
La calle ardía
sin fuego. Esparcidos por el suelo había pedazos de carne y plástico, algunos
fundidos entre ellos. El Sheriff caminaba con calma para permitirse analizar aquel
desastre. Una bota por delante, después el otro pie, donde una espuela
imaginaria giró frenética. Torcía el labio, apartando la mirada para
encontrarse con otro trozo de crueldad. Reconoció cada uno de esos muñecos
partidos y quebrados por los puños o las armas humanas. Estaban incluso esos
robots japoneses de mucha luz y pocas nueces. Un “gusiluz” igual a uno que tuvo
cuando niño tenía despedidas sus tripas de algodón.
Se detuvo frente al cadáver de un
hombre, que...