lunes, 6 de marzo de 2017

Nueva Salem





Este artículo, mezcla de reivindicación y desahogo, viene a sumirme en la resignación digital. Me rindo, señoría, me declaro culpable sin cometer delito. Dejo de batallar en una guerra en la que ni siquiera participaba. Asumo el rol que lleva el mundo y permito que me quemen, donde quedaré más chamuscado internamente por dudas y preguntas, aun respondidas con esa violencia tan de moda.

Hablando con mi amigo Bertowulf sobre un incidente que relataré, llegó a la conclusión que las redes sociales, en esencial Facebook, se han convertido en Salem. A la mínima te acusan de bruja, para después quemarte a base de acusaciones entre improvisadas y extraídas de una verdad universal que en teoría hay que ser idiota para no comprender. Seres humanos de todos los campos y ciencias buscando tal verdad, y resulta que estaba delante de nosotros todo este tiempo. Gracias, Internet, por abrirme los ojos y cegarme con la luz de tu fuego purificador. Lo que no me dijiste es que tendría que barrer yo mismo mis cenizas; mucho menos que la letra escarlata del paria figuraría en mi frente para siempre.

Y es el resabiado de Bertowulf el que también elaboró la teoría/alegoría por la que afirma que estamos repitiendo el siglo XX, ubicándonos de nuevo en tiempos de La Ley Seca. Los ultra-religiosos del orden ahora son los profetas de lo "políticamente correcto”, expiando nuestros pecados sin pedirlo ni necesitarlo, ”salvándonos” pues desconocíamos haberlos cometido. A base de prohibir el alcohol, se fomentó su consumo ilegal, y cuando el número de garitos y locales clandestinos fue incontrolable, la absurda ley tuvo que caer. El problema radica en que aquello fue realizado en un país, esta situación actual está globalizada. Impredecible la resolución. Me hace pensar también que, si estamos repitiendo el siglo pasado, ¿la nueva guerra mundial será digital?. ¿Son éstos los cañones de Agosto que marcan este siglo?. Es demasiado aventurado por el momento como para poder dar una teoría con base real.

Mi ira pecadora (creía que todo el mundo tenía derecho a expresarse y sentir emociones, señoría) surge que siendo pasivo en la guerra de las redes, me he visto involucrado. La infalible lógica dice que si no actúas nada sucede, pero la pobre se enfrenta a un nuevo paradigma o paradoja al encontrar que incluso los inactivos que se preocupan sólo de su vida diaria reciben también su merecido. El intervencionismo digital hace suyo el dicho de “la indiferencia te hace culpable”.
Hay cierto perfil en Facebook donde se desarrolla un personaje ficticio, cuya contrapartida física conozco en persona. Niego aún que la persona física y la del perfil sean la misma, pero temo por dentro que ya se hayan fusionado. Lo que empezó como una lucha por los derechos y la moral a base de publicaciones en el muro, ha acabado resultando en un pozo de odio constante y críticas hacia un mundo que declara infestado de peligros, defectos e injusticias a cada esquina. Sin lugar para la duda o la negociación, sin piedad ni merced alguna.Lo peor es que ese perfil no está solo, cada vez hay más y más similares, defendiendo derivados de la ley universal o nuevas injusticias, reales o no, que añadir al acervo cultural del movimiento según el día. En resumen: así no se puede vivir. No debería importarme la vida de esa persona, es libre de desahogarse en su perfil, pero el problema es que salpica cuando ni siquiera estás al alcance, independientemente de si tienes o no relación directa con ésa persona.

Internet es una herramienta poderosa tanto para mejorar nuestra persona como para empeorarla. Para variar, las personas nos dejamos tentar y malempleamos toda idea a nuestro alcance. Es nuestra naturaleza, no podemos evitar ver las dos caras de todo. El visionado de porno se compensa con los vídeos de gatitos, que curan el remordimiento de lo que acabamos de ver o hacer y del tiempo que sabemos que hemos perdido. Eso siempre será lo más frecuente en la red. Usar Internet de la manera que creamos conveniente es de lo más legítimo, mi problema es cuando ese Matrix se mezcla con la vida personal y la ajena. Tal perfil que nombro ha ido creciendo hasta obsesionar a las personas de mi alrededor. Mis cercanos llegan al punto de amargarse o deprimirse el día por culpa de una sencilla publicación que defiende la demagogia de turno. Con esta actitud se cultivan las mentes de los seguidores con desinformación, se les insta a imitar un modelo de dudosa madurez que se deja llevar más por lo emocional que lo racional. Cual secta de profeta loco del momento, se contagian de un filtro o ángulo de la vida que enfoca todo hacia el mismo problema. Cualquier aspecto de la vida, actitud, objeto… todo está impregnado con ese problema, y el perfil principal ─y con ello la persona que hay detrás─ termina adquiriendo un odio amargo que necesita expulsar para después absorber más del que expulsó, creando un bucle donde todos acabamos involucrados. Como una epidemia, se infecta uno del policorrectismo radical y se expande por toda cuenta de Facebook del mundo al ritmo de, lo que en principio fueron años y después meses, ha llegado a adquirir por inercia una velocidad de días u horas.

Me da igual esa lucha, ésa no es mi guerra, no me involucro, uso Internet para escribir, leer, chatear y escuchar música. De verdad me dan igual las cruzadas que quieran liderar esos libertadores que, incluso, se enfrentan entre ellos defendiendo… ¡las mismas ideas!. A mí lo que me afecta es que alteren mi alrededor, esa infiltración infecciosa de lo digital en la realidad, y con ello mi vida personal. Estoy cansado que por una simple publicación tener que animar a mis amigos que acaban sintiéndose incluso culpables tras una discusión (que no debate) en el perfil público de turno. Harto de quedar con amigos y que parte del tema de conversación gire en torno a los supuestos problemas que escupe Internet y que a la semana siguiente ya ni se recuerdan porque lejos de ser de capital importancia, sólo son un leño más a la hoguera; de comprobar cómo gente bloquea las publicaciones del libertador que nadie pidió y que acabe entrando de nuevo a ese perfil, harto de descubrir cómo a escondidas personas cercanas están fisgoneando el muro de quien le afecta, para ver qué publica a cada instante para irritarse casi como un placer culpable, como quien ha encontrado al enemigo perfecto.
Y esta es una realidad que sucede, y no a poco nivel.

Fue entonces que decidí actuar. Dejé un señuelo del tema reivindicador de moda en mi muro pero, a quien acuso, no acudió. Decidí hacerlo de forma más directa entre los afectados. Pero ni se pronunció. No me quedaba otra que entrar en su territorio y enfrentarme cara a cara contra el elegido que ninguna profecía previó. Pero supe que de nada serviría por lo que ya había presenciado. Me paré a pensar y me percaté que el policorrectismo es otro concepto de tantos con dos caras, siendo en esta ocasión la obvia de mostrar un aspecto de justicia pero que en el interior guarda la corrupción más mediocre. He presenciado cómo decenas de personas daban una paliza nazi verbal a un pobre diablo que sólo dijo lo que pensaba, o a otro que llevó la contraria y acabó sepultado en comentarios. Gente razonable, con buenos puntos de vista y empatía se enfrentaron bien armados en dichos muros y no fueron escuchados, chocando con otra clase de muro que sólo les hizo malgastar su energía y regresar a casa afectados de náuseas. De nuevo, permanecí sin actuar, llevado de la mano por la cordura para dar media vuelta. Mi conclusión en ese estado fue que dijese lo que dijese, resultaría contraproducente, pues la efigie viva sólo se reafirmaría en su opinión y se convertiría en piedra un poco más, pensando que se hace más fuerte. Entre los amigos hemos decidido ignorar o bloquear ese perfil, un modo de ganar aunque el mal no se haya extinguido.

Aquí sentado y escribiendo lo analizo, me sirve de reflexión para concluir y sentir pena, una tristeza por el personaje que ha acabado devorando a la persona. Lo peor que esa persona se sentirá orgullosa del poder que ha adquirido en sus cuatro paredes llenas de mensajes banales. En mi experiencia sé que ni todos los libros juntos pueden acabar con las injusticias, y más las que supone esta gente combatir. He aprendido que actuando es el único modo, que la teoría nunca ha cambiado nada sin la ayuda de las manos, que se debe aprender otra clase de sabiduría que no puede ser leída. Si estas personas que machacan a base de publicaciones vivieran realmente una sola experiencia de aquellas contra las que luchan dejarían de escribir tanto tras una pantalla, y actuarían más en el mundo real, donde su ayuda podría marcar una diferencia.

Además estoy harto, cansado que cualquier noticia que se publique por Facebook se tome como verídica sin pensar, de consejos y experiencias de andar por casa que se siguen sin plantearse si es lo que de verdad queremos o necesitamos. Al fin hemos conseguido que todo el mundo tenga su voz y voto, ¿pero el resultado ha sido lo mejor? Es libertad, señoría, y es imposible no amarla. Pero queriendo evitar el caos hemos creado el nuestro propio. Acusamos a gobiernos, cuando estos se preocupan de economías y leyes, no de nosotros per se, que ya nos cuidamos y mutilamos solitos. No hay un enemigo al acecho de la frontera, sino en el perfil que tanto lees con fervor y que te hace enfocar las cosas que no te has parado a pensar de un modo nuevo que ni cuestionas. Se secuestran opiniones con mentiras, tal y como se ha hecho siempre para alcanzar el poder. Pero ésta vez es tan sólo en aras de un narcisista deporte.

Por lo que a mí respecta, me declaro culpable, sabiendo que no he cometido delito. Ni siquiera se me puede acusar de eso, de no actuar. Pero soy culpable en potencia y por defecto, por el mero hecho de existir y de ser capaz de todo lo imaginable. Tengo las armas (los puños), la intención (mi órgano sexual) y mi malicia (la mente), aunque jamás haya hecho daño a nadie. El simple hecho de poder hacerlo ya me hace peligroso. Por favor, señoría, senténcieme a la pira y resolvamos esto cuanto antes, de una forma limpia y digna, no sea que esos radicales del bien acaben conmigo de una forma peor.

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