viernes, 18 de julio de 2014

Cuestión de Honor


Contra el suelo y el vientre atravesado. Ese mafia lo tenía cogido y lo exprimía hasta sacarle el alma. El siguiente pincho le atravesó el trasero, su hermoso culo defecador... ya no supo más cuando la cabeza se le partió en dos.

Dientes seguía haciendo honor a su mote conforme sonreía de forma exagerada. Su tono de piel oscuro hacia destacar siempre su dentadura blanca y pura. Era increíble que siguiera teniendo mal aliento a pesar de lavarse tanto. Debía de ser por el olor de su alma.
En el patio, Pequeño Jimmy, guardaespaldas y portero del local, le llamó la atención para que limpiara esa porquería. Dientes quitó los alfileres de la pequeña cucaracha muerta. ¿No decían que eran difíciles de matar? Dientes debía de tener un don. Volvió a sonreír.
En el salón principal, Rossando miró alrededor a su público y se sintió preparado. Volvió con manía a mecerse el bigote y gritó como inicio al espectáculo. Era la oda al rey; el himno a sí mismo. Rosa, como lo llamaban en todos los círculos posibles de la ciudad, era el jefe a la fuerza, trabajado su carácter, su honra, su carrera y su santa polla. Se lo merecía, y todos le besaban los pies para demostrarlo.
Su vida de criminal era secundaria frente a su verdadera vocación: cantar, y desde que montó aquel local lo hacía todas las noches que podía, sin jamás cansarse, sin morir su voz un ápice en cada interpretación. Lo llevaba en la sangre y desde joven lo demostraba cantando contra las tazas vacías del desayuno o cuando sentía que el baño era su parte favorita del día al comprobar la buena acústica de las paredes. Cantar era tanto que no pensaba de otra forma, hasta que alguien le llamó “maricón” y algo se activó en su cerebro. Un ansia de vengar su orgullo encendió la chispa que hizo explotar el nacimiento de la decena de locales en su posesión, de los ciento un hombres a su servicio, de la esposa con mejor culo, la amante con las mejores tetas y del favor de los únicos indecentes con honor, dueños conjuntos del destino de los ciudadanos y sus bolsillos.
Era el amo con esclavos de todas las razas, y su canto recordaba cada noche quién o a quién se pisaba primero y qué se cortaba para abrir los caminos, ya fueran cintas de inauguración o las mismas tripas de sus enemigos.

“Ya ha comenzado” comentó Jimmy sin entonación. No le disgustaba escuchar a su jefe, pero a la larga hasta la gran María Calas debía de ser un muermo. No, imposible, menuda aberración acababa de pensar.
–Me voy al baño. A mí la música me hace cagar –sentenció Dientes.
Pequeño lo mandó primero al cuerno para que le fuera más fácil y que hiciese lo que le viniera en gana, que no hacía falta que lo compartieran todo. Su compañero aprovechó para remarcar que le venía una cagada de las gordas, saturada de vicios con tropezones, pero lo ignoró a tiempo antes de que fuera más explicito como tanto gustaba.
Solo, Jimmy miró alrededor con puro aburrimiento. Se encendió un cigarro entre medias de la apatía. Desde que Rosa había dejado claro su lugar ya apenas había emoción. Nadie se atrevía a toser a menos de un kilómetro de él, y sabía que poco exageraba. Los buenos tiempos fueron los de conquista, pero ahora era dormir y vigilar por sí acaso; solo por si acaso. Nada más.
Miró la cucaracha muerta en el suelo y maldijo al gilipollas de su amigo por no haber limpiado. Se acercó con calma y analizó al cadáver con mucha atención. “Mira que son feas”, era exagerado comparar a las ex con esos insectos (si es que lo eran con todos esos dones), y sintió un poco de pena por el muerto; tenía que remediarlo cuanto antes y jugó a apagar el cigarro contra el vientre de la cucaracha. Punteaba con ritmo primero, luego haciendo la broma como si matase a un vampiro y por último retorciendo a conciencia. No logró atravesar el torso, lo que indicaba una buena armadura que ya poco servía.
Se adentró y buscó por la escoba y le dio al muerto el entierro más digno que se merecía. La tapa del cubo se cerró al mismo tiempo que el golpe final de una de las canciones del jefe.
Dientes regresó de su liberación. Se le veía como siempre, nadie se explicaba el secreto de su eterna sonrisa. Aunque Pequeño Jimmy bien sabía que muchas veces fingía, y esa era una de las veces:
–¿Qué te pasa, hijo de puta?
–Me duele la barriga –dijo sonriente–. Un whisky sana.
–¿Te duele? ¿No debería ser al revés?
–Es que he cagado a un mierda tan grande como tú.
Comenzó a reír de forma histérica. Mientras, Jimmy suspiraba y se encendía otro cigarro como único remedio.
Pasaron varias canciones y los dos seguían aburridos en la guarda de esa puerta. Era la zona del patio, ¿qué asesino entraría por ahí? El jefe exageraba con la seguridad y aún no percibía que ya nadie quería rozarle ni un pelo. Aunque lo matasen, sus hijos, primos o incluso bisabuela clamarían con éxito la venganza. Si tendría el favor hasta de los boyscouts, ¿de verdad le quedaban enemigos?
Pequeño miró a su compañero. Parecía estar embelesado en un monólogo de sonrisas. Torcía una mueca y parecía hablar solo, pero en realidad eran soplidos y gestos en murmullos de dolor:
–Subnormal, ¿estás bien?
–Yo... estoy.
–¿Te duele aún?
No hubo respuesta. Dientes se limitó a expresarle la única vez en su vida que mostraba una cara de tanto horror. Acto seguido cayó cara contra el suelo.
Jimmy se levantó y corrió a socorrerle. Intentó animarlo, pero no servía. Parecía dormido y no conseguía despertarlo, algo imposible porque Dientes estaba muerto.
Muerto.
Se incorporó sin dejar de mirar a lo que acababa de ser su compañero. No le quedó otra que deducir que lo habían envenenado. Un grito elevándose en su jefe fue la apoteosis de la conclusión.
Corrió a asegurarse que la puerta de salida estaba cerrada para que no fuera entonces de entrada. Se introdujo dentro y llegó a la cocina en busca de alguno de los cuchillos. Llevaba su pistola encima, pero amenazar con un arma blanca (seguía haciéndole gracia el irónico adjetivo) le había funcionado más veces. En el fondo era también un poco tacaño y las balas habían subido de precio.
Sintió hasta la médula el olor. Quedaba lejos, pero era tan penetrante que parecía que lo llevara en uno de sus bolsillos. Miró por alguna comida podrida en la cocina pero estaba tan limpia como siempre. No identificaba la procedencia.
Escuchó entonces el continuo goteo, alternado por chorros estrellados. Si había mal olor y un líquido golpeando, no podía ser si no el baño. Salió de la cocina y fue cruzando el pasillo. El local favorito de Rosa no era otro lugar mas que la casa donde nació. La mitad seguía siendo hogar que ya nadie ocupaba, mientras que la otra era negocio lleno de beneficios y la garganta desbordada de su jefe. Tan desbordada como el váter en ese momento.
El baño tenía el suelo lleno de agua proveniente de la taza abierta. Vio como allí flotaba algo marrón. Apretó del botón de la cisterna con esfuerzo de no mojar mucho sus zapatos pero no logró ninguna de las dos cosas. El váter estaba roto y Rosa se iba a poner furioso... se percató de qué era el marrón cuando apreció que se estaba ahogando de forma literal.
Se alejó con asco y se sumó la angustia al presenciar como el agua se llenaba de puntos marrones de todos los tamaños. Surgían del fondo, disparados y acumulándose como un coral del mal gusto. Cientos de patas nadaban y empujaban hasta el límite. Entonces desbordó algo más que el agua.
Jimmy corrió sin querer mirar atrás. Regresó al patio sin soltar en ningún momento el cuchillo, resbaloso el mango por el sudor. Deseó entonces haberse quedado en el baño.
El cadáver de Dientes seguía boca abajo. Un muerto era inquietante de por sí, pero Pequeño descubrió que quedaba en nada si en la zona de un culo algo abulta y palpita. Dentro del pantalón del muerto se movía un sentido que recorría las piernas. El enorme bulto entre nalgas intentaba liberarse en un símil a lo que sí había logrado el váter, intentando nacer en vano al no saber que se había equivocado de zona e incluso de sexo.
Pequeño quiso vomitar, pero en todos sus años de matón había aprendido a olvidar cómo se hacía, así que siguió corriendo para adentrarse en la parte del local.
Tenía que avisar a todos cuanto antes.

Calamidad y Roberto volvieron a mirarse los relojes al mismo tiempo. No lo tenían planeado, les surgía así de tan buen entrenamiento por el que presumir. Pero no lo hacían. Eran así de eficaces.
Los espectáculos de Rosa se hacían eternos. Podían haberlo matado incluso antes de que entrara al local o en uno de los descansos que realizaba cada tres malditas canciones. Pero no, su jefe bien les había dado las instrucciones exactas de cuándo debía de ser su muerte para que así fuese más poética y llena de justicia; o algo de eso. Esperarían y cumplirían para seguir cobrando lo mismo. Siquiera Rosa era de más valor para su jefe.
Parecía quedar aún la mitad del evento, y en parte fue gracias a eso, y al aburrimiento y la ironía de haberse sentado justo allí, que los dos asesinos se percataron de los ruidos. La puerta que les quedaba a dos metros escasos era golpeada por una impaciencia. Una mala espina se acrecentó cuando a Calamidad le pareció ver surgir un bulto haciendo eses por debajo de la puerta. La oscuridad lo engulló apenas dos segundos después.
Se levantó y Roberto hizo lo propio. Lo miraba con curiosidad, deduciendo enseguida que no había sido el único en oír los golpes. Se enfocaron a la puerta que ya había callado, emanando un sentido sepulcral a pesar del gordo histérico llenando el ambiente.
Observaron la puerta cerrada y supieron que el cierre era de novato para sus navajas y métodos. La abrieron y asomaron por el oscuro pasillo que dejaba todo a la imaginación. Se adentraron como amantes confidentes de aquella oscuridad que les envolvió hasta la mente.
Sintieron más que escuchar los pasos alejándose por una zona contigua del pasillo. La única guía que tenían era la luz de emergencia justo al final, lo más alejada posible, un punto brillante que los guiaba como almas en pena. La voz del gordo sonaba más grave y terrible entre los ecos de aquel pasillo. Era como si la propia oscuridad les revelara el cántico fúnebre que sonaría el día de sus funerales.
Sintieron las caricias en las piernas.
Los dos parecían en verdad programados para reaccionar de igual forma, pues hasta a la vez sintieron las cosquillas recorriendo sus calcetines y luego los pelos de las piernas. El dolor ya si que fue diferente para cada uno.

Pequeño Jimmy escuchó los gritos a su espalda y se giró. Supo que alguien había abierto la puerta que conducía al salón principal, lo que significaba que podía ser tarde. Iba a volver pero dedujo con eficacia que si seguía por donde iba llegaría antes por otra de las entradas y podría socorrer a quien lo necesitase.
Continuó sin pensar y al girar tropezó con algo blando que golpeó con fuerza en su pecho. Eran las tetas de Marina, una de las camareras. Ayudó a levantarse a la morena y se disponía a correr cuando ésta le detuvo con una regañina histérica de la que no podía reprochar nada, acrecentada cuando la asustó sin querer con el cuchillo soldado a su mano.
Necesitaba alejarla cuanto antes, así que se quedó mirando sus enormes pechos con mucho descaro. Lo único que logró fue un tortazo e irradiar más la discusión. Debía pasar a otro plan para que se fuera indignada cuanto antes, y realizó lo que siempre había querido desde el mismo día que la conoció. Elevó la mano libre y apretó uno de los pechos. También le salió mal, puesto que la camarera se fue dejando:
–¡¿Para qué mentir?! ¡Tú también me gustas pequeño Jaimito!
Varios grupos de dos mundos chocaron por doquier. Que si los senos de Marina, los testículos de Jimmy, las dos mentes de quienes discuten por tonterías y la obligación contra la oportunidad definitiva del primer polvo con el amor de su vida. Pequeño fue fuerte y la besó, deteniéndola de continuar al hablarle en un susurro y prometer a la mujer que no debían ir tan rápido, que lo romántico debía de ser lo primordial para que todo marchara como en un sueño. Ella sonrió y se bajó la camisa, dando otro beso que casi le rompió el cuello. Era la primera vez que mentir no le gustó y que dolía tanto.
Siguió corriendo a pesar de la molestia en el pantalón y logró llegar a la puerta: que también descubrió cerrada. Gritó y maldijo tanta seguridad en vano, y se dispuso a dar una patada para tumbarla cuando escuchó gritar a Marina. Acompañó la sorpresa y volvió corriendo por el camino, notando como si su cuerpo pesara más por culpa del sudor acumulado y la fatiga.
Dobló la esquina y vio a Marina espalda contra la pared, horrorizada por el hombre que reconoció como a Calamidad, un sicario de una de las más antiguas bandas rivales de Rosa. Los creían tan perdidos que tenían la condición de olvidados.
Se abalanzó a socorrer a su princesa. La sobrepasó y se encaramó contra el hombre. Fue tarde cuando se percató que era extraño que éste andara como un sonámbulo, además de su lengua que quedaba fuera, negra y abultada. Jimmy sintió el asco y no se lo pensó a la hora de acuchillarlo. No surgió sangre de la herida del costado. Miró el cuchillo limpio y tosió nervioso antes de arremeter de nuevo.
Era como acuchillar a un muñeco de trapo, y Jimmy comenzó a hacer caso al destino hablando en su oído para que lo empujara y corriera junto a Marina hacia el salón.
Por el oscuro pasillo corrieron hasta adelantar a sus propias almas. Aferraba el cuchillo en una mano y a su repentina novia en la otra. En una noche había hecho más cambios en su vida que todo el peso de los años acumulados. Eso le contaba su abuela, que toda una vida se suele definir por un día concreto entre los incontables acumulados como basura.
En el final quedaba la puerta entreabierta de donde surgía el canto del tritón sobrepasado de ego al que llamaba jefe. Ni lo quería ni dejaba de querer, su obligación era salvarlo. Porque...
No se quitaba de la mente que aquello en la boca de Calamidad no era una lengua.
Aceleró el paso si era posible y Marina gritó de nuevo. Ambos notaron lo que rozaba en la oscuridad como hilos de araña. Los tocaba sin daño y por todas partes debido al impulso de la carrera. Rozaban a su piel con fugacidad sin poder ser identificados, rompiendo de paso moldes invisibles con las piernas doloridas.
Salieron al salón justo cuando Rosa emitía una nota muy aguda que marcaba el final de la canción. Algo rozó la oreja de Jimmy. Todo pasó tan rápido, pero tan lento en la mente, que nadie pudo impedir que la línea de rastro negro se incrustara justo en la boca de Rosa.
El jefe cayó desplomado, sonando como el golpe final del timbal.

Las ambulancias se llevaron a los cuatro muertos. Los fumigadores y exterminadores intercambiaron los puestos dentro del local.
Muchos lloraban, pero no se sabía por quién. Pequeño sí que sabía a quién tenía que dedicar sus lágrimas si hubiera aprendido a llorar. Miró al bulto lleno de saliva, pequeño ser pataleante y boca abajo en mitad del escenario.
El foco los iluminaba y destacaba lo invisible de sus miradas. Jimmy soltó el cuchillo y comenzó a sacar la pistola.
Apuntó y disparó.
Aquello quedó desperdigado y amarillento, impregnado con un círculo roto el negro de su alma.
Pequeño Jimmy se bajó del escenario con mucha calma, sin guardar aún la pistola. Avanzó cabizbajo hasta Marina y se pasaron los brazos por los hombros. Se fueron juntos dando la espalda a todo aquel espectáculo que fue cubriéndose por una cortina de gas.

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