en lo que veía alrededor de sus patas, no pudiendo aguantar más hasta que decidió comerse el miedo junto a una pizca (acorde a su boca) de aquella extraña gemela malvada de su hierba de toda la vida. ¡Qué grandiosidad! Por el sentido de aquel sabor y de ser capaz de maravillarse con una palabra así. Aquel nuevo matiz gustativo no era moco de pavo (menos mal), era un nuevo mundo que devorar y cagar, un acento en una palabra mal escrita o incluso un manjar digno de vacas indias.
Eso la llevó a pensar, o más bien a soñar con los ojos abiertos, a imaginar primero cómo sería mezclar su hierba de siempre con esa nueva conquista. Enseguida se interpuso un pensamiento más grande aún, lo que lo convertía en sueño, en un sentido que podría doler si se trataba de exageración y utopía... pero por el otro lado, de ser verdad, la llevaría entonces a otro concepto para su mente, y por lo tanto para su vida... y todo ello no era más que el sentido de que hubiese más clases de hierba ¡con todo lo que suponía!. La simple idea le hacía estremecerse, por intentar tanto a jugar ser Dios. Pero no importaba, soñar era gratis (por ahora) y se dijo, se convenció, que seguramente merecería la pena...


Pasaron los años y María seguía ahí rumiando en doble sentido, soñando despierta y a punto de terminar su tesis sobre los átomos cuánticos de las hierbas más pequeñas, esas que se quedan ahí misteriosamente sin querer crecer hasta la altura de las más altas. Ya se sabía cada centímetro de aquella zona y de la anterior a la que a veces volvía. Y no le hacía falta más, era la más lista del lugar y después de todo solo ella sería capaz de cumplir sus sueños, así que tendría que seguir pensando y repasando aquella hierba tan misteriosa que tanto le había brindado...

La cámara comienza a alejarse, mostrando que la cerca separada por la valla con portezuela está dentro de otra cerca más grande. Pero realmente está mal aplicado el verbo, pues es pequeña en comparación a la cerca que alberga a la cerca con cerca. Pero la cámara sigue volando para mostrarnos que una vez más nos equivocamos y que... quién sabe, seguía concluyendo María, incluso podría encontrar al toro de sus sueños que la empujara una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez...

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