martes, 19 de abril de 2016

Oda a una Canción (Confesiones desde el borde de la Vida)

Repasando mis canciones favoritas regresé a encontrarme con una que jamás se ha marchado. “Souvenirs D’un Autre Monde” de la banda Alcest forma ya parte de mi vida. Una historia sencilla precedida sin embargo de confesiones que quiero relatar a modo de quien está en el diván. Lo mío con este tema es tan pasional que me inspiró a escribir una novela corta durante el NaNoWriMo de hace unos años. “Lucía quiere Soñar: Un Regalo de Otro Mundo” es una historia inédita con un aire a lo Michael Ende. En la trama una niña llamada Lucía jamás ha soñado, hasta que una noche, tras ver a su padre con cierta preocupación, sueña por primera vez con un mundo donde está bastante lúcida. Dicho mundo es una suerte de País de las Maravillas donde la niña no comprende de qué le servirá visitarlo, hasta que un día, observando a su padre deprimido, le promete que le traerá un recuerdo de ese mundo para animarlo.
 Años después la canción sigue inspirándome como el primer día, y siento que aún no le he escrito las páginas suficientes como homenaje. Este texto es mi confesión por el amor al arte y la vida, sinónimos que sólo descubrimos en el borde de la desesperación creativa.
 Dejad que me libere.
 Una de las mejores formas de saber si una canción es buena es comprobar si logra hacerte imaginar, frase de Lemmy de Motörhead. Con esa filosofía derroté a los géneros y aprendí a amar toda la música posible mientras imágenes, sensaciones y emociones me asaltaran la mente. Pero antes de eso estaba encerrado en un par de estilos, hasta que en un punto álgido de mi adolescencia tuve un arrebato que nunca supe explicar.
 Lo mío con la música va ligado a una de las esencias que hacen funcionar a la vida, y con extraña sincronía que nunca quiero analizar suceden hechos diferentes al tiempo de descubrir un gran disco o banda. En esos momentos confusos, vagos y abstractos conocí el disco “The Human Equation” de Ayreon, lo que me llevó a profundizar en el Rock Progresivo, estilo que si no logra abrirte la mente te la cierra más. Fue entonces que entre lágrimas viví lo que algunos escritores llaman “La Noche Oscura del Alma”, y acompañado de la que me convencí en llamar la última canción agarré un buen puñado de medicamentos sin mirar y los mezclé en una botella con agua. Permanecí en el baño.
 No vomité, por lo que la purgación debió de ser en otro sentido invisible.
 Al despertar estaba en mi cama y, juro, que mi cabeza estaba limpia. Mi mente estaba clara como nunca había sentido. Salvo por una especie de corriente física en el lateral de la cabeza, todo era conciencia pura sin interrupciones o distracciones. Durante esa mañana vi el mundo a través de un cristal nuevo, y fue doloroso volver a la normalidad en el resto del día. Regresó esa piedra entre los hemisferios del cerebro; el peso de los días. Al menos tenía nuevos compañeros de viaje: mis prontos grupos favoritos me esperaban, una nueva etapa de la que aún no sé si mis conocidos se percataron.
 Los tópicos son terribles y aborrecibles, frases hechas llenas de una originalidad o ingenio ya imposibles de recordar debido a la costumbre, que lo torna todo invisible. Pero si se piensan en frío, tienen calidad al alcance de todos. Uno de los más remarcados es sobre que los escritores tienden más que otros al suicidio, hecho que es realista dentro del mundo artístico en general. Unos se van de la vida desesperados por la situación económica, otros por la social y unos últimos por la emocional. También mencionar aquellos artistas que se apegan y analizan tanto la realidad que la depresión es lo único que van a hallar entre las esquinas del sentido de la vida. Sin embargo no se nombran a los que tienen exceso de creatividad. Es terrible. Más de una vez me han dicho que les gusta mi imaginación, que soy un volcán creativo, pero sin decirles nada alego de qué sirve la potencia sin control. Tengo ideas todos los días, sin excepción, las cuales apunto para auto-convencerme que algún día servirán, pero sé que se quedarán en el olvido. Temo abrir cada documento y evaluar la cantidad de páginas de ideas que llevo ya escritas. Prefiero ceñirme a la idea sobre que las mejores no se olvidan, que sin necesidad de ser apuntadas permanecen ahí. El problema es el peso en la mente, un dolor de cabeza tenue aunque permanente que me obliga a estar distraído a menudo. Si no fuera por mi vida social, hace tiempo que me habría evadido fuera del mundo.
 Debido a que vivo con ello se aprende a manejarlo, y en parte es gracias a la música. Tengo la teoría de que como la creatividad es algo abstracto se puede dominar con otros abstractos. Si uno quiere alcanzar la belleza no puede hacerlo de otro modo si no es con el arte, concepto igual de abstracto situado en ese mundo de las ideas a lo Platón. Es a través de la música que puedo canalizar mis textos, que puedo normalizar mis irregulares emociones aunque sea dictado por lo que digan unas melodías y sus armonías, bajo la batuta del ritmo me enfoco y sé qué quiero explicar. Mientras escribo ahora lo hago con el último disco de Alcest. De haber silencio, este texto resultaría más caótico, para nada elocuente. Hay grilletes a los que aceptamos encadenarnos. Al menos mi opresor no los aprieta y trae algo más que pan y agua.
 Uno acepta a ser como es, a conocerse y valorar la aventura llena de experiencia que supone. Uno comienza desde niño, permaneciendo detalles que se acaban convirtiendo en verdades o sueños. De mis ideales está formar una familia, y desde joven me propuse que algún día tendría una hija, a saber por qué, pero analizando deduzco que fue porque estaba más a gusto jugando con las chicas de mi clase que con los locos del fútbol, deporte que me resultaba violento hasta lo gore. Tenía un lado femenino remarcado, y siempre pensé que tener una hija era mejor porque resultaría más fácil de llevar, que eran más buenas. Ahora sé que no tiene nada que ver, y qué inocente resulta ese niño que fui. Sin embargo sí entiendo y recuerdo que lo de querer formar una familia viene por la separación de mis padres. Supongo que siempre he querido saber qué se siente teniendo una familia sin problemas, estructurada. Qué iluso.
 De esas concepciones tempranas supongo que es de donde surgió mi personaje fetiche, ese rendirme al asumir que soy difícil para tener pareja y que al menos me queda la creatividad para crear una hija. Al final resulta que mi personaje principal es sólo parte de mi ego, pero los hijos son un poco de eso.
 Es entonces que quiero llegar a otro punto de mi vida, donde me percaté de la importancia que le doy a lo que voy creando aunque quede en el olvido.
 Una noche en la playa, con una luna llena agrandada e impertinente, casi acabé ahogado. Por segunda vez en mi vida me vi sumergido al borde de la vida, y esta vez fue más cercano que con la primera. Temo por la tercera.
 También había agua, viva la ironía, y no debí adentrarme tanto aun sabiendo que la luna altera las mareas y esas cosas. No sabía nadar (ahora sí, o un poco mejor) y los brazos del mar aumentan su fuerza cuando lo analizas, mal acostumbrado al tiempo previo dentro del agua. También le estaba sucediendo a mi mejor amigo, tan conectados hasta en eso, nuestras vidas llenas de sincronicidades. Terrible simetría de la que escapamos, quizás exagerado el recuerdo pero demasiado verídica la situación. Recuerdo que al volver a casa aún sentía el empuje de las olas por mi cuerpo, y tumbado en la cama era estar bajo el agua, mareado por la vista inquieta, con los orificios pitando. El mareo llevó a la oscuridad del sueño. No suelo recordar lo que sueño, supongo que es porque lo hago despierto por el resto del día.
 Lo que quiero remarcar del suceso es que durante aquel último caos la imagen de la protagonista de mi cómic y novela me sobrevino. ¿Qué significó aquello? ¿Qué clase de anclaje era ese en un momento tan serio? En lugar de pensar en alguien o algo real en la desesperación lo hice con alguien ficticio, y con el tiempo he querido convencerme que en verdad era una imagen simbólica, que después de todo representa a la hija que cuando niño esperaba ver algún día nacer en mi propia familia. Con eso aprendí que los sueños jamás mueren, sólo se transforman y toman otras formas o conceptos de mismo ideal.
 Es por ello que quiero dedicar este texto a esa niña de ficción que ha tomado tantas formas. Que si con el texto “Rapa Aras”, las mellizas River o la citada Lucía, que sólo piensa en animar a su padre y que en aquel instante entre olas también me tendió la mano. Al final la metáfora del libro es que el regalo de otro mundo no es físico, sino un gesto que lo define todo. No hay mejor regalo que los hechos, y quiero creer que ese día volví a nacer como escritor, convencido que si insisto y continúo sin importar, escribiendo y escribiendo, lograré lo que me proponga.
 Quizá exagero mis dos duelos con la muerte ─más porque los gané de suerte─, pero como todo son inspiraciones que ayudan a mejorar. Es por eso que valoro tanto a Jero, de nick Cometa, que se puede considerar de los mejores escritores de la web. No vivo su situación, pero es recordar el agua rodeándome; sobre mí; a mis espaldas, que comprendo un poco mejor qué es vivir al borde de la vida, donde el acantilado. Un saludo compañero, eres un ejemplo.

Todo esto me lo evoca una sola canción. Podría hablar en un plano técnico de “Souvenirs D’Un Autre Monde”, sobre esa armonía que va mutando, la distorsión a la “Shoegaze”, los arpegios evocadores, la voz con efecto etéreo o ese clímax digno del mejor “Post-Rock”, pero sería faltarle al respeto. Es mejor escribir mientras uno se deja llevar, ponerse la canción y que los dedos conecten con la mente. El resto es historia.
 Nunca estaré lo suficiente agradecido a la música, mi eterna compañera con la que tantas veces he hecho el amor y con la que, ahora que analizo, he tenido tantos hijos en forma de textos, relatos, libros e inspiraciones variadas. Joder, cómo mola ¿no?
 Por lo que aquí va mi oda a una canción, al estallido de corazón que provoca su clímax, a los colores que se pasean frente a mí como si fuesen tan reales como mi cuerpo. A los átomos de conciencia evocados sin más, a la perpetua razón que permite el abstracto; a los nuevos pensamientos por cada pasaje.
 
 


Gracias.

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