jueves, 17 de septiembre de 2015

La Cancioncilla




Paseando por el prado volvió a escuchar la canción; la cancioncilla silbada. De un ritmo y cadencia medios, simpática y un tanto ausente.

Estaba harto.

Caminó obviándola, difícil porque sonaba justo en su cabeza. Los oídos se ponían a la defensiva y la nuca se le tensaba. Era una melodía a la que había acompañado alguna vez con un silbido armonioso, logrando un dúo inigualable (con toda la consecuencia que esa palabra traía consigo). Continuó caminando. Ya podía escuchar en la lejanía el rumor del río… bajo la melodía en su cabeza.

Rabió en silencio. Eso hizo acallar a la canción.

Se forzó a calmarse. Observó el paisaje: verde y extenso, acariciadas sus hierbas y matojos por lo invisible. Era una serenidad admirable, como una sinfonía intuida. Eso le hizo sonreír, y nuevas notas surgidas y creadas por la nada de la mente lo animaron a aligerar el paso. El río quedaba cerca.

Entonces la cancioncilla regresó.

La melodía. De tan bella repetitiva. Sabía cómo ignorarla, lo había hecho miles de veces. Había tenido una vida larga, o eso quería creer, y la canción había sido como una enamorada de la que es imposible separarse cuando es demasiado tarde, habitando los segundos y compartiendo cada emoción personal… convirtiendo lo vano en sufrimiento…

Se detuvo y tembló. Eso no acalló a la música. Gritó y varios pájaros saltaron y volaron desde la vegetación. Continuó gritando. La melodía en su cabeza desapareció como si una de esas aves hubiera realizado una rasante para llevársela.

Te odio.

Tal sinceridad pareció liberarlo de un peso interior. Comenzó a respirar de manera profunda, llenando hasta doler sus pulmones hasta la barriga. Observó la piedra que había a un lado, gris y típica, tan informe a como sentía el alma. Era deleznable por haber gritado, por hacerlo cada día sin importar si había personas alrededor.

Era un monstruo.

Se vio tentado a coger la piedra. Pero obvió la idea aplicando el mismo esfuerzo que con la canción.

El río protestaba cada vez más fuerte. Quería lavarse un poco. Había caminado un largo recorrido y se sentía con derecho a refrescarse. Bebería y tosería por el ansia, provocando un eco interior. Se sentaría y disfrutaría un poco más del lugar. Querría ser un color más de los cientos que lo rodeaban. Sería un ser vivo que vigila a otros que comen de la flora dentro de ese mágico equilibrio que es la naturaleza… la naturaleza, qué cruel y caprichosa puede llegar a ser…

El silbido regresó.

─¡Te he dicho que basta!

Comenzó a correr y pronto se ubicó en la orilla del río. Se dejó caer de rodillas y miró a su reflejo… apretó los dientes.

─¡Te odio! ─pero eso sólo acentuó a la canción─. ¡Te aborrezco!

Y siguió allí, la dichosa música de su cabeza.

Volvió a gritar e introdujo la cabeza en el río. No calculó bien y se golpeó, por lo que quedó mareado y dolorido. Con calma se fue incorporando. Sin embargo comenzó a notar la garganta llena. Se centró en asegurarse que había sacado la cabeza. Tenía la cara empapada, helada por culpa de la brisa: le dolía como si se la apretaran.
Intentó incorporarse al completo, pero apenas pudo mantenerse mucho tiempo de pie. Cayó de espaldas. La música se acentúo: las mismas notas, una detrás de otra; secuencia repetitiva, como su vida de circo y risa, injusta y alejada a la lógica…

─Basta…

Quiso gritar, pero un dolor en las sienes se lo impidió. Notó la garganta llena, y sentía un sabor a oxido. Intentó hablar y una cascada brotó en su lugar: palabras derretidas, era lo único que podía formar… se incorporó un poco y quedó apoyado con el codo. Escupió y vio el rojo destacando sobre el verde.

Se mantuvo ahí, con los ojos cerrados como si pensara. Volvió a escupir. Cayó de lado.

Esta fue su vida. Lo último que escuchó fue el silbido dentro de él.


La policía terminó de tapar y llevarse el cadáver. El inspector al cargo negaba con la cabeza. Aquel hombre era un condenado desde el nacimiento, no merecía morir de esa forma. Una de las hipótesis era que se había intentado suicidar metiendo la cabeza en el río; o quizás resbaló golpeándose contra las rocas sumergidas, una ironía masoquista acorde al sufrimiento que tuvo en vida.
Conforme se alejaba, el agente fue analizando a aquel hombre. Recordaba que una noche, haciendo guardia por el pueblo, se había parado al lado de la ventana de la casa del muerto. Se detuvo en busca de un cigarro; o por respirar la noche, poco importaba, y fue entonces que escuchó los ronquidos superpuestos por una melodía silbada. Había dormido en habitaciones donde ronquidos eran alternados por susurros, pero aquello era diferente: el silbido provenía del mismo lugar que los ronquidos.

Se estremeció.

La canción era pegadiza, no lo podía negar, de un ritmo y cadencia medios, algo tranquilos como si intentaran evadirse de la realidad. Y es que lo real poco concordaba con aquel hombre afectado en su cabeza por lo llamado “Fetus in fetu” o gemelo parásito. Una cara abultada en la frente debe de ser una pesadilla diaria, donde soñar con una debía resultar un alivio en comparación.
El policía esperezó el cuerpo y aspiró el aire: fresco, un poco picante. Le resultó revitalizador, y eso le animó a comenzar a silbar la cancioncilla mientras se alejaba.

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