viernes, 3 de agosto de 2012

Del porqué ya no hay revoluciones



Hace poco leí de la música actual un dato que no hace falta recalcar para darse uno cuenta: últimamente hay poca variedad musical. Y no nos referimos a estilos, si no más bien a variedad compositiva como pueden ser ritmos y armonías. La fórmula sencilla pero efectiva se ha implementado tanto que ahora ya no hay quien nos saque de ahí.


Al mundo le hace falta una revolución, y no hace falta que lo diga yo ni nadie para que más de uno lo piense. Y aquí es donde quiero incluir a la música, porque siempre he pensado que la música que está moda, así como la que escucha cada uno sea similar o no, representa muy bien la personalidad, tanto del individuo como de una sociedad o cultura. Varios psicólogos te podrán decir que se puede saber mucho de una persona a partir de lo que escucha, por lo tanto, la música que más se oye en general es una viva representación de nuestra sociedad actual.
Aquí es donde veo una necesidad de revolución musical, porque a partir de un suceso así pueden cambiar muchas mentes y empezar a expandirse y aplicarse a todo tipo de ámbitos. Ejemplos ya se han visto en el pasado, donde músicos de renombre como Hendrix o Lennon movían masas a partir de su mensaje musical, tan disfrutable por fuera pero crudo y realista por dentro. Los paranoicos dirán que por eso fueron asesinados (del primero nunca quedará claro), para que los políticos y líderes pudieran quitarse de en medio gente que les hacía sombra. Este punto es interesante a reflexionar, ya que conozco más músicos convincentes que políticos. Si uno es de estos dicharacheros, ¿no es para temer o sentirse presionado ante una competencia que convence a todo tipo de ideologías? Una vez más, la música demuestra que es universal.


Para que haya una revolución hacen falta muchos elementos, tanto casuales como a propósito, algo como ya pasó con The Beatles o con los Sex Pistols. Los primeros fueron una revolución musicalmente hablando y el primer fenómeno exagerado de fans histéricas. Luego se les fue la pinza y tuvieron el mejor momento que un músico podría soñar, complaciendo tanto a exigentes como a sencillos. Fue corto pero intenso, y que se vuelva a repetir algo así es casi impensable. El segundo caso fue similar y más corto aún, y es el que más nos hace falta actualmente, un grupo de gente que más que demostrar lo bien que componen o tocan, te sueltan un mensaje en la sesera y te dejan loco, replanteandote muchas cosas. Este potencial es realmente efectivo, no es de extrañar que varios tipos serios lo vieran como peligroso y actuaran en consecuencia, comenzando con su arma más básica: desprestigiar a partir de la prensa. Pero esta historia ya ha sido contada en muchos lados.
Ahora imaginaos algo así en nuestra sociedad actual, que de repente cuatro parados muy enfadados montaran unos Pistols y se pusieran a parir al gobierno de una forma nunca antes vista, y con tanta garra y expresividad en su música que te dieran ganas de ir a la Moncloa a pegarle fuego. Esa es la fuerza de la música de la que hablo, pero me temo que ha sido tan sedado y parodiado el método que ya nadie se tomaría en serio sus derechos. Esa es una de las tácticas, convertir algo en moda para rebajarlo. Luego de eso, pues vamos ofreciendo al pueblo métodos donde poder desahogarse, Internet, por ejemplo, lugar donde puedes expresarte todo lo que quieras y relajar tu ira, así se aseguran que no la descargues contra los culpables. Es que aún encima ni se esconden, están seguros de sí mismos y todo gracias al escudo de placebos que se han montado para nosotros, donde podemos pegar puñetazos y cabezazos sin que ellos se vean siquiera rasguñados.

El caso Beatles es igual o más difícil. Para que ocurra una nueva revolución de sonido y nueva variedad musical, así como la aparición de un poeta del pueblo, no general, si no mundial, sería unos puntos casi imposibles actualmente. Primero porque las discográficas se preocupan de no vender música demasiado protestante, y si lo permiten, es más de lo mismo donde la gente ya ni se inmuta, solo aquellos que acaben de descubrir las críticas. Y luego, porque censuran, si ven que algo no les conviene o no es adecuado según su prisma, pues ale, a recortar que si no “eso no vende” (cuan seguros de sí mismos están siempre al opinar esto). El artista, claro está, le toca tragar, ya sea por necedad, ganas de fama y decepción o por necesidad de ganarse el pan. Aún así veo cierta esperanza, todo gracias a la auto-promoción y venta propia que poco a poco tantos artistas están tomando, hasta que, claro está, las empresas que les ayudan se vean obligadas a controlar y censurar el contenido de estos independientes.
Mirad si es difícil el tema de que surja otra revolución musical que sería como que, de repente, Justin Bieber (ejemplo por ser de lo más vendido y de repercusión en seguidores similar a los de Liverpool) se dejara de repente de hacer conciertos y le diera por hacer música experimental, inventara nuevo género ¡y se le diera de maravilla! Suena fantasioso, pero ya sucedió una vez.

Precisamente por eso que ya sucedió por lo que, quien rayos quiera estar detrás de todo esto, puso medidas contra ello, convirtiendo a una de las fuerzas más poderosas que tenemos y la durmió en un sueño de Singles, remixes y censuras hasta tal punto que hoy en día ya no nos planteamos siquiera que alternativas hay a la hora de crear música, de experimentar o de investigar. Algo irónico teniendo Internet, donde todo tiene cabida y descubrir está al alcance de la mano. Pero hay otra medida preventiva ahí, como el día a día que nos ha vuelto tan cómodos y rutinarios, que ya no tenemos programado el cambiar de ruta con facilidad, así seguro que no nos salimos del carril y nos vamos por sendas “peligrosas y equivocadas” donde puede expresarse nuestra ira contenida. Al final dicha ira la paga quien menos se lo merece: nosotros mismos.


Esta rutina está bien representada en la música actual, tan lineal hasta tal punto que cuesta diferenciar alguna que otra canción. Es lo que tiene cuando centras todo en hablar siempre de los mismos temas (el amor mueve al mundo, pero no de la manera que lo plantean los ídolos de turno) o se oye más el ritmo que la fuerza de la música y su mensaje. Si tienes a todos entretenidos bailando, de seguro que sus protestas relegadas al olvido de algún rincón de la memoria de una conversación o de un blog o tweet de este océano, no toman esa fuerza tan temida, esa necesidad de revolución.

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