domingo, 5 de octubre de 2014

Carta de un Derrotista


Abandono. Mi desanimo surge porque no quiero pensar cuánto tiempo llevo en paro. Llegó un punto en que dejé de contar, y creo que por el bien de mi cordura no debo hacerlo.

A todo esto, ¿por qué todo lo definimos con arriba y abajo?

No sé cuántos cursos he hecho desde entonces, ni por qué algunos han durado hasta medio año, realizando dos de ellos que han significado un año completo donde aprendí otra vez a madrugar y organizarme, cosa que agradecí. Al mes de acabar, vuelta a empezar con la más absoluta nada.

Nada.

Mi desolación no la quiero exagerar, es demasiado real y ya me canso. Recuerdo el tiempo cuando me apunté absolutamente a todas las webs de búsqueda de empleo posible. No olvido la ilusión con que rellené todos los mismos datos de ingreso una y otra, una y otra vez... hasta que llegó un punto semanas después que me sentí tan agobiado por la monotonía que me detuve. Juro que creía que iba a explotar del agobio de repetir mis datos en cada esquina. Ésto conllevó a que hoy día mi correo siga lleno de ofertas donde nunca me llaman. Organizo la bandeja para que muestre sólo las confirmaciones donde me he inscrito en una oferta y me abruma saber que de entre todas esas páginas (sí, páginas), sólo me llegaron a llamar de un par de sitios donde ni pasé la entrevista.
El tema físico es similar, y juro que no miento que habré dado en mano cientos de currículums. En un época llegué incluso a adelgazar de la cantidad que di de estos papeles que hablan de uno con tanta precisión. Apenas otro par de lugares se acordaron de mí, donde tampoco llegué a conocer a fondo sus instalaciones. La ironía surgió cuando encontré un trabajillo temporal a partir de una amiga a la que sí llamaron de uno de estos sitios de Internet. ¿Tanto insisten las leyes de la naturaleza que la única forma de curro es con contactos? ¿Para qué entonces tanta parida de rellenar datos y apuntarte a sitios de los que sólo sacas spam para tu buzón?
Si yo, que con un Grado Medio me es difícil, ¿qué sucede entonces con quienes tienen menos titulación? Dicen que la “titulitis” no aporta tanto como parece, pero peor es no tener; o algo de eso me han dicho.
Me dan ganas de quemar la toalla cuando analizo el caso de un amigo cercano que, aun teniendo una titulación envidiable y ser todo un ejemplo como persona, ha acabado en un trabajo que no le hace justicia. Ahí tiene el puesto y le ayudará a sobrevivir, claro que sí, pero qué injusto me parece ver tantos talentos malgastados en el lugar equivocado. Los años de estudio se resumen con un punto del que se desea que sea "y aparte" y no "final".

Recuerdo cuando niño que veía el futuro de otra manera; iluso, pero de otra forma. Conforme crecí las visiones se volvieron más maduras y lógicas, acordes a imitar a nuestros padres que no conocen otra cosa aparte del trabajo (y eso ha arraigado su forma de pensar, costando más que comprendan que si no trabajo no es porque no quiera).
Te sacabas los estudios y de repente encontrabas curro. Terminabas y enseguida encontrabas otro; así me sucedió. Ahora me resulta una época tan extraña que aún no asimilo cómo, de un año a otro, ya no era tan fácil buscarse la vida. Fue abrupto como un puñetazo, restregada una nueva realidad con la que no contabas aun teniendo planes B en la recámara. Y de igual forma repentina el futuro se tornó negro. Juro que he estado un tiempo sin poder imaginar mi propio futuro, tan fácil que me resultaba. Veía negro, literal, la verdadera negrura cada vez que pensaba que sería de mí mañana.
Hoy en día he llenado ese hueco, pero con pensamientos como cuando niño, tan ilusos pero de los que no te puedes reír porque nadie tiene derecho a reírse de un sueño. Asumo que me va a ir bien escribiendo o siendo músico y acróbata –que sé yo– aun consciente de que eso sí es más difícil que encontrar un trabajo básico.
Y aquí sigo soñando como un idiota y como único apoyo; me parece increíble la de transformaciones que puede sufrir una persona en según qué circunstancias.

Y me he sentido culpable, vaya que sí, y me he hundido cada vez que los demás pensaban que no me movía lo suficiente. Me daba (y me da) la risa cuando alguien dice que le parece increíble que aun echando diez o veinte currículums no lo hayan llamado (¡Diez o veinte! ¡Y le parece mucho!). Me sigue doliendo que aun sufriendo se me añada más peso por culpa del ambiente de pesimismo que se ha generado en la gente de a pie. No sé si alguien recuerda cómo estaban los ánimos antes de toda esta movida, pero recuerdo que habían más risas y menos discusiones con gente que ni te esperabas. Descubres que si tienes trabajo o no influye la forma en que se te dirigen los demás –quien sea–, queriendo romper crismas cuando alguien cercano te trata como alguien con dignidad durante los meses que dura un contrato, como si también hubieses firmado con él algún acuerdo.
Y no puedo evitar sentirme culpable, ¿por qué? ¿Qué he hecho mal? Hice lo que me pidieron: estudié y encontré trabajo hasta que no hubo. Pero si un día ya no hay nada de eso, ¿qué hago?
Sigo buscando, pero hay una losa en mí que ya ni me hace pensar con claridad. Si antes recorría un polígono industrial entero, ahora me hago medio y gracias. Incluso a veces hablaba animado con quienes me recibían, ahora sólo soy un número más de ese archivador lleno de currículums, una cara triste que ahuyenta sus ganas de llamarme.
Me he rendido y me jode mucho que nadie haya presenciado toda la lucha que he tenido. Quedo como un parásito de mis padres y la sociedad; como un vago culpable de no levantar un país que no contó conmigo; como alguien sin voluntad a pesar que una vez tuve la reserva llena y que ya no sé cómo llenar… a veces pienso que el enemigo también está entre la gente llana y no sólo entre los gobernantes. La última vez que me elogiaron fue por interés; entonces supe que me habían robaron la dignidad sin darme cuenta.

La situación de la que dicen que está éste país me recuerda a los inicios de la revolución francesa, donde la reina Maria Antonieta fue informada de que sus súbditos no tenían qué comer, a lo que ella respondió: Que coman tarta.
“Que coman tarta”, me repetí con indignación la primera vez que lo escuché o leí. Eso nos habla de la ignorancia general de los de arriba porque quieren. No son tontos, pero sí ignorantes para lo que nunca han conocido con esa mala suerte de nacer entre almohadas de seda. Pero en su defensa diré que imagino el peso y responsabilidad de ir día a día siendo consciente de la cantidad de gente que debería comer tarta y que no puede; o eso quiero creer.
Los de arriba no pueden ni imaginar qué es vivir día a día dentro de alguien hueco que se vació sin saber cómo; y no les culpo. Hay impotencia por ambas partes, tanto ricos como pobres, pero los de arriba sí tienen una suerte que nosotros, siendo realistas, no vamos a tener jamás. Ni Podemos, ni Queremos, ni Cristo: jamás.

En fin, de mientras seguiremos a ver si superamos el récord de suicidios en comparación a otros países con el mismo problema. Insisto, ¿por qué todo lo definimos con arriba y abajo?

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