lunes, 3 de agosto de 2015

El Guardián


 
Idilios tras una cortina de pureza.

Depende de cada uno decidir de qué está hecha la pureza.

¿Eres capaz de ver la cortina?


Habité un mundo que bien conoces. Sí, sabes que hablo de ese mundo donde puedes pasear de una punta a otra sin toparte con ningún obstáculo o peligro. Las piedras son de corcho, y por el grifo sale miel. Allí en ocasiones la luna, si eres lo suficiente paciente, sonríe y guiña un ojo. Tú ya sabes de qué mundo hablo.

Por el día de cada día me levantaba con el mismo pie y bostezaba con la misma boca. Un par de raspados al pelo, a los dientes y a luchar contra el día. Siempre ─pero siempre─ acabamos igual de agotados, y es entonces que llega la noche para hablar con voz suave y acariciar los ojos cansados de la luz. Tanto al día como a la noche se les enfrenta de cara, y hay que reconocer que es admirable, un sino lleno de mérito en cada uno de nosotros.

La zona donde habité estaba conectada por caminos de tierra. De uno de ellos provine, aunque apenas recuerdo que había allí. Sé que hay más rutas, pero no hace falta pisarlas; si uno está bien donde está, ¿para qué más? Aunque, bueno, influenciaba saber que conforme uno se aleja del corazón de esa tierra se va topando con los llamados guardianes. Sus miradas advierten de los peligros que hay más allá, y que está bajo nuestro juicio recorrerlo. Son bastante persuasivos sin decir nada, lo sé bien y seguro que vosotros también.
Una vez me alejé por curiosidad, o más bien llevado por una corazonada. No tardé en cruzarme con un guardián. Era serio, y no paraba de observarme. Había oído sobre esa gente que ha caído en el abismo y se preocupan de que nadie más lo haga. ¿Cómo hicieron ellos para escapar de la sima? En el fondo deben de ser justos, pero su actitud habla sobre lo que ocurre al llegar a los excesos. No quise analizar mucho más, así que di la vuelta y me alejé para continuar con mi vida. ¿En qué estaría pensando?

Continué con mi trabajo y la vuelta diaria a casa. Leer el periódico y probar cada día un plato nuevo sacado de la televisión-microondas. ¿Qué podía salir mal? Era imposible...

Pero un día apareció él, y lo estropeó todo. Así lo pensé.

Era insistente, y andaba sin descanso, lo juro. Sin prisas ponía a uno nervioso, y aunque se imitaran sus muecas era difícil comprenderlo. Aparecía de repente y se iba de la misma forma.
Al principio era difícil entenderle, pero con el tiempo se contagió de la calma del mundo. Balbuceaba y relinchaba, y no pude evitar reír sin querer ni ofender. Al final insistió tanto en sus apariciones que me habitué.
Ya que estaba, le mostré el mundo. Le enseñé la hierba de chocolate y a las ovejas que producen electricidad. Le hablé del principio sideral de las bombillas y de los molinos cuánticos; de la gente que anda al revés y de las doce maravillas del mundo… pero no se asombraba, parecía en cada vez más preocupado, alejado de y en asuntos que no quiso compartir.

¿De qué iba? Me sacaba de quicio.

Un día, junto a un sauce urbano, lo abordé con cierta violencia inofensiva. Enseguida lo captó, y de lo que me habló fue inesperado:

“Te lo estoy intentando decir a cada momento”.

Y era cierto, había estado hablando a menudo, pero por rutinas y perezas no le había escuchado del todo. A mi mente venían fragmentos de sus frases, y era imposible armar algo coherente. Decidí entonces darle una única oportunidad y escucharle:

Fue más que suficiente.

Me habló de un mundo donde los grifos expulsan agua. Lo asimilé y me pareció entre lógico y extraño. Me dijo que allí las rocas no eran de corcho ni tenían restos de pintura, sino que estaban hechas de un material que las definía en sí, como tal. ¿Comprendéis? Es difícil de explicar, ¿piedras que están hechas de…? ¿Piedra? ¿La roca es roca? Comenzó a dolerme la cabeza, y sin embargo no le negué en ningún momento.
Conforme su discurso avanzaba fui recordando el lugar donde vivía de niño. Era hermoso, mucho más pequeño que la zona que habitaba entonces. De allí sí que recuerdo que de los grifos manaba agua, y que beberla me sentaba bien aunque no tuviese sabor. Recuerdo que tropezaba con muchas piedras porque eran tan duras como impertinentes. Era una vida diferente, bastante limitada. Por eso me mudé a ese lugar más espacioso donde el sol alumbra hasta cansarse. ¿Cuál era entonces el problema?

Y sin embargo lo había.

Terminé de escuchar su discurso. Era disparatado por fuera, pero no se podía negar ninguna de sus palabras. ¿Por qué? Recuerdo tan bien ese momento, a ese aire con olor a naranja… ¿de dónde provenía? No había naranjos por ese lugar, de hecho hacía tiempo que no veía uno…
Me llamó la atención con el dedo y me habló de lo que no se debe: de los guardianes. Ah, no, por ahí no pensaba pasar. ¿De qué iba? Pero de nuevo su verborrea me hipnotizó. ¿Cómo puede sonar alguien tan coherente? ¿Cómo conceptos nuevos pueden resultar tan familiares? Mi infancia regresó, y el niño que todos tenemos confirmó con gestos de cabeza mientras yo le gritaba en silencio que no le diese la razón… al rato ya estaba imitando sus pasos. No creo haberme maldecido tanto en ningún otro momento de mi vida.

Me dejé llevar sin saber cómo, maldita sea, y cuando me quise dar cuenta acabamos en la parte donde me crucé con aquel guardián: y allí estaba, como si siguiese siendo el mismo día. Tuve una tentativa, pero él y mi niño me lo impidieron. No sé cómo me dejé convencer de nuevo y avanzamos ignorando al guardián.
Era nuestra perdición, y de querer saltar hacia nosotros aquel ser tan severo le echaría la culpa a él y sólo a él. Seguro que lo entendía y lo atacaría para salvarlo del abismo. Yo también he visto esa oscuridad en los días que no soñamos. Sé de qué pasta está hecha la parte oculta de una persona. Lo sé y por eso no cruzaba más allá del guardián… pero nos situamos más allá, quedamos alejados. El guardián se limitó a mirar como si en el fondo nos temiera.

¿Qué ocurría?

Regresamos y lo vi acercarse al guardián. Me pidió que me acercase, que no temiera pues era mi guardián. Sí, así, como lo escribo: mi guardián.
Ese día fue de descubrimientos, tantos que no me permití contarlos. Es cierto que cuando uno tiene un hallazgo surge una cadena que lo lleva a otros. El punto que lo inició todo aquel día produjo un cordel dorado casi interminable… de hecho descubrí que nada tiene final.

Nada.

Era mi guardián, y no me miraba de forma severa. Él me dijo que lo mirase durante un rato, y en esa mirada me descubrí a mí mismo. ¿Cómo era posible? Hay preguntas que es mejor no responder, así que opté por sustraer un hilo del tejido de la verdad, compuesta por el mismo material que la realidad. Y allí vi que cada uno somos el Universo a su manera, aspectos de una misma cosa, o caprichos si así se prefiere. En esa mirada vi mi vida entera, y seguro que a alguno de vosotros os ha pasado; porque aquellos ojos no hablaban ni de dureza o ira…

…sino de decepción.

Mi mueca se torció y le dije a él que nos fuéramos a casa, que necesitaba descansar, pero sobre todo pensar. Pensar mucho. Fue increíble que a pesar del agotamiento cumpliera con mi palabra y no durmiese. Medité y dudé, principalmente lo segundo.


He dejado atrás la miel y el corcho, a las comidas ilimitadas y a los árboles urbanos que nacen del cemento ligero. Mi guardián nos acompañó durante parte del trayecto. Su mirada fue cambiando, pero no supe identificar hacia qué. Ahora creo saberlo, pero es difícil de explicar.
Fue bastante considerado, y se alejó una vez se aseguró que estaría bien en este nuevo hogar. Sobre él, el tipo que apareció sin más, pues a veces nos cruzamos y charlamos. Nos hemos convertido en unos vecinos más de tantos.
Por las noches me gusta sentarme sobre una dura roca y ver esa luna tan blanca y pecosa, inmóvil como si estuviese muerta. Un cadáver espacial, qué descabellado. El viento no huele a nada, o acaso tiene el mismo sabor que el agua. A veces pocas cosas me saben a algo, pero no me importa. Las pocas veces que siento o descubro un nuevo sabor me deleitan a un grado único como para definir.

En fin, depende de cada uno decidir de qué está hecha la pureza. Sí, ya sé que tú también ves en todo momento la cortina pero… es que hacía tanto tiempo que no me sentía revitalizado que... cierto, perdona, sólo he hablado de mí. Dime, ¿qué tal te va por donde vives?

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