lunes, 6 de marzo de 2017

Nuestra Ley (Un Subnormal en la Guerra)



Tony es un disminuido psíquico. “Síndrome de Down” le dicen que tiene, y le da rabia, porque él no es un término. Por mucho que se esfuerce en demostrar lo que vale, no se quita la etiqueta del paria. Sin embargo él no se rinde.
Recio y perdurable, como el muro que tiene enfrente.
Está en la guerra de modo oculto para no causar revuelo en los medios, esos que tienen el poder de decir quién manda, gana y quién no. Está ganando dinero, lo necesita. Reminiscencias de personas mirando con recelo no se le van de la cabeza. Sabe de sobra que se hacen preguntas, además planean conforme lo ven con el sueldo en las manos. Cobra en negro, él y un chico negro. A éste le hace mucha gracia.
Tony se pregunta, pero al final sabe callar a su mente, que cada vez viene con una treta nueva para desconcentrarlo. Siempre recuerda lo que le decía su madre, que él ya ha hecho mucho más que la mayoría de personas. Sin embargo el consuelo no es total.
Imperturbable por fuera, como el muro que lo separa.
El campo de batalla.
Está disparando por un agujero en la pared. Un boquete bruto y desigual, hecho por alguna explosión de tantas. Lleva su arma en las manos, se aferra a ella como si temiera que el aire se la fuese a quitar. Asoma un poco por el agujero, pero enseguida se esconde: allí no hay nada, pero imagina cuando lo haya. Practica.
Traga saliva, y se da rabia por eso. Le duele las manos de tanto apretar, los nudillos blancos y dolientes. Vuelta a tragar, gime enrabiado. Está solo, pero siente cierta vergüenza.
Las horas pasan, mantiene su posición. Comienza a soñar. Calla a la voz.
Empieza a preguntarse qué hace allí, qué lo ha llevado a posicionarse en un muro entre él y el resto del mundo. Qué… quién lo ha llevado hasta allí, porque por desgracia nunca le han dejado decidir. Desde niño le prometieron que podría ser dueño de su cuerpo una vez fuera adulto, pero no fue así. Son las leyes: la de los padres; el mundo; la del resto…
Gime en voz alta hasta que logra apagar a sus pensamientos. Se siente agotado. Mejor regresar al refugio. Mañana se acordarán de él y vendrán a buscarle.

Matt es un soldado veterano que llegó a besar a la muerte. Le respetan, aunque nadie sabría decir cuáles son sus méritos, salvo los de sobrevivir en aquella batalla. Es verlo y todos callan, entonces queda saludar con suma educación y preguntar si necesita algo.
Alguien con esa presencia no puede estar equivocado. Él nos guiará por el campo de batalla.
Tiene un mundo interior bastante profundo, tanto que pocos lo conocen. Hasta a Matt le cuesta en ocasiones explorarlo. Pensamientos aleatorios sobrevienen, pero ya aprendió a ignorarlos. Sabe que alguno de ellos es sensato, peso en conciencia, aunque casi ya no distingue. Él sólo quiere ir a la batalla y matar. No lo dice, menos lo muestra, pero se siente liberado desde la primera vez que mató, pues eso le salvó la vida. Por cada alma que arrebata, siente volver a nacer. Da las gracias en silencio a los desgraciados, y vuelve a girar la rueda de las apuestas.
Ese día dirige un equipo de tres atravesando el desierto en busca de un refugio enemigo. Su misión es examinarlo y asegurarse que ya no queda nadie allí, traer algo de utilidad de haberlo y preparar el terreno para tomar el punto. Aunque si ni el enemigo está interesado…
El Jeep militar frenó. Matt miró al conductor y después al compañero sentado detrás. Éste ya estaba de pie analizando el terreno por los prismáticos. Se detuvo a mirar un punto en concreto. Se mantuvo. Eso puso nervioso a Matt:
—¿Qué pasa?
—El refugio, señor. Hay alguien allí.
—Venga, va, no me jodas.
Matt se incorporó y arrebató los prismáticos. No pidió saber la posición, rebasó un poco y lo halló. Allí había un muro medio derruido y agujereado, detrás debía estar la entrada al supuesto refugio subterráneo. Cuál fue la sorpresa al distinguir una cara en el agujero de aquella pared en mitad de la nada.
—Madre que nos parió. Ja.
—¿Qué hace ese subnormal ahí?
—Tener cojones. Pero nosotros los tenemos más grandes.
El superior hizo un gesto para que se sentaran y entonces se agacharan y en voz baja pidió los cojones. Al soldado sentado detrás le costó comprender, pero entonces afirmó y salió de un salto del vehículo para dirigirse a la parte trasera. Abrió el compartimento y sacó piezas de un lanzacohetes de mano junto a un pequeño proyectil. Cerró y con misma destreza regresó. Matt pareció satisfecho.
Fueron preparando el arma. De mientras el conductor se había levantado y examinaba con los prismáticos. Movía la boca como si masticase. La detuvo. Se mantuvo un rato más antes de sentarse y decir:
—Ese tío no es normal.
—¿A qué te refieres? —preguntó Matt.
—Han dejado ahí a un tío raro. No para de asomarse y esconderse. La cara le tiembla, pero lo hace él. No es normal, señor.
—Anda, ya veo —dijo Matt y se mantuvo un momento pensativo mirando alrededor—. Dots, arranque y vaya a ese montículo de allá. Desde allí dispararemos mejor.
—Nos verá, señor.
—Lo sé, hombre. Quiero que nos vea.
Dots no supo qué decir. Así que movió la mano y encendió el Jeep. Aceleró, derrapando al moverse entre la arena infinita que resguardan las dunas.
Fue que escucharon un grito, que precedió al disparo.
—Joder —exclamó Dots. Matt por su parte sonreía.
Comenzaron a ascender por el terreno, y más disparos se sucedieron.
—¿Qué dice? —clamó Matt por encima del ruido del motor acelerado.
—Que si nos hemos muerto ya —aseguró el soldado de detrás.
Matt rio.
—No, en serio, señor. Está gritando a cada disparo si nos hemos muerto.
El superior miró hacia atrás exagerando su expresión de ojos abiertos. Entonces sí comenzó a reír a pleno pulmón.
Lograron llegar a la cima del montículo, resguardados de la posición de visión del refugio. Si asomaran, verían el lateral del muro, descubiertos y expuestos al igual que aquel tipo defendiendo.
Matt terminó de reír y comenzó a decir:
—¿Tan desesperados están por conseguir milicia? —Tosió un poco—. Le seguiremos poniendo las cosas difíciles —Hizo un gesto al soldado de atrás, que acto seguido agarró el lanzacohetes de mano preparado que tenía a su lado.
—¿De verdad aún quiere…? —empezó a decir el conductor. El proyectil fue colocado en la boca del lanzacohetes. Sonó con un golpe que contrajo por un momento el interior de los oídos—. Señor, si me disculpa, si me permite una opinión.
—¿Sí?
—Podríamos capturarlo y llevarnos las provisiones y municiones. Luego ya los de arriba que se encarguen de él.
—Sí, y que lo devuelvan. Mejor se lo envolvemos.
—¿Qué?
—Allí no hay mierda, Dots.
—Pero…
—Ni mierda te digo.
—Si ya hemos matado a unos cuantos —dijo el otro soldado, que examinaba el lanzacohetes por los lados.
—Smith tiene razón. Es rutina ya, ¿no?
—Si nadie se va a enterar —insistió Smith—. ¿Quién va a venir por aquí? ¿Tu madre? ¿Tu mamá va a venir por aquí para luego reñirte por todo lo que has hecho durante la puta guerra?
—Pero ninguno ha sido como este —dijo Dots un tanto asumido.
—Todos son como este —sentenció Matt.
“Huesos y carne”. En el fondo nadie es diferente, y situaciones como la guerra lo aseguran y demuestran con una ley no dictada que todos conocemos…
—…o negamos conocer.
—¿Qué, señor?
—Nada. Smith, déjame a mí que dispare.
—Sí, señor.
Agarró el arma y comprobó el peso en sus manos. Se levantó y colocó el lanzacohetes en el hombro. Movió los dedos para sacar la mirilla y apuntó hacia el punto. El soldado lo descubrió y lo miró en su dirección. Por un rato analizó aquel rostro, embobado y fascinado por la vida. Sus ojos parecieron coincidir, y se hablaron en un lenguaje secreto y universal. En el fondo Matt sintió cierta envidia.
Y eso le ayudó a pulsar el gatillo.
El proyectil se dirigió recto emanando un rastro y un silbido creciente. Se apagó todo sonido y al segundo hubo un estruendo. La explosión creó una araña de polvo y humo. Una lluvia de escombros se dispersó decorando el desierto colindante.
“Gracias”.
Entre la niebla provocada se distinguió fina lluvia roja. Algunos trozos de carne chocaron contra la piedra, rodando o resbalando según el tamaño.
Gris, marrón, amarillo y rojo. Todos colores oscuros.
El sol quedó apagado tras la cortina.


Ahora, lector, es cuando te pido. ¿Con cuál de los personajes de la historia te has sentido más identificado?
Esa es tu ley.


(A partir de aquí, una reflexión: http://buenoyente.blogspot.com.es/2017/03/una-reflexion.html?m=1)

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