martes, 7 de julio de 2015

La Fina Línea entre el Humor y el Miedo




Se dice que el humor es odio camuflado. Cuenta de ello lo trae la tan abusada parodia, así como la crítica humorística a la política o sociedad actual que consigue más un sedante que un mensaje. Hasta el humor ha acabado siendo comercializado, diciéndonos desde hace tiempo cómo hay que reír y con qué.
Siendo sincero, suelo apreciar todo tipo de humor como un ejercicio entre mental y sociológico, una manera de aprender qué es lo que nos mueve a las manadas de humanos (puedes conocer la historia de una época a través de su humor). Pero hay un humor que nunca he entendido: el de las caídas, el daño ajeno. No comprendo por qué hay que reírse cuando alguien sufre. Que alguien se rompa la crisma no es motivo de risa, y menos para ser grabado, porque entonces se convierte en película snuff. Darse en el p*** hueso de la rodilla conlleva dejar de ser persona durante segundos o incluso minutos, y la risa ajena sólo afirma que, sí, el humor es una inquina oculta que no puede esconderse todo el tiempo (véase Jackass). Como se dice, un accidente con un personaje patético o del montón es humor, con alguien respetado y admirado es una tragedia.
Tras éste prefacio del lado oculto de la risa, quiero iniciar el tema de mi artículo basándome en la última afirmación: y es el humor que también puede ser horror, o que al menos está separado de ello por una línea bastante estrecha.

Cualquier situación cómica puede ser retorcida si se le echa la suficiente imaginación. Lo que puede ser un teatro de lo absurdo en un primer minuto, puede esclarecerse en el siguiente y desvelar una terrible verdad sin pizca de gracia. Una vez ahí, será difícil regresar.
Sírvase de ejemplo una mítica tira de Garfield donde se explicaba la primera palabra del gato: “Aliméntame”. La situación era divertida porque bien define al personaje en una sola palabra, compadeciéndonos del bueno de Jon –el dueño del felino– entre risas por lo espontáneo. He aquí entonces que retorcemos un poco la creatividad y decidimos que la historia trate sobre un ser extraño, imposible que sea de este mundo. Con sus ojos enrojecidos observa al hombre al mismo tiempo que emite chasquidos indefinibles. El humano se agacha y lo mira, es entonces que tanto el personaje como los espectadores revelan una posible verdad sobre el ser cuando pronuncia: “Aliméntame”. El resto es historia llena de oscuros rincones.
A su vez, Jon y Garfield serán recordados por su relación amo/mascota, que en ocasiones se invierte entre simpáticas tiras y buenos gags. Ver a una persona sufrir por la naturaleza de un gato tiene su punto entrañable, y en parte es lo que da éxito a Garfield, al que se le añade un pensamiento humano a un personaje que no va a dejar de ser una animal con todas las de la ley. Ensuciará al máximo la cocina, y encima será consciente de ello. Eso no conlleva a recapacitar, sino a reír y desear por enésima vez que el pobre Jon grite el nombre que ha dado pasta a su creador.
Es entonces que regresamos con las herramientas y damos la vuelta de tuerca (o arrancamos de cuajo lo que no debemos) y enfocamos la historia de una madre que cuida de su hijo, enfermo y deformado de nacimiento, filosofo de una ética oscura al no entender a las personas a pesar de que se le eduque del mismo modo. La misma historia de alguien sufriendo por criar a algo que le supera ahora es otra, y si el niño –obsesionado con desobedecer y con la vecina– se pasa de la raya, sabremos de forma consciente que se está acercando la tragedia.

Al humor también se le puede entender como un sistema de defensa. Cuando a alguien le cuentan una noticia extraordinaria tuerce la boca en una especie de sonrisa que no termina de serlo. No se trata de un gesto malintencionado, sino como algo que se protege de la esencia que emana lo increíble o costoso de creer. Si se llega al extremo uno se tropieza con la locura, donde es habitual encontrar risas mal combinadas con una mirada lejana y triste, como si la realidad los hubiera violado tan rápido que aún lo estuviesen asimilando.
De aquí surge también el humor negro, la versión extrema de las caídas, donde en lugar de daño uno termina entre mutilado y muerto. Quiero creer que los chistes de este estilo son huecos, por condicionamiento social y no como algo sincero, en la onda de los chistes racistas; disfrutar de lo que ofrece una película gore. Pero hay gente que no entiende el humor, que siempre habla en serio, y temo que sí hay quien disfruta con la sangre entre soplidos y risas macabras. Cuando una obra de teatro se torna real…


Este artículo se podría resumir como la risa de una hiena. Carroñeras y divertidas, devoran la carne mientras no dejan de reír. Acaso un poco como la sonrisa fría aunque afilada de la parca. Y tras esta verborrea es que me hallo perdido en un laberinto. Estoy pasando la noche con el único calor que ofrece el suelo. Apenas puedo dormir por culpa de los ronquidos de una bestia. Por el sonido que emana debe de serlo, situada quizás en el centro del laberinto. Por cómo lo escucho no será un ser grande; o sí lo es, que en verdad está lejos y que con sus enormes zancadas no le supondrá un problema alcanzarme.
Enorme o no, sus rugidos no me dejan dormir, me agotan adrede. Sin embargo temo dormir, pues en una cabezada corta he visto el rostro de dicho minotauro, de soslayo, a veces de frente; alejado, dentro de mí… era mi rostro, era mi cara pegada en el cuerpo de una sombra sólida. Visto desde fuera, al espectador le resultará una parodia, una situación que roza el absurdo de una forma que resulta terrible para quien lo vive. Es macabro, humor negro de tantos el ver cómo uno se devora a sí mismo desde fuera bajo el influjo de risas enlatadas. Desde el otro afuera habrá una sonrisa o risa, y el testigo estará negando a su vez con la cabeza. Es ese gesto lo que resume a este tema.

(Confieso que he estado leyendo La Casa de Hojas, libro del que no sé si sentir humor o pavor, porque a veces me divertía el experimento y en otras me retorcía en la demencia).

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