lunes, 20 de octubre de 2014

Seguimos Siendo Niños que Juegan



"Escuchamos una y otra vez la misma flauta en un crío por la calle o en casa y no tardamos en mandarlo a paseo, pero es oírlo en una canción por la radio y se convierte en un éxito".

Y no es difícil con un par de trucos de marketing predispuestos a violar a la música. En nuestra cabeza aún resuena el eco de la infancia. Las canciones infantiles nos son enseñadas en la tonalidad del Do Mayor, y si se hace lo propio con un tema actual obtenemos una aceptación inicial, un resultado de tema sencillo que se recuerda con facilidad –lo que no significa que sea un tema de calidad–. Nuestras mentes tienen aún conceptos infantiles que no deberían ser llamados así, sino más bien con un término que defina un aspecto de la mente. Y es que, después de todo, seguimos siendo niños jugando.

Seguimos efectuando los mismos juegos pero con otro nombre y aspecto. De niños corremos por diversión, de adultos por competición. Las peleas no iban más allá de moratones y sustos, pero de adultos surgen riesgos. Robábamos cromos, y eso fue en aumento hasta un bolsillo repleto de billetes. Efectuamos aún el cometido de seguir aprendiendo y aplicarlo, de intentar demostrar a los que nos parecen más inteligentes de lo que somos capaces. De ver televisión o similar hasta la saciedad con programas que ya creemos entender mejor. De reírnos del prójimo; primero con sinceridad, después con lo que llamamos bromas. De aprovecharnos del más débil o de quienes tienen sin que fuera penado en aquellos primeros días de nuestras lógicas.

No nos engañemos, aún tenemos comportamientos de cuando críos, y se puede comprobar si nunca hemos practicado el dibujo. Muchos adultos siguen dibujando las casas y los animales de la misma forma que lo hacían en el colegio. Si eso es así, imaginad a cuántos aspectos más de nuestra personalidad se le puede aplicar el mismo principio. Se puede notar en la manera que tenemos de defendernos o evadirnos y de afrontar el miedo. Las manías y costumbres de niño pueden definir también nuestra vida adulta.

Los juegos de adulto son iguales pero añadiendo responsabilidades y riesgos. Un niño, si juega a las cartas, no se complica en apariencia y apuesta un aspecto que le es vital aunque no sepa que no es tanto que así, pues es él quien le ha dado ese valor. Un adulto complica el juego de las cartas y se apuesta algo de lo que sí es consciente que necesita. Con tal que los demás no ganen, el niño hace trampas o incluso se engaña a sí mismo al creer que los demás también se verán afectados. Un adulto va más allá y se lo pone más difícil a los demás al haber aprendido reglas del juego que no están al alcance de todos.
A nivel empresarial competimos como en un juego para ver cuál es la empresa que más beneficios obtiene. Toda organización se basa en las mismas reglas, pero sólo las más astutas sabrán modificar o ignorar las reglas a su favor, de adelantar a las demás como si aún nos estuviese esperando el profesor con el aprobado en la mano. De igual forma se aplica a los deportes, artistas, empleados en plantilla... y es que para todo nos enseñan a competir como si no hubiese alternativa, cuando mas bien cada uno pasa por la vida hasta el final con sus propios métodos. Se puede observar en un grupo de amigos, cada uno con su estilo, forma de pensar, manías y profesiones (de tenerlas) que, hagan lo que hagan y por mucho que digan del estilo de los demás, todos llegarán al mismo punto y habrán vivido la vida por igual según sus preferencias, sin por ello competir hasta dejar de ser persona.

Surge la duda si es acaso cosa de los niños que imitan lo que ven, de querer ser mayores cuanto antes. Creo que un poco de cada, porque después de todo hay adultos que tienen influencias y ejemplos que idolatran y de los que aprenden como con los hermanos mayores.


En resumen: seguimos jugando. Solo que si pierdes, pierdes de verdad.

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