lunes, 21 de julio de 2014

Todo lo Tenemos




Las personas somos así: todo lo tenemos.

Revolución de las mentes cuando se descubrió que los átomos y las moléculas se comportaban como un virus. El físico Robert Stilindero fue quien descubrió tal ley después de su éxito de demostrar la capacidad de cocinar del acelerador de hadrones. El CERN engordó su capacidad y felicidad y quizá por ello se produjo la cadena en forma de investigación que desencadenó en el descubrimiento que nos atañe.

Robert confesó que no se iba a contentar con un solo premio Nobel, e ignorando las lógicas expresadas de la academia sueca, se aventuró a mirar durante días el comportamiento de un solo átomo ubicado en una cerilla. No consiguió nada salvo un par de semanas en un sanatorio.
Mes más tarde, volvió a intentarlo con el de un líquido como la cerveza, y no pudo evitar la tentación de beberla a pesar del terrible estado inestable de alta temperatura que afecta a tal líquido al ser expuesto en un ambiente que no sea social.
Al final, algo comenzó a vislumbrarse cuando analizó las moléculas de su perra Laika, donde más allá en lo profundo sus átomos querían mostrar una leve diferencia según qué cosas había comido la can. La dieta a base de escarbar en la basura cuando él no estaba en casa le mereció un par de semanas en la perrera. Luego se ganó la comida más sibarita que un perro podría merecer: un hueso de dinosaurio.

La investigación del profesor Robert nos ha llevado a saber que todos estamos infectados por culpa de estar hechos de átomos. Poco a poco fue esclareciéndose que según la edad se suele contagiar el ser humano de unos estados específicos.
Se sabe que de niño uno coge la curiosidad y la testarudez. Suelen curarse las dos, y la persona queda hueca pero a salvo.
Los jóvenes se enferman de ímpetu y necesidad. Como no tienen objetivos más allá de la pantalla, sus nervios deambulan en busca de un objetivo que nunca encuentran.
A partir de la adultez si uno no tiene cuidado puede infectarse de toda clase de enfermedades atómicas. Se conoce de plagas enteras de pereza, casi erradicadas en algunas zonas por el virus de la costumbre, muy similar pero que científicamente hablando no lo es.
De anciano uno ya ni se deja afectar; se deja llevar, y es por ello que regresan las enfermedad de cuando niño, que en realidad siempre están dentro, eclipsadas por sus hermanos mayores, más notables e infecciosos.

Todo el tema puede conllevar a una confusión del cerebro a creerse a menudo enfermo. Es tal la cantidad de enfermedades, que es fácil auto-convencerse de estar infectado. No son raros los casos de personas sanas que atribuyen dolencias psicológicas a cualquiera de la gran gama de afecciones del átomo. Es también tal la psicología humana, que se produce un alto grado de fingimiento que acaba por ser creído hasta por el propio afectado, confundiendo a los investigadores y médicos por la constante del posible síndrome conocido como “la búsqueda de problemas”, enfermedad que da la necesidad de no conformarse si uno no posee el más terrible de los problemas posibles. Después de tantos años de investigación, sigue sin quedar sencilla la localización de dicho mal, errando por la cantidad de pacientes frente a la inversa de la poca cantidad real de infectados.
Los más estudiosos afirman que es un reflejo interior o inverso al malestar de la “Alergia por todo”, de síntomas similares e igual de radicales en algunos casos pero en un ámbito físico y por lo tanto visible.

Todo ser humano tiene que pasar las enfermedades del insomnio, la risa tonta o la neutralidad ante la mayor responsabilidad. Sin embargo existen el miedo, la pena y el hambre, los jinetes del apocalipsis cojos que siempre llegan sin previa señal o síntoma, completándose el cuarteto con el más terrible y solitario de todos: el amor.
De todas las infecciones del átomo, el trastorno del amor es el peor. Primero porque puede infectar a quien sea; segundo porque sus síntomas son difíciles de combatir o siquiera ignorar; y tercero porque no tiene cura.
Casi toda enfermedad de la realidad tiene su cura salvo el amor. Por eso algunos lo llaman “La Verdadera Partícula de Dios”, apodo pretencioso que creó disputas y barricadas entre científicos creyentes contra los que no. Nadie se enteró de aquel incidente de gasto millonario, fue como si a los medios no les pareciera lo suficientemente interesante, quizás infectados por alguna extraña variable que se produjo en una plaga derivaba, o incluso planeada, por el amor, puesto que se dice que éste virus es capaz de pensar hasta el extremo de manipular.

Una vez introducido el amor, ya no hay escapatoria salvo la de saber esperar a que desaparezca. Si uno tiene paciencia sabe que acabará por auto-destruirse, pero por desgracia eso no garantiza que uno no pueda volver a infectarse. El cuerpo no sabe inmunizarse, y a cierta edad parece consciente por lo cambios sutiles que muestra para prepararse.
De curas caseras se conocen la de la decapitación y la del aislamiento social. Cuando se encierra con eficacia a un sujeto, como lo puede ser su propio hogar, nada ni nadie podrá infectarlo de amor. El método es radical porque tal es la enfermedad.
Se conoce un único caso de alguien inmune al amor, y sigue siendo estudiado para ver si puede convertir en real esa pequeña esperanza para la humanidad. Se comporta frío e idiota, dos síntomas de malestar atómico que quizás puedan tener que ver contra la lucha.

A día de hoy, Robert lleva arrastrando cantidad de premios, un hecho que no le conforma a no seguir investigando en el plano de la física que tanto le ha dado de comer y que ligar. Se rumorea que va a encontrar el secreto de la vida con la rama de la estadística y el teorema “100% de existir si uno piensa, come y defeca al mismo tiempo”; o quizás no, he ahí de su investigación sobre una expresión plagada de significados en la que Robert observa un posible sumun de lo sibarita (¿es el lujo en realidad algo tan humano?), además de ser una regla muy delicada que puede desmoronar como a un juguete de piezas a cualquier individuo.

Seguiremos informando.

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