jueves, 11 de septiembre de 2014

La Imaginación Contaminada



Uno de los consejos más comunes que se le da a un artista es que palpe, huela, lama, observe hasta sangrar; en definitiva, que sienta, que viva antes de ponerse a crear. He ahí que comienzo a darle vueltas (una vez más) y deduzco: ¿es aplicable a los artistas de hoy en día?

Me explico.

En nuestro presente estamos rodeados de facilidades y maestros al alcance de la mano como antes no se podía soñar; imposible tener queja de este punto. El problema surge que a la hora de imaginar ya no se haga de la misma forma tan realista de antaño. Mi suposición deriva en saber cómo es y ha sido el proceso de “corrupción” de la imaginación a partir de las modas globales de nuestros medios actuales.
En la época sin televisores, móviles o Internet se imaginaba de una forma más “clara” o limpia. Si a uno le contaban el cuento de Caperucita Roja, no estaba contaminado por el imaginario popular que podamos tener cada uno bajo la influencia de las modas, pensamientos y adaptaciones actuales. Antes no se tenían aparatos que desprendían energías y sensaciones artificiales, por lo que –me apuesto un dedo– eran capaces de imaginar con facilidad y más perfección el bosque donde se adentraba la niña, con detalles automáticos como la humedad que reinaba alrededor junto a esos tonos oscuros que precedieron a la bombilla.
Una buena forma de entenderlo es cuando vemos la película antes que leer el libro. Si nos animamos a leer la obra original, es inevitable tropezarse con la imagen que la película nos dio, rompiendo el deseo del autor y/o la percepción original –sobretodo en estética– que se pretendía. Incluso los habituales cambios de trama y detalles podrían chocarnos más en la obra original que en la adaptación.
Es una maravilla la libre interpretación de cada uno, y al quedar la imaginación prefijada se pierde gran parte de la personalidad que podemos darle a una creación ajena. Es como condicionarse por una opinión o actitud ajena hasta el punto de tomarla al pie de la letra sin tener en cuenta nuestra forma de ser. Deducimos que, no pudiendo aplicar de otro modo la idea real que podría tener para nuestra mente la obra en cuestión, no obtenemos la esencia original de las cosas.

Me llevo a pensar/temer por la creciente dificultad que será lograr que una obra evoque una experiencia o emoción cercana a lo real. Lo que para otros era “más fácil” en su momento, a nosotros nos resultará casi imposible. Es difícil querer escribir una historia seria si imaginamos a los personajes como en un manga, o pretender dibujar realismo si sólo conocemos la caricatura. No critico a estos estilos, ni mucho menos, sólo destaco su enorme influencia en la nueva generación de artistas. Se nota más en los medios que necesitan de lo mental más que del ojo, donde lograr una imagen viva de la situación y momento de la historia resultará poco convincente si se tiene un mínimo de conocimiento y de percepción real sobre el mundo.
Encima la saturación de datos por doquier no ayuda; mucho menos a terminar de definirnos como artistas. A ésto me refiero por la nueva oleada de creaciones como novelas, cómics y series donde se nota la clara influencia japonesa (entre otras) por exagerar detalles y matices. Lo medieval se convierte en armaduras imposibles y poderes sobrenaturales más que en lo histórico, como si el ejemplo de Juego de Tronos no lograra de terminar de influir en la manera de hacer una buena historia muy real a pesar de los toques de fantasía que para nada entorpecen, si no que complementan hasta el punto de creerlos. En el momento que un personaje lance rayos por la boca se notará la diferencia de la que hablo.

Os puedo asegurar que alguien que se ha criado con muchos dibujos animados le será difícil imaginar de otra forma. ¿Qué sucede entonces si se pone a escribir una novela, por ejemplo, policíaca? Las crueldades de un asesino, lo inquietante de un callejón apartado en mala zona o lo impactante de una escena del crimen se ven reducidas debido a que dicho autor ha visto mermado su realismo por lo artificial que lo ha alimentado. A Crepúsculo me remito para comprender cómo se puede corromper un género.
Me remito de nuevo a la diferencia que se observa en los artistas vivos de generaciones más alejadas. Su mente es más realista a la hora de crear, no permiten que los pies se eleven demasiado alto con tal de lograr la credulidad por la que tanto se busca en la ficción. Para ellos el cuento de la Caperucita está hecho de otra forma, incorruptible por memes (idioma universal actual que nunca viene a cuento), perversiones Hentai o incluso sentidos filosóficos como los que presumió Matrix en su momento. Siento las comparaciones, pero es para poder dejar más claro qué es lo que pretendo expresar y discutir.
Como ejemplo, imaginad la historia del Hombre Invisible de Wells donde, en lugar de un único hombre invisible como fantasma, hubiese habido un ejercito de ellos con intención de gobernar el mundo. Qué diferente y vulgar hubiese sido tal clásico, ¿no?


Mi conclusión. Un creador es alguien que se basa en la realidad, que intenta acercase lo más que pueda a esa magia, un asunto difícil si desde niño estamos siendo “contaminados”. Además, el estilo de vida imposibilita a veces la salida de la ciudad, donde me juego otro dedo a qué muchos jamás conocerán el mundo más allá de los edificios, tan necesario para la creatividad el disfrutar de lugares y personas nuevas. Teniendo todo al alcance y las ventanas de Internet que muestran la otra punta del mundo, no nace la necesidad y curiosidad muy natural por explorar; necesidad que cada vez lo será menos.

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