jueves, 7 de junio de 2018

Entrevista con el Perverso



Me hallo esperando en un sillón que de caro sólo tiene el aspecto. He conseguido, tras meses de insistir, una entrevista en su propia casa con el reconocido autor Dereck Saint. Quiero creer que ha accedido a mi petición por esa misma insistencia. Debe de apreciar a los testarudos. Lo veo entrar al salón donde me tiene esperando y, como si realmente hiciese entrevistas a menudo, se sienta frente a mí en el otro sillón a juego. Me pide disculpas por la espera y por no tener café ni té insulso que ofrecerme. Preguntamos qué tal el día, respuestas automáticas y, al fin, enciendo la grabadora y da comienzo la entrevista:
—Háblenos de dónde surge la idea principal de su última obra.
—Alcantarillas —responde y calla. Al momento prosigue, con la impresión de haber tardado a como si hubiese bebido de un vaso de agua ficticio—. ¿Esta va a ser la típica entrevista formal? La gente ya tiene Internet para esas cosas.
—¿A qué ha venido esa expresión?
—¿Lo de alcantarillas? ¿Y por qué no?
—Sólo me ha…
—Sé lo que va a decir. Por favor, céntrese en lo que los lectores desean leer.
—¿En lo escatológico, en lo explícito de sus escenas?
—Claro —dice y resopla—. Interpreto un poco; vamos de aquí y allá con los temas; nos quedamos pensativos; nos vamos; nos pagan, a usted con dinero, a mí con publicidad y a seguir como que planeamos la vida como profesionales. Es el procedimiento.
—¿Por qué lo hace? —digo. Parece dudar.
—¿El sarcasmo o lo que escribo?
—Su forma de ser. ¿Por qué es así, por qué escribe sobre estos temas? No todo el mundo tolera que existan enfoques artísticos centrados exclusivamente en el dolor y el sufrimiento.
—Te diría lo típico de “porque vende”. Pero en parte mentiría. Supongo que lo hago porque…
Y calla. Ambos nos sorprendemos por igual. Lo observo y da la impresión que no está acostumbrado a abrirse al resto.
—Supongo —prosigue el autor—, supongo que es porque acepto todas las partes que componen a una persona. Acepto hasta lo más perverso.
—Perdone que le diga, señor Saint, pero eso ha sonado a respuesta manida. Un poco en actitud de escapatoria —digo y espero a su reacción—. Contradictorio tras lo que ha dicho antes.
—Bueno, no es fácil reconocer ser no practicante de ciertas cuestiones.
—¿No practicante? —digo y me acomodo en el asiento. Acerco un poco más el cuerpo como muestra de interés.
—Sí, esto. A ver —dice y se detiene un momento. Respira hondo antes de hablar—. Es como aquel relato que escribí de la adolescente que seduce a su vecino adulto a partir del masoquismo. Sabe a cuál me refiero, ¿verdad?
—Así es. He leído gran parte de su obra.
—¿Qué le pareció? Así, en lo general.
—Que la chica representa ciertos deseos ocultos del personaje del vecino. Era una tentación por experimentar algo nuevo en su vida, pero enfocado hacia lo extremo, a la par con el hueco que siente en su existencia ya establecida. Me dio la impresión que los deseos se cumplen bajo la forma que menos esperamos, aunque no resulte ético.
—Gilipolleces —dice de un modo que no resulta contundente—. La chica es un tipo de persona que existe. Le va que la golpeen en plena entrepierna, nada más. Nada más —insiste—. Ni hay simbolismo ni nada, por algún motivo de su niñez que dejo en manos del lector a ella le va ese tema, la excita, y si escoge a ese vecino madurito es por el mismo motivo que él se deja seducir por ella, por el morbo de lo que nunca sabrá nadie. Es la contraposición del qué dirán, tan odioso y condicionante. Por lógica, lo secreto supone algo placentero y libre.
—Es un punto realmente interesante, la verdad que sí. Con usted se rompe el tópico sobre que el autor no tiene la última palabra del significado de lo que escribe o crea.
—Supongo —dice con cierto desprecio no dañino—. Voy a confesar, pues la confesión también provoca morbo, que escribí ese relato porque soy un masoquista no practicante.
Es ese momento sentí que la entrevista iba a ser un éxito.
—¿Es usted masoquista?
—Es lo que intuyo. Pero nunca lo he practicado —reconoce cambiando el tono de su voz—. Ni lo pienso probar. Ni loco dejo que me azoten o golpeen.
Estoy a punto de desarrollar cierta pregunta, pero me contengo. Con la mirada debo de estar narrándola, pues el señor Dereck Saint continúa:
—No lo he probado, hablo en serio. Las escenas son tan explícitas porque me pongo en situación, como debe ser. Un escritor y un actor tienen similitudes. El problema es no separar, ya sabe.
—Lo que es real de lo que es mero deseo o fantasía.
—Mas bien lo que has dicho sobre los deseos que se cumplen, pero sin desarrollos y casualidades a favor dignas de cuento de hadas. Lo que deseamos no suele encajar con las normas de la realidad, pues de ser así, se cumplirían con mayor facilidad, ¿no crees? Ese es el resumen.
Afirmo con la cabeza. Estoy entre pensativo y emocionado.
—¿Ha leído usted historias sobre dicha temática? —pregunto.
—La Historia de O y poco más. Mis escenas prohibidas —señala remarcando unas comillas con los dedos—, son pura imaginería que no se asienta sobre ninguna base previa. Es la intención.
—Cualquier diría que…
—Por favor, no la cague. Cállese —dice con suma educación. Resulta admirable—. Ya lo he dicho, soy masoquista no practicante. Soy como una especie de monje ateo que practica un celibato por pura decisión y voluntad propia. Nada de dogmas.
—Me deja usted perplejo. Como sus relatos —añado.
—Quiero considerarme de esos autores que siempre miente menos cuando escribe.
—Pero si acaba de decir que sus morbosas descripciones son pura ficción…
—Y lo son, insisto. Es la propia decisión de huir de esas fantasías que las evoco de esa forma tan… que gusta a los lectores. A mí todo lo que escribo me parece mierda, son puro fetiche de un adolescente que se niega a morir.
—¿Qué quiere decir?
—Reconozco que adquirí de joven ciertas manías que aún perduran, aunque con menos frecuencia. La responsabilidad adulta ayuda al celibato del que hablo, ¿sabe? Bueno, cuando chaval solía masturbarme mucho; demasiado. No creo que sea algo de lo que avergonzarse.
—Para nada. Es lo normal aunque no se hable…
—Déjalo, por favor. Me refiero que el problema es que enseguida te aburres de lo mismo, de tocarte con el mismo tipo de imágenes. Una tarde, leyendo cierto libro, me excité con una escena bastante explícita y brutal. Antes me resultaba poco creíble llegar a esas situaciones, pero ese autor había encadenado los hechos de un modo que me parecía hasta normal que sucediese.
—Como si el escritor lo hubiese vivido realmente.
—Exacto. Había leído relatos sobre violación y no me había provocado la misma impresión, incluidos relatos reales en primera persona. Eso me hizo deducir que ese autor, realmente, no había vivido una situación como esa, pero su imaginación y estilo estaban tan cuidados, que me resultó más creíble que los relatos y confesiones reales.
—Comprendo. ¿Y qué tiene que ver la masturbación con todo esto? —pregunté interconectando con la esperanza de que lo confesase.
—Es obvio. Me masturbé leyendo esa escena. En un principio fui un cúmulo de sin sentidos, de explicaciones y justificaciones precipitadas. A la noche volví a leer la escena y regresé a hacerlo. Al día siguiente leí el resto del libro con la esperanza de que se repitiese el hecho con alguna otra escena. Pero no fue así.
—Imagino que eso desencadenó a tener que liberar dicho cúmulo de emociones usando la escritura.
—Para nada. Me límite a leer libros del mismo autor, decepcionado al no descubrir otra escena del estilo. Fui a contrarreloj, pues gradualmente releer aquel pasaje ya no me excitaba lo mismo. Busqué por autores y libros similares, y algún que otro extracto hallé que pudo satisfacerme. Conforme pasó el tiempo, decidí comenzar a escribir historias de este tipo.
—¿Así es como se inició en la literatura?
—No. Yo ya escribía, pero hasta que no encontré una motivación no comencé a escribir con cierta dirección y sentido. Seguía siendo mediocre, pero ya se atisbaba cierta impresión o estilo. Supongo que esos destellos son lo que atrae a mis lectores.
—El morbo.
—No creo. Son los atisbos de deseo real lo que atrae. Fue mi táctica a seguir. Una vez que fui más adulto y pensante, hilé y deduje que mi caso no sería único. Porque… —Se acercó un poco más—. ¿Y si mi caso masturbatorio con aquellas páginas es más común de lo que parece? Creo que mis ventas hablan por mí.
—¿Cree que es normal que la gente se excite con la brutalidad, lo escatológico o lo explícito?
—No es tan sencillo como para resumirlo así. Puede que no sea la media, aunque sí más frecuente de lo que parece. No tengo cámaras en las casas de mis lectores.
—¿Le gustaría?
Eso le hizo reír. Con ánimo prosiguió:
—Para nada. Me la pela lo que hagan los demás. Yo busco cumplir mi celibato personal.
—¿Escribir sobre lo decadente para huir de él? ¿O para mantenerlo a raya?
El autor se limitó a callar.
—No me malinterprete —proseguí—. Me refiero a… ¿nunca se ha visto tentado a cometer un acto oscuro?
—¿Y usted?
Ciertos recuerdos me vinieron a la mente. Debí quedar tan pensativo como delator, porque el señor Saint sonrió y dijo:
—Todo esto busca un placer personal al estilo de las drogas. De ser legales ciertas drogas, ya no resultarían tan placenteras.
—¿De verdad piensa eso?
—¿Quién sabe?
Y se calló. Aquella pregunta como respuesta me resultó sospechosa en el sentido que él ya no tenía ganas de hablar del tema. No podía dejar así la entrevista, por lo que me arriesgué lanzando el peso pesado:
—Esto que estamos hablando, señor Saint, hace que me acuerde de su historia sobre acostarse con la vida.
—Follarse a la Vida. No sea recatado. Quienes lean esta entrevista están acostumbrados, por favor.
—Sí, follarse a…
—¿Por qué se muestra tan apurado? Dime, ¿le gusto el relato?
—Interpreto que hay que tener cuidado con lo que se desea, que ahora que pienso es recurrente en sus relatos —dije con satisfacción—. Es algo ya usado, aunque usted da una representación diferente.
Pareció decepcionado ante mis palabras. Sentí el pecho incómodo y de repente me sorprendí a mí mismo vomitando más discurso:
—Aunque, hay otras explicaciones ahora que sé más datos de su estilo. Puede que la vida no esté hecha para el ser humano adulto, tan serio e incapaz ya de disfrutar de cierta juventud.
—Esa conclusión está mejor. Pero ya le digo que quería mostrar lo que parece. No busco reacciones y polémica, sino dar lo que quiere a ese lector que supongo que existe ahí fuera; o mejor dicho, ahí dentro —dijo señalando hacia mi pecho.
Sentí mi rostro calentarse.
—Representa a la vida como a una niña —dije. Y deja a entender al final que el tipo accede a… —No pude proseguir. El relato en verdad me había impresionado. Sin embargo, no podía despreciar a Saint por escribirlo. Sólo había logrado aumentar mi curiosidad sobre su persona.
—En serio, ¿por qué de ese reparo? El final es abierto, en la conclusión no tiene el porqué sodomizarla. Si lo analizas, represento a la vida como una niña aburrida que busca por nuevas experiencias. ¿No captas la ironía, lo implícito que supone? Un niño jamás está aburrido de la vida, todo le resulta nuevo. Que el todo resulte banal es más propio de un adulto. La vida no es un anciano que ya lo sabe todo, más bien es alguien joven que todo lo ha experimentado; todo —remarca—, pues es la vida misma. La vida no envejece, son sus parásitos quienes lo hacen. Si accede a acudir a ese hombre desgastado es porque la vida está llena de uno de los peores sentimientos: la esperanza. La esperanza es sinónimo de auto-engaño, y en eso se basa la vida, en una mentira constante por creer que aún podemos experimentar esa gran emoción a como cuando empezamos a vivir. Hay que asumirlo, esas primeras veces no van a volver, sólo queda vivir un cúmulo de experiencias para luego narrarlas como anécdotas y hechos y así llenar nuestro vacío y el de los demás, expulsar o escribir palabras para rellenar el hueco que deja alrededor el pequeño cuerpo de la vida. Al hombre de ese relato, si accede al oscuro designio que le planteo, sólo le quedará algo más que contar, salvo que es un hecho que no podrá contar a nadie y que le llenará y carcomerá por igual. ¿Captas la ironía y juego con desear y lograr colmar el hueco interior? De confesarlo, su vida cambiaría radicalmente, como si hubiese roto una promesa no pactada con esa niña caprichosa y aburrida que tiene la mayor de las influencias posibles sobre los demás.
—¿No hubiera sido mejor plantear el relato como una pasión u oda de amor y sexo hacia una mujer que representa a la vida?
—Hubiera sido tan poético como efectivo. Pero la belleza es mentira, sólo nos satisface por un tiempo y nos hace soñar despiertos con que el mundo no es tan oscuro; o que nosotros mismos no somos tan, en fin, degenerados. La forma de definir el mundo no deja de surgir de nosotros mismos. Ese negro imperante es nuestra sangre reseca.
Produje una mueca. En esos momentos ya sentía un leve dolor de cabeza.
—¿Sabe lo que es usted? —le dije—. Es un cobarde. Escribe toda esta mierda para desahogar su fantasía y seguir convenciéndose que algún día, que no llega, practicará alguna de estas perversiones.
—Ya se lo he dicho —dijo como si nada—, soy un monje sin dios que se siente más cómodo considerándose lo que no es. Como la mayoría. Las ventas de mis libros me dan la razón.
—Se esconde en esa excusa.
—Es un buen comodín.
—Si usted no escribiese —continúe. Hasta más tarde no me percaté de mis ojos lacrimosos, lo juro—, ¿cómo desahogaría su depravación? Me alegro de que escriba, desgraciado.
—Supongo que seguiría masturbándome con pasajes poco frecuentes de libros aparcados. Puedo decir con orgullo que he conseguido trascender a ese autor que me influyó. Mi forma de señalar el mundo no quedará aparcada, ¿no cree?
—Basta —le pedí—. Por favor.
—Se ha masturbado con alguna de mis historias, ¿cierto?
No respondí.
—Me siento satisfecho —dijo. En ese momento, tras la telilla que inundaba mi visión, analicé que Saint no había cambiado su postura desde hacía rato, de manos entrelazadas y una pierna cruzada encima de la otra. Su expresión era piedra—. Me siento satisfecho —reafirmó—, porque he conseguido plasmar, contagiar al lector, lo que yo siento y vivo. Ese es el objetivo del artista, aunque en el fondo me da igual. Sólo quiero vivir llenando hueco, como todo el mundo.
—Sólo quiere compartir su sufrimiento personal —le dije de modo automático—. Pero en lugar de hacerlo como los demás, hablarlo para compartir y aliviarse, quiere que lo suframos y vayamos decayendo como usted hizo, desea a más gente a su altura para no sentirse tan miserable. Es un egoísta.
—No me oculto, esa es la diferencia. Se dice que eso es lo noble, ¿no?
Y entonces tuve miedo. Me sentí dentro de uno de sus relatos. Me imaginé a mí mismo atado a aquel sillón barato, dándome cuenta tarde que era de mala calidad por lo que tenía que acontecer. Una imagen final de huesos rotos traspasando carne y madera rota asomada entre tela rasgada me sobrevino. Entonces actúe:
—En verdad usted es como los demás escritores. Uno más, un vulgar —Me sorprendió la serenidad con que la dije. Un leve movimiento en la ceja de Saint me dio fuerzas para continuar—. Va de ambiguo para comprobar la reacción de los demás, tan sólo por sustraer ideas y detalles para sus relatos. Eso no es nuevo.
—¿Tan sólo? Una buena idea te puede arreglar la vida.
—¿Por qué no da un paso más allá y por fin se arriesga? De ese modo tendría un relato de verdad, nada de supuestos filosóficos haciendo equilibrio. Venga, abrase de piernas y deje que le golpee —Analicé su reacción, donde al fin rompió esa postura de hacerse el interesante—. Como en aquel relato suyo de los primos del río, que se golpeaban por demostrarse quién era el más resistente.
—Vaya, parece que aquí tenemos todo un fan. Lo que voy a hacer es pedirle que, por favor, se marche.
—O probemos algo menos —callé y dude—. Indecente. Paguemos a una prostituta para follárnosla entre los dos. Yo por la boca y usted por el culo, una alternativa extendida de la que, después de conocer su castidad, ya dudo que incluso haya practicado. Quién sabe, puede que sea una prostituta alien, como en ese cuento suyo.
—Por favor, váyase de mi casa.
—Claro. Joder, sí —dije con la mirada extraviada—. Ahora comprendo. Usted es virgen. ¿Puede ser?



En la parada de autobús meditaba sobre lo sucedido. Estaba sentado en la postura vaga de dejar caer el cuerpo, más apoyada la espalda que el trasero. Al final no podría publicar la entrevista y lo más seguro que me cayese una denuncia. En el fondo me daba igual. Los minutos pasaban como acostumbraban y fue que llegó a la parada una chica con falda, ese fue el detalle más importante. Estaba absorta en su móvil, y se detuvo de espaldas enfrente de mí. Analicé su falda, de pliegues, de un verde pera bonito. Con movimiento lento, buscando por el silencio, extendí mi brazo y tras él fue mi cuerpo. Agarré el borde de la falda con los dedos haciendo pinza y comencé a levantar, deteniéndome para analizar cualquier reacción. Alrededor no había nadie, sólo se escuchaba a los pájaros del mediodía. Logré elevar lo suficiente y analicé la forma respingona de aquellas nalgas bajo las bragas con topos rojos. Me imaginé azotando aquel culito hasta lo purpúreo intenso. Fue entonces que surgió cierta tentativa. Miré a un lado hacia el fondo y analicé una zona con vegetación de altos matorrales. Un par de árboles a cada extremo daban la impresión de entrada hacia otro lugar. Me imaginé incorporándome para agarrar el cuello de aquella chica rodeando y apretando con mi antebrazo. Entonces sería arrastrarla hasta allí para rematar la faena una vez el mundo no pudiera saber de nosotros. Me dio un vuelco al corazón y decidí bajar la falda. Me quedé mirando al fondo. Una vez llegó el autobús, la chica pareció recordar dónde estaba y dejó de mirar el móvil por un momento para girar y apreciarme pensativo dirigido hacia un lado. Pensaría que era un considerado al no quedarme observándola desde detrás. Se subió al autobús mientras regresaba a su móvil. Desapareció de mi vida.
Ya dentro del autobús que me llevaría a casa, estaba con la cabeza contra el cristal pensando en varias ideas. Imaginé una historia sobre una pareja que ya no quedaban satisfechos en la cama, practicando ambos la postura invertida del pino hasta que ocurría un accidente. El relato de alguien capaz de auto-felarse también tuvo cabida en mi mente, donde acababa ganando dinero al convertirse en una especie de fenómeno digno de circo alternativo. Éstas y otras ideas me abordaron, decidiendo entonces que comenzaría a escribir.

sábado, 2 de junio de 2018

Cómo mejorar como Escritor (y de paso como Artista)




Las clásicas preguntas suelen ser las más difíciles de responder o que mayor variedad de respuestas ofrecen. Quiero aportar mi experiencia en tres puntos para comodidad y estructura del artículo. El objetivo es exponer para que surja una reciprocidad de conocimientos, nada de asentar supuestos y bases. Qué mundo más rígido nos supondría de tomarlo siempre de ese modo.



—Primer punto: Conocer personas.

Lo que más hace al conocimiento y a la creatividad es empatizar y socializar con el mayor número posible de personas. La clave está en la variedad, ya que pierde efectividad a la larga el sumergirse a menudo en los de una misma zona o de ideología/gustos similares. Me vienen dos frases a la mente que resumen bien este hecho: “Las personas son más interesantes que los libros” y “El racismo se cura viajando”. El mundo humano va aparte del más real o natural posible, pero es donde vivimos y toda realidad que podamos concebir se asienta en bases de seres pensantes. Para vivir ajenos a la sociedad sería necesario no tener contacto humano alguno, apartados en plena nada de conceptos. Se puede vivir aislado en mitad del campo o similar, pero no deja de haber una conexión o antecedente que permite definirte como persona. Esto además provoca un desgaste de soledad, pues somos animales sociales, lo que delata y apoya que este punto sea el primero y más importante.
A base de conocer gente uno va aprendiendo de sí mismo. Amplia perspectivas y renueva energías al redescubrir el mundo desde otros ojos, por nuevos detalles añadidos que la evolución de nuestra vida no se ha permitido debido a las circunstancias distintas de las de otras personas. Para que esto sea posible se necesita de cierta empatía, la cual va mejorando si no nos acomodamos en los mismos rostros. Ponerse en la piel del otro no es ponerse en su situación tan literalmente, en plan nosotros mismos en las circunstancias de la otra persona, sino mas bien en comprender la forma de ser de esa persona, lo que le ha llevado hasta ahí y el porqué le motiva ser así, hechos ajenos a nuestra experiencia. Eso activa la creatividad, nos hace barajar la infinidad casi literal de posibilidades que terminan creando a una persona adulta. Sólo cuando dejamos de ser nosotros mismos y comprendemos todo lo que supone ser otro, ampliamos la mente a otros horizontes de experiencia.
Hablando de experiencia, conocer a personas a menudo nos hace percatarnos de ciertos patrones comunes del ser humano, sobre todo aquellos condicionados en la primera impresión o máscara. Se terminan definiendo X tipos de personas, pero no hay que asumir nunca conocerlos todos, pues cada persona se luce de variables que modifican incluso a los de un mismo tipo de personalidad. Una vez se traspasa esa superficie o barrera es cuando encontramos la esencia real y única que permite que cada persona sea un mundo. Ahí está la mina para nuestras historias y para la mejoría con nosotros mismos. La victoria, gesta o logro es profundizar en otra persona hasta el punto de recibir una relación recíproca. Tanto en amistad como en amor se obtienen beneficios distintos, y en ocasiones con según quién es más interesante no intentar llevar la relación hacia el amor. En ocasiones he recibido más conocimientos/secretos por parte de una persona que las que ha sido capaz de entregar a su pareja. Diferentes tratos, diferente aprendizaje, aunque igual de valiosos.



—Segundo punto: Leer

Casi el 100% de la gente que ha conseguido sus objetivos ha leído. Todos esos altos dirigentes, artistas reconocidos, gente de renombre… leen. Es así, es vital para facilitar el camino. Los hay que con leer o saber lo justo se pueden permitir avanzar, mientras que otros necesitan leer la estantería. Leer el libro adecuado abre perspectivas, pues no deja de ser un diálogo con una persona. Diría lo típico que es una conversación de una dirección, pero no es del todo así, porque un buen lector suele parar a reflexionar la frase o párrafo que acaba de leer para “responder” a su abstracto interlocutor. Lo que hace en parte es responderse a sí mismo, y con ello aprende y mejora.
Sitúo este punto por encima del siguiente porque leer te aporta una experiencia que puede pasar por real, resultando igual de efectiva. Hay casos de escritores como H.P. Lovecraft y Edgar Allan Poe que apenas salieron de sus casas (o del club/bar en caso del segundo), y sin embargo podían hablar del mundo y los países como si realmente hubieran estado allí. Lovecraft leyó una cantidad de lo que podría llegar a considerarse una biblioteca, y eso le permitió escribir sin problema en sus relatos sobre lugares lejanos, describiendo y analizando conceptos a pesar de no dedicarse a ello. Poe por su parte engañó a gran parte de los tertulianos con historias de la guerra y de Francia, cuando apenas salió de su tierra natal en Nueva Inglaterra. De hecho ambos autores fueron del tipo de escritor “monotemático”, pues recurrían a mismos recursos, temas y estilo una y otra vez, lo que demuestra que un único tema es inagotable, que cada artista pues exponer de mil formas un mismo concepto si no deja de analizarlo, pensarlo, leerlo y vivirlo a lo largo de la madurez de su vida.
Leer bien te puede hacer pasar por quien no eres con una efectividad que no resulta dañina ni ilegítima. Grandes escritores parecen grandes científicos, y en verdad nunca han estudiado esas materias para llegar al grado de ser considerados como tal.
Cuanto más leas, mejor serás. Al igual que hay que conocer todo tipo de personas, hay que leer todo tipo de libros. Los típicos prejuicios de género sólo condicionan. Ir sin etiquetas ayuda a que cueste menos dar el siguiente paso, conectando unos autores con otros, derivando en la marea de temáticas universales a partir de una única como inicio: desde un único punto se puede llegar a cualquier conocimiento, derivando de una parte a otra, tan conectado que está todo como el pequeño punto que explosionó en un Universo.



—Tercer punto: Vivir experiencias/Viajar

Después de nombrar el caso de Lovecraft, considero este punto como “el menos importante”, aunque vital para mejorar como escritor/artista. No hay que cerrarse a probar nuevas experiencias por el hecho de asumir lo que vamos a sentir o pensar tras ello. Solemos equivocarnos al respecto. Al igual que no es preciso el recuerdo cuando rememoramos una experiencia anterior, la nueva experiencia permanece igual de turbia por culpa de ese auto-condicionante del pensamiento. Una vez hecho, se analiza, lo demás son conjeturas que no pueden acertar. Esto se aplica a todos los sentidos del cuerpo, ya sea por ver nuevos lugares, probar nuevos sabores, escuchar nueva música… no hay límite, tan vasto que es el mundo se puede considerar infinito, pues no viviremos lo suficiente para conocerlo todo. Parece que no, pero un hecho tan sencillo como aficionarse a un nuevo estilo de música o cocina amplia ciertas partes del conocimiento que permiten ir conectando a nuevos puntos, por lo tanto a ampliar la mente/perspectiva.
Cuando se viaja en la mayoría de casos se hace por desconectar de la rutina. Esto tiene cierto pequeño grado de error, porque parece que lo hagamos entre por obligación y costumbre. Viajar debería ser una oportunidad para con nosotros, un salir de la oscuridad diaria para regresar a ella con mejores métodos para combatirla. En la primera y segunda no volvemos con la antorcha de la iluminación, pero es la acumulación de pequeñas experiencias lo que permite ser nosotros los que brillemos.
Otro punto común a la hora de viajar es la costumbre de visitar lugares de interés según donde nos encontremos. Es lo típico de ir a museos, zonas históricas… pero pienso que para conocer realmente una localidad es tratando con sus gentes. Visitar los lugares sociales, sus celebraciones, los locales… muestra cómo es realmente el sitio. Una ciudad es una entidad conformada por miles y miles de organismos que la mantienen viva. Saber el común de todos ellos nos puede enseñar una lección interesante.




Aquí concluye mi aporte. Este es mi punto sobre lo que he aprendido por el momento en mi trayecto como escritor aficionado. Mis conclusiones también sirven a otra clase de artistas, pues cada arte se asienta en las mismas bases. Espero que resulte recíproco y salgamos de esta página un tanto más sabios, tanto yo por escribir como tú por leerme, ambos recapacitando.
He insistido en la amplitud de conocimientos y perspectivas, pero porque eso permite aumentar los recursos y herramientas de la imaginación. Saber más hace pensar con más soltura y lógica, lo que permite dominar la imaginación de un modo más acertado y creíble, y por lo tanto satisfactorio para uno mismo y disfrutable para los demás.

miércoles, 4 de abril de 2018

Los Malos Consejos para Escritores no Existen



Este artículo viene de la costumbre de demostrar por parte de los escritores —donde me incluyo— el buen afán de ayudar (o demostrar) a otros colegas como se mejor se nos dé. Ya de por sí es una ironía, pues dos personas pueden tomar el mismo camino o realizar la misma tarea y obtener resultados diferentes.
Por Internet hay decenas y decenas de artículos sobre consejos sobre escribir. ¿Qué es lo que sucede? Que encontramos tantos y tan variados (incluso algunos que se contradicen, y dentro del mismo artículo) que ya no se sabe a quién hacer caso. Pero entre toda esa guía revuelta, existen los llamados “malos consejos”, que se han propagado hasta el punto de ser considerados una anatema, trozos de ensayo que figuran en la lista negra del libro sagrado no escrito del escritor. Hay algunos con los que concuerdo, pues el puro sentido común ya te indica, pero otros me hacen llevar las manos a la cabeza por el más puro de los instintos. Entre mis deducciones, hay una que incluso no me resulta descabellada: que la pura envidia u orgullo tergiversa esos consejos para “dañar” a cualquier posible competidor. A un experimentado es raro afectarle, pero hay más cantidad de noveles y soñadores que de escribir saben lo básico, y es fácil que se crean y lleven a la práctica cualquier artículo recóndito del blog ubicado en el lugar más aleatorio.
Bien, sin otro ánimo mas que el de ayudar, quiero repasar de los más comunes para discutirlos, concluyendo el tema con que si de verdad es tan importante.



Nunca te salgas de tu género:

El primer mal consejo ya desvela que el principal problema de aconsejar es la subjetividad y la ambigüedad para quienes no tienen una experiencia formada.
Estoy de acuerdo en que hay que escribir y leer de todo. Todo. Sin cerrarse a nada, incluso lo malo porque enseña a cómo no hacerlo. Así se aprende y se expande el horizonte mental. Pero bien, una vez has hallado tu género, ¿qué problema hay en volverse un maestro en ello? El truco está en aprender de otros géneros para aplicarlos en el tuyo. Si eres capaz de ser un multi-género, adelante, pero de normal lo suyo es aprender de todos para aplicarlo a tu estilo personal, ese que te pueden imitar pero nunca copiar (cierto hecho marca de la casa *guiño guiño*).
Si pensamos de un modo editorial/comercial, lo más viable es colocar a un escritor en el género que más conoce y practica. De vez en cuando hay que arriesgarse (siempre) y lanzar algún título alejado de tu género. Stephen King así hace, sorprendiéndonos con alguna obra que poco tiene que ver con el terror. Imagino que las escribe cuando realmente siente que es necesario, sin forzarlo.


Muestra, no cuentes:

Me mata. Una de las claves del buen escritor puesta entre dicho. Este “mal consejo” nace de la falta de empatía y/o por la poca cantidad que se lee de media.
Es sencillo. Tú lees sobre alguien con el rostro enrojecido por la zona de la nariz, los ojos llorosos y un tanto fatigado. No te hace falta que nadie te diga que está enfermo, lo más probable con un resfriado. Antón Chejov comentaba que no describas la luna, muéstrala en el reflejo de una botella rota. Esa es una de las claves de escribir bien, el cómo lo cuentas y, por favor, el lector no es tonto, y tiene la sensibilidad necesaria para comprender a qué te refieres, a reaccionar ante una bella imagen. A falta de poder aplicar lo de una imagen vale más que mil palabras, el escritor se ve obligado a activar la imaginación del lector.
Este pretexto, que espero no esté tan expandido, nace de la comodidad y las ganas por esforzarse en esforzarse poco, en creer que con describir y describir es suficiente (irónico para la comodidad). En la vida real no tenemos al lado alguien comentando todo lo que vemos (aunque existen personas así). La literatura en comparación rellena ese hueco y hace de la función transmisora que luego interpreta nuestro cerebro. Si una línea me la puedes resumir en dos o tres palabras visuales bien combinadas, es que algo funciona. Lo mismo para un párrafo resumido en dos o tres líneas.
Puede que la confusión surja de cómo contamos el punto de vista del personaje. Si es primera persona es lo más sencillo, nos limitamos al modo de ver el mundo de un único personaje. Si es en tercera usando a varios, podemos ir saltando, con los giros y sorpresas que eso conlleva, jugando con el variado modo de ver que tienen diferentes personas sobre el mismo lugar, persona o suceso.
Por favor, muestra, el ser humano medio comprende una escena sin que se le explique el porqué de ciertos detalles y gestos. El cine ya nos ha enseñó a comprenderlo (hasta el vicio).


Acorta:

Se sabe que escribir una novela o relato extenso requiere del mismo trabajo tanto de escribir como de corregir. La impaciencia por publicarlo o enseñarlo a la humanidad entera logra que la parte de corrección sea tratada a la ligera. Dentro de este proceso, existe el consejo profesional de acortar. Corta, resume, elimina… parece que no, pero por experiencia aseguro que es de lo mejor que se puede hacer.
Vivimos en unos tiempos de prisas de un sol a sol cada vez más rápido, de consumir lo máximo posible en menos tiempo (lo cual mata a las buenas obras, que requieren de ser disfrutadas y analizadas con calma), así que este detalle, ahora más que nunca, es necesario si uno quiere ser leído, aunque es más importante por el motivo principal de lograr algo interesante de leer. Duele matar a nuestros seres queridos (eso comenta Stephen King en su famoso libro didáctico), pero el resultado final se nota. Mas que acortar, es ir directo, con la clave de mantener al lector dentro de la imaginación, del sueño constante.
En el primer borrador solemos escribir de más, volcamos todo lo que tenemos dentro y, a menos que seas Mircea Cartarescu (que a la primera le surge lo que va a ser publicado), un buen porcentaje no es necesario para contar lo importante de la historia. Tras escribir todo el bloque y dejar reposar, al retomar es el momento de analizar qué es vital e imposible de quitar. No te engañes, hay mucha cantidad que sobra, y párrafos importantes siempre pueden ser acortados. Se sabe que cada párrafo de un libro bien compuesto no sobra porque cuenta algo que tiene que ver con la trama, o que contiene detalles que son o serán importantes. Al inicio es normal describir cómo son los personajes con sus comportamientos y acciones, pero después comienza la aceleración que permite atrapar la intriga del lector, y eso se logra acortando.
Insisto, no es (sólo) porque vivamos deprisa, sino porque es necesario para que el lector no sienta que está perdiendo el tiempo al leer ciertos trozos. Ahí está el meollo de este arte, saber capturar y no soltar a cada línea. No temas acortar para poder unir dos trozos separados por culpa de una o varias palabras grises. Toca invertir el mismo tiempo que escribiendo. Ah, sí, en la revisión te dará por añadir. No es tan buena idea como parece.


Escribe sólo una cosa al mismo tiempo:

Este supuesto mal consejo me pilla. Al parecer, quienes lo defienden es porque se atascan con sus novelas y se dedican a escribir otras. Bueno, si eres capaz, de acuerdo, pero prefiero lo de una cosa detrás de otra. Lo de atascarse… si uno ha leído y escrito lo suficiente nunca debería sucederle. Lo de la hoja en blanco es más una leyenda, porque existen tantos temas e ideas por contar que no creo que una única persona pueda contarlas todas. Por otro lado, se conoce que la musa te pilla trabajando, y si te sientes poco inspirado, es tan sencillo como ponerte a escribir por escribir. Deja calentar los motores.


Escribe sobre lo que sabes:

De nuevo, la ambigüedad. Sí, hay que escribir de lo que eres entendido, pues da gusto tanto escribirlo por parte de uno como leerlo por parte de otra persona; pero no, porque te quedas en tu zona de confort y a la que hace cinco artículos o reseñas descubren que estás limitado o eres monotemático. Es como el primer mal consejo, sobre lo de quedarse en tu género predilecto. Lo suyo es leer de todo para evitar este supuesto problema, hablar y conocer a la mayor cantidad de personas y visitar lugares: vivir, acumular experiencias. Con ello se logra que lo que escribes sea variado y no parezca que escribes sobre lo que sabes, sino que hablas en un lenguaje más universal.
Pero hoy en día nos movemos poco del lugar donde está el ordenador (hablo de la media de escritores, pero se sabe que se expande a más tipos de personas), leemos deprisa y corriendo y en su mayoría son discusiones (que no debates) de las redes sociales, y conocemos gente de la que no sabemos cómo son en aspecto. ¿Cómo esperamos escribir algo creíble? Aunque las generaciones cambian, y puede que les resulte más verosímil el que escribas sobre gente sin describir sus gestos y costumbres en sociedad más allá de las aficiones, que ya no haga falta hablar sobre su rostro pues basta con señalar que tiene el del personaje de moda. Las referencias a la orden del día, lo que me aconsejaron en su momento que no hiciese, ahora es una necesidad para conseguir cierta “empatía” al ser leído.
En resumen, sal de vez en cuando de lo que dominas. Documentarse es uno de los mejores procesos a la hora de escribir. Deja de visualizar esa serie o película al doble de velocidad y ponte a descubrir sobre el mundo.


Adverbios y adjetivos:

Este mal consejo sí que está expandido. Su origen nace del citado “Mientras Escribo” de Stephen King, donde recomienda no usar nunca adverbios. Lo que nadie ha caído en la cuenta es que se refiere al inglés, pues de hecho el propio traductor tuvo el detalle de indicarte que son palabras terminadas de normal en –ly. En castellano son las terminadas en –mente. Así que tenemos una norma que se ha tomado a rajatabla, siendo criticados aquellos que usen prontamente cualquier adverbio que modifique al verbo cruelmente.
Este consejo mal interpretado por un “lost in traslation” hay que entenderlo como que no hay que abusar de adjetivos y adverbios. Abusar, que no el no utilizar jamás. No pasa nada por colar alguno de vez en cuando. Queda claro que queda mejor y menos vago el no usar adjetivos, lo de la botella rota y el reflejo de la luna y eso, pero tampoco voy a dejar de leer un libro interesante sólo porque me diga que una bicicleta está, simplemente, rota. Es impreciso para la imaginación, pero ya se encarga el cerebro de arreglarlo. El problema es si cada línea tiene un adjetivo, pues me saca del sueño vivido que supone leer.


Empieza por la mitad:

Otro consejo que se ha tomado a la literal. Cuando se dice que comiences tu historia por la mitad, no se refiere a que comiences a escribir tu novela por en medio y luego realices el inicio o el final. Se refiere al clásico y efectivo truco de contar al iniciar la historia una escena de la trama avanzada. Esto produce que el lector se interese sobre cómo se ha llegado a ese punto y el qué sucederá después, por lo que no tiene otra que leer la primera mitad de la novela para llegar de nuevo a ese punto. ¿Es tramposo? Un poco, pero da la emoción e intriga que se busca, y seguro que el lector no se siente engañado una vez cumplas con las expectativas de esa primera escena adelantada en el tiempo.
Aquí viene el meollo clásico sobre los escritores de mapa y los de brújula, que son lo que planifican de principio a fin su novela contra los que la comienzan y se dejan llevar. Los primeros lo tienen todo pensado, cada cabo bien atado, los segundos es fácil que se pierdan, pero logran esas escenas donde no sabes qué va a suceder pues ni el propio autor lo sabe. Creo que lo suyo es un punto medio, saber de antemano sobre qué vas a escribir, documentarse bien, tener claro lo importante de la trama y entonces lanzarse sin miedo, dejándote llevar. Por otro lado, no hay que cerrarse y negarse a modificar ciertas partes. Puedes tener una idea mejor o darte cuenta que tal parte mejora al ser cambiada o eliminada. Si lo suyo es sorprender y dejar contento al lector, lo mejor es lograr que eso mismo te suceda a ti al escribirlo, y planificarlo puede matar un poco la esencia si se abusa de ello.


Varía tu lenguaje:

Otro supuesto mal consejo contradicho por algún vago. Si uno lee en cantidad, ni se da cuenta de la variedad de su lenguaje. Si uno está limitado en su lenguaje, que no se excuse, que lea un poco más y abra esa perola. También se aplica a lo de si repetir o no palabras dentro de un mismo párrafo. Como se sabe, lo suyo es un punto medio, y no creo que pase nada porque suceda de vez en cuando. Si es a cada momento, hace sospechar de la capacidad del escritor. También sucede que a los mejores escritores ni se les nota cuando repiten a cada momento una palabra. No hace mucho leí una entrevista sobre Alan Moore donde se refería a cierta palabra una y otra vez. El tema era tan interesante que ni me percaté, sólo al revisarlo me di cuenta de la repetición de la palabra, pero no me importó porque su discurso resultaba estimulante y esclarecedor, lo que eclipsaba cualquier aparente fallo.
Con la variedad de palabras que posee nuestro idioma, como para faltarle al respeto.


Tienes que juntarte con otros escritores:

¿En serio esto es tratado como un mal consejo? Vivamos todos en nuestras torres de marfil, por supuesto, nos aislamos de los colegas del gremio, claro que sí. ¿Qué van a saber ellos? ¿Qué consejos y experiencias puede darnos alguien que trata y lee sobre los mismos temas que nosotros? Encima que los contactos son necesarios para colar la pata en tal o cual lugar. En fin…
Ya lo decía mi abuela, que una de las mejores experiencias de la vida es conocer a gente, y ella sabía mucho sin apenas haber leído. Hay que tener amigos hasta en el infierno. En muchas ocasiones las personas son más interesantes que los libros, y rodearte de gente afín es estimulante. El mero hecho de unirte a un foro o chat de escritores ya motiva a escribir. Compruebas otros métodos de realizar los mismos ejercicios, aprendes detalles que se te escapan, compites por mejorar y de paso te diviertes.
Quiero creer que quien diga que juntarse con otros escritores es malo es por culpa de malas experiencias. Como en todo campo artístico, hay mucho ególatra, envidioso y competidor que no soporta que alguien le enseñe o tenga esas mismas tareas y objetivos que le hacen creer tan único y especial. Hay un tipo de persona que, en verdad, son resignados con máscaras de sabelotodo que no podrían aguantar ver a alguien consiguiendo lo que ellos no han podido. Su propia sabiduría les estanca. Se creen haber dominado la vida, y si ellos no lo han logrado, oh, tan capacitados y elegidos que son, ¿cómo va a poder el resto? Déjalos ahí en el centro del mundo: están completamente solos.


No escribas un género menor como Fantasía o Ciencia-Ficción:

Este sí que es un mal consejo. Por suerte este prejuicio ya se ha superado. Hoy en día cierto elitismo se desvanece y hay autores reconocidos y de peso en cada género posible. La Fantasía y la Ciencia-Ficción tienen mucho que contar, cantidad de ejemplos existen que lo demuestran. Me temo que hasta que uno de estos autores no gane un Nobel, nadie los va a tomar en serio, aunque ya pocos quedan que no hayan leído y disfrutado/aprendido con obras de estas características.


Escribe para vender:

Si te dedicas a esto por el dinero, mejor que te eches el cubo de realidad lleno de agua fría cuanto antes. Puedes ganar dinero, pero no para vivir. Es mejor no hacerse ilusiones, aunque eso no significa que no lo intentes. Se dice que para vivir de escribir es necesaria la constancia (disciplina, perseverancia y superación que dice Murakami), y la clave es lograr un buen catálogo de libros escritos para comenzar a ver beneficios. Sin embargo, una vez estés metido de lleno en la obligación de escribir, puede que te arrepientas de lo que deseas.
Se idealiza la profesión del escritor por culpa de la fama de los mejores. ¿Conoces de algún escritor feliz? Sí, en entrevistas y artículos. Pero no dejan de tener problemas, y se dice que de entre todos los artistas los más propensos a problemas mentales son los escritores, tan acostumbrados a ir entre la realidad y la ficción cada día. Al final se maneja tal cantidad de datos y se acumulan tantas ideas que no puede ser sano, con la obligación de escribir las dos mil o tres mil palabras diarias si queremos cumplir con el plazo. No deja de ser un trabajo de ocho diarias. Encima no tan bien cotizado.



Conclusión:

El problema de los consejos, como ya dije, es que no dejan de ser subjetivos, ambiguos según la experiencia de la persona que los escribe o los lee y quizá condicionantes. No dejan de ser una guía o esbozo para hacerse una idea de cómo funciona esto de escribir. Al final lo que cuenta es la experiencia personal, ¿y quién si no mejor que uno para conseguirla? Es que no hay otro modo, al final siempre depende de ti mismo conseguirlo, asúmelo.
El problema es que los escritores somos de hablar/escribir mucho. Es la manía lógica, lo tengo comprobado por los foros y blogs que visito, donde hay más palabras que en foros de música por ejemplo, que hay gente más acostumbrada a escuchar/leer. Solemos perdernos en nuestros propios discursos, pues para ser escritor se necesitar de cierto ego (uno que de normal no es dañino, ojo), y divagar es nuestra especialidad. Lo que concluyo de este hecho es que se debería gastar esa energía en escribir ese proyecto de nuestras vidas, en lo que pretendemos entregar al mundo por ver qué sucede. Quizá lo terminen leyendo los más cercanos y algún lector casual, pero si funciona, el boca a boca hará el resto. Insisto que no te hará rico (eso tampoco va a solucionar tu vida, asúmelo de una vez), pero habrás compartido y las personas reaccionarán en consecuencia. Eso es de lo más hermoso de la literatura, el aportar tu modo de ver el mundo y que los demás surjan cambiados de esa experiencia y por lo tanto siendo mejores.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Para el día de mañana, que es cada día, Mujer Trabajadora


—María, ¿está ya la comida o qué?
En esa María asoma por la puerta del comedor. Porta con las dos manos una escopeta enfocada hacia Pepe. La dispara, y el hombre en el sillón se sacude al tiempo que su interior se exterioriza en forma de lluvia sangrienta, sucesión acompañada del estruendo poco musical que retumba en cada pared. El hombre queda con la cabeza ladeada para siempre.
La mujer desciende el arma con calma, como si ya no soportara el peso. Exhala su interior con un resoplido.
—¡María! ¿Qué no me oyes? ¡Que me traigas una cerveza!
María despierta del ensueño. Está fregando en modo automático. Decide ignorar a Pepe hasta que éste insiste, esta vez acompañado de un crujido del sillón. Deja el vaso, se seca en el paño lo más rápido que puede y se dirige al frigorífico. Una vez abierto, se detiene como hipnotizada observando la luz del interior.
Cuando Pepe está a punto de chillar, María asoma por la puerta del comedor. No lleva la cerveza, sólo porta una expresión de dureza.
—¿Y la puñetera cerveza?
—Me voy a la manifestación. Búscatela tú.
Y María se desplaza y desaparece del marco.
—¿Manifestación de qué? —grita el hombre sin levantarse.
—Por los derechos de las mujeres —María responde desde la lejanía. Se escucha un ruido de llaves.
—¿Qué dices? —dice al tiempo que forma una sonrisa—. Y será verdad.
“Ese es el problema” piensa María “Que no nos toman en serio hasta que es tarde”.
La puerta de la casa se cierra, dejando a Pepe con el eco.

De camino a la plaza central, María observa por las aceras a mujeres que marchan en la misma dirección. De los portales de los edificios van surgiendo más. Camina y observa esa imagen con satisfacción, hasta que se percata que en esa calle hay una tienda de armas de caza. Se detiene en el escaparate y analiza una hermosa arma de doble cañón. Sonríe. Enseguida borra su expresión y piensa que tampoco es solución.
Y continúa su marcha, sabiendo que piedra a piedra se edifican los grandes ideales. Sólo es necesaria la unión que sirva de cemento. Una unión entre todas, y todos.

lunes, 26 de febrero de 2018

Reseña de El Alma Torcida



Esta reseña forma parte de la iniciativa #bloggerseindie

Cuando por fin tuve tiempo para adentrarme en este libro, descubrí el error de no haberlo leído antes. En el mundillo de los escritores independientes es normal encontrar reseñas dispares o incluso bastante duras. Sin embargo, Con El Alma Torcida parece haber una unanimidad positiva. No es para menos, pues aparte de leerse rápido y con gusto, aporta experiencias realistas donde poder aprender o sentirse identificado, recordando los errores en común con sus personajes para entonces sonreír y saber que fue necesario para mejorar, siempre cambiando por el camino mal asfaltado que es la vida.
Su filosofía no es barata, aunque sí sencilla, y eso lo hace asequible a toda mente. Es limpia su narración, y eso crea una obra sincera. Tan abiertas son sus palabras, que emocionarse y empatizar con los narradores es tan fácil que resulta admirable, sumergidos en esos mundos personales desde el principio. Otro mérito es condensar tanta idea en tan poco espacio de páginas, sin que resulte abrumador o amontonado. Discurre como el agua por un canal, con calma sugerente para que nos dejemos llevar.
La trama no es compleja, o acaso lo es tanto como la vida misma. Es tan cercano que no necesita de cabriolas narrativas para convencernos. Sabemos de qué habla la historia en todo momento, y logra que queramos imitar las decisiones de los personajes: de eso trata la historia, de decisiones bien o mal tomadas. La vida plasmada en papel.
Otro punto interesante es la fusión con la música. Como músico y escritor suelo realizar lo mismo, y es harto recomendable y efectivo. En esta ocasión se nos ofrece leer el libro al tiempo que dos clásicos del Rock: The Dark Side of the Moon y el Wish You Were Here, ambos de Pink Floyd. Aquí el autor se puso las canciones y se dejó llevar, lo cual se nota al iniciar a partir del título de la canción, sin importar su letra. Ni falta que hace, pues el objetivo es expresar lo que uno siente y piensa, la visión personal del mundo gracias al arranque inspiracional de la buena música. El lector puede perderse con ciertos términos musicales, aunque son momentos puntuales, logrando que nos dejemos llevar por los compases en ciertos párrafos donde el autor se desata con pura pasión musical contagiosa.

En resumen, un libro más que recomendable, ya sea por su fluidez al leerlo, por su verdad irreprochable, o por la fogosidad de algunos de sus pasajes. Si te gusta la música, sube puntos. Aunque no es vital, pues saldrás de sus páginas aprendido/a.

viernes, 5 de enero de 2018

Qué sucedería si se respondiese a "¿Dios existe?"


De poder saber con certeza, al 100%, la respuesta a ciertas preguntas imposibles, todo cambiaría.

Por ejemplo, ¿Dios existe? En caso de obtener un sí irrevocable, la humanidad entera se tornaría creyente, lo que provocaría un cambio de costumbre global, todo gobierno se adaptaría a la religión, rutinas con nuevas esperanzas que igual siguen sin llegar en vida, enfrentamientos al interpretar cada uno cómo es Él y su intención, forzadas conductas de bondad por ganarse un hueco en el otro mundo... Suscitaría más preguntas, y una inquietud universal al, no ya sentirnos ínfimos flotando en el infinito, sino ante una deidad imposible de comprender, pero que está ahí, que es imposible de negar y eso afecta o incluso duele, porque existe y no es por ti ni por nadie, y a su vez te creó sin un motivo claro. Es el padre  o madre que jamás se presenta en casa.

De ser no la respuesta, aumentaría la desmotivación. Habría un pensamiento generalizado sobre que cada humano existe de casualidad y que ha venido para nada, lo que provoca enfrentamientos. Gran parte del pasado de la humanidad pierde sentido y delata una ignorancia violenta, si acaso no una vergüenza letal. La religión se extingue y aumentan los delitos, porque no se teme a un supuesto infierno o moralidad castigadora, no se toma en serio leyes impuestas por otros tan insignificantes como ellos mismos. Los que ya eran no creyentes humillan a los que lo fueron, excediéndose. El nihilismo está a la orden del día, y la gente de fe no tiene donde aferrarse, decayendo  en la nada interior.

Tanto en un caso como en otro, todo cambiaría a una posible confusión general. Aunque, estos sucesos ya ocurren, sólo que se basan o apoyan en la incertidumbre. Que se realizaran desde la certeza los haría genuinos. Hay preguntas que mejor no responder.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Infancia e Idealización


De niños nos educan en aprender a idealizar, un acto natural que no se preocupan que evitemos. Nos llenamos de obras idealistas, aprendemos y crecemos junto a ellas. Y de repente, toca madurar, y te golpean por todos lados, te enseñan sobre crueldad viviéndola, y ninguna pregunta es respondida. Las obras idealistas van perdiendo nuestro interés, y las obras más realistas duelen en la asimilación. Comprendo el lento camino hasta la madurez y la comprensión del dolor diario, pero a veces me da la impresión que de querer proteger a los niños, acabamos por ponérselo más difícil, engañando de más su ilusión aunque sea sin querer. Deberían existir obras infantiles que terminen bien, sí, pero también alguna mal y otra de forma ambigua, para que el niño vaya sopesando opciones, que en la vida no hay nada definitorio y que los grises son las herramientas que usaremos. Si van a idealizar o soñar, que lo hagan con responsabilidad, que todo es posible en su justa medida basada en las circunstancias, que no suelen parecerse a las del héroe o heroína de turno. Sin embargo, esas circunstancias se pueden mejorar/superar, de ahí el saber usar la idealización para enfocarla como objetivo realista que cumplir.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Busco por una Comunidad de Lectores


Busco por lectores antes que autores.
Por gente acostumbrada a escuchar antes que a hablar / A leer antes que teclear.
Por lectores que bucean al fondo y no se quejan del color del agua. Que no les asusta la espuma del vertido y que saben que en lo oculto está lo nuevo, lo que queda por descubrir.
Busco por aquellos que valoran una trama y se enamoran de un personaje, que no derrumban un mundo entero porque aprecian una muesca en la columna.
Ando buscando aquellos que analizan la complejidad de construir una escena, que aun mal decorada puede cumplir su objetivo (si acaso no sucede que siguen sin ver que la mala decoración es intencionada).
Busco por aquellos que se dan cuenta que la perfección en la forma delata carencias inconscientes. Que de tan bien hablados no dicen nada.
Sé de gente que ha leído más que escrito, y eso les da el don que tanto ansían y rebuscan los autores.
Anhelo sinceridad con respecto a la creación, a gente que saboree el río y no se queje de lo sinuoso que resulta.
Conozco de personas que han crecido tras un viaje, y ese es mi objetivo. Si te resistes a ser cambiado, las probabilidades te delatan.
Huyo de los que ya asumen ciertas normas, que saben ya cómo hacerlo y siguen en las mismas aunque encuentren opiniones contrarias.
Rehúyo de los escritores que escriben para otros escritores. Da la impresión que subestimen al lector. Si uno es sincero, sin segundas intenciones como intentar demostrar de qué se es capaz, hasta el lenguaje complejo y/o completo se lee con rapidez.
En la inocencia o pureza del verdadero lector es donde más aprendo. Su opinión carece del recelo del artista, y puede llegar a quererme tal como soy aun por mis defectos.
El lector no tiene nada que perder, no se juega una supuesta reputación ante la masa que ignora este submundo. Aquellos que intentan labrarse un camino tan fútil como irreal se toman en serio hasta el juego más evidente.
El orgullo del lector es luchar por leer y aprender más, por encontrar su libro. El del autor medio es competir y demostrar contra el mundo entero, sin percatarse que su competición es de un único participante.
Al lector es fácil atraparlo en géneros, no es perfecto, pero al menos se convierte en un experto que no aprendió de normas, sino de intuición. No quiero hablar de imitadores y reglas a rajatabla sobré según qué concepto, género o percepción.
Busco por aquellos que te conciben como una persona tras las teclas, y no como otro ente-piedra en el camino.
Los lectores no crean máscaras.
Rebusco por lenguajes llanos pero auténticos, por reseñas poco perfectas o alejadas del conocimiento técnico que me hablen de lo que aún no sé de la forma de ser de mi creatividad.
No quiero a nadie que me diga cómo tengo que hacerlo. Mucho menos condescendencia del mal actor. Quiero saber quién soy, y en la guerra de los egos jamás me podré encontrar.

Y es que observo cantidad de ironías cuando veo por foros, amazon y comunidades por autores que se venden a cambio de reseñarte si lees su libro. Una tristeza en esas presentaciones de libros como si ya fuésemos la estrella de una editorial que nunca llega. Nos compran los amigos, familiares y conocidos de la red. Un lector real te identifica enseguida y no pasa de las primeras páginas; ya se sabe todas las trampas o trucos. En el fondo sabes que se te da mejor el spam. Otro escritor del mundillo dará la impresión de triunfador, pero como dijo aquel autor: todos nos sentimos perdidos, sólo que unos disimulamos más que otros.
No todo es escribirlo a la perfección; que la vista y la educación lo agradece, se sabe, y delata a un trabajador cuidadoso, pero también hay unos actores creados para el momento, con sus rasgos y detalles. Entre líneas se cuenta otra historia, lo que no se dice. Quien lo percibe se delata como lector ideal.
Hay autores que leen, se cuenta, aunque a veces me da la impresión que son expertos escenógrafos, camarógrafos y productores. Se olvidan del porqué El Quijote inició su viaje y cómo lo terminó. Se olvidan de todo lo que vivió y del humor irónico imperante. No parecieron aprender del bueno de Sancho, y de las crueldades en sociedad que aún perduran. Parece que es más importante que fuese la primera novela moderna, de que es harto largo, casi infinito, y que lo enseñan en el colegio o instituto, que forma parte de nuestra cultura, aunque no nos preguntemos realmente el porqué. Todo se sabe leyendo, y los libros no son lo único que es posible ser leído.
Y ahora, si has leído entre líneas, sabrás que lo de El Quijote es lo de menos.

martes, 14 de noviembre de 2017

Ya Basta: sobre el Presente que ya es Futuro



Este artículo surge al escuchar sobre el dato que asegura que más de la mitad de los jóvenes de entre dieciocho y treinta años no tienen un objetivo claro en su vida, incluyendo una estadística similar que afirma que cada vez más jóvenes toman anti-depresivos. Estos datos se aplican a España, asustado por si me da por buscar a nivel mundial.
A mí me pilla más adulto con respecto a esa generación, pero la comprendo, pues he vivido el cambio del paradigma moderno, basado en la masificación de la tecnología de comunicación. Viví la época en que había novedades tecnológicas cada uno o dos años, pasando a presenciar un acelerón del que todos ya nos adaptamos conforme se postea la novedad. Tanta velocidad y prisas, ¿es bueno? Nuestro cerebro va evolucionando de generación en generación, pero ahora en una única generación de personas vivimos gran cantidad de cambios y… “experiencias”.

Para comenzar mi alegato, diré que somos víctimas del “Do it Yourself”, una relevación de responsabilidad hacia uno mismo. Somos los causantes de todo lo que nos suceda en la vida. De acuerdo, pero con esa premisa se nos culpabiliza hasta de situaciones que nos son ajenas. Mis temporadas como “Nini” son un infierno, pero porque así me lo han inculcado para que lo sienta. He escuchado a cercanos que, si no trabajas, no tienes derecho a nada, que no debería ni votar ni opinar sobre política o sociedad. Uno tiene más tiempo libre y puede informarse de la actualidad, pero sin embargo no se te tiene en cuenta, surgiendo esas miradas automáticas de superioridad o desprecio, pasando por la clásica indiferencia que cambia de un día a otro a interés si ya tienes trabajo. No les puedo culpar, así les han enseñado o han aprendido de verlo alrededor. Todo esto provoca una sensación diaria de inferioridad y marginación, lo que explica bien ese dato sobre anti-depresivos entre los más jóvenes. Se ha creado una generación nihilista que se siente culpable sin tener toda la culpa de un problema que resulta nacional, si acaso no mundial. Somos gente invisible, pues no somos el problema de nadie. Nos dicen que nos busquemos la vida, que es lo que hay, pero aunque les expliques que hay semanas que mandas más de cien currículums para nada, no terminan de convencerse, siguiendo en sus trece de que algo haces mal, que no puede ser.
Recuerdo que cuando terminé mi época de estudiar encontré trabajo enseguida. Fue terminar de ese primer trabajo que encontré otro en menos de un mes. Dos años después presencié la primera señal del cambio cuando esa empresa, bastante grande, fue disminuyendo su plantilla, estando incluido en los múltiples despidos. En apenas dos meses, encontré otro trabajo. La gran empresa donde aprendí tanto ya no existía. En este nuevo empleo me vi afectado por primera vez de cobrar menos del mínimo, de realizar horas de más y sin contrato. Cuando ya podían arreglárselas con uno menos, me dieron puerta como si nunca hubiese estado allí. Era la primera vez que vivía una situación así, incluso la primera vez que sentía que deseaba irme de un trabajo o directamente no ir, tan acostumbrado a lo que debería ser de por ley. Qué ingenuo, aunque a los meses de nuevo trabajaba. Dicha empresa también cerró, y supe entonces que no era mala suerte, que algo sucedía. Años después, me he pasado que si en cursos inútiles que ofrece el paro y trabajos precarios donde lo que produces y aprendes es casi anecdótico. Supe que algo iba mal, pero el hastío y el peso de “ser diferente” comenzaron a cegarme, quedando con la cabeza gacha durante ciertas temporadas. Me sentía horrible, un paria a pesar de haber hecho lo que me dijeron que debía hacer y que era lo correcto.
Es entonces que me pongo en situación de los que son más jóvenes. Ellos van con promesas mientras estudian, y al salir, hallan un vacío. Tienen la cabeza llena de ilusiones de un mundo donde todos tienen derecho a triunfar, contaminados por el tópico de película Disney, literalmente. Si apenas consiguen un primer trabajo digno, ¿cómo van a saber qué es eso? Se malacostumbran, y se quejan por lo que han oído o leído de otros, no por experiencia propia. Poco a poco hay más Ninis, pero son creados por las circunstancias de un problema enorme que aún nadie ha sabido —o querido— explicar con claridad. Se van encerrando en sí mismos, siendo felices dentro del ilimitado mundo de las distracciones que ofrece Internet o la nueva forma de hacer televisión, los videojuegos, o el auge de las series. Nada de esto es malo pero tampoco bueno, es lo que es y se ha convertido en un modo de vida. En cierto modo la película Disney se ve realizada, aunque sea en un aspecto más íntimo y, por lo tanto, secreto. La única suerte que tienen es que se tienen unos a otros, los únicos seres humanos que comprenden porque viven la misma situación, compartiendo un ensueño colectivo a diario con juegos on-line, WhatsApp, foros de temáticas muy específicas, etc… sin llegar a asimilar que nada es para siempre, ajenos a base de entrenar la voluntad sobre que tarde o temprano esa realidad inquebrantable se los tragará. De mientras, queda disfrutar lo que se pueda.

Somos generaciones estigmatizadas, víctimas de algún gran error ajeno del que no terminamos de identificar su procedencia. No obtenemos respuestas, no avanzamos, y esa incertidumbre carcome. No tenemos derecho a nada, y aunque consigas un empleo, sigues igual porque no es un trabajo digno a como citan las normas populares que nadie escribió pero que todo el mundo conoce. ¿Trabajas en X cadena de comida rápida? Qué mal está la cosa tío, te dicen, mientras que en el fondo ya te están etiquetando y definiendo. Los días pasan y son cada vez más oscuros. Para algunos ya lo son del todo, pues se oculta el dato sobre que el índice de suicidios ha aumentado. Sé que no se informa sobre ello para evitar una conducta espejo, pero sucede igualmente.
Como sedante ante el dolor e incógnita sobre el futuro personal, existe el entretenimiento, como he indicado antes. Me fascina a su modo el aumento sobreexplotado de ficciones de todas las índoles. Por ejemplo, ahora todo el mundo ve series. Siempre ha sucedido, pero ahora es un modo de vida que en el fondo me asusta, una especie de evasión auto-impuesta y constante que parece relacionada con el disgusto de nuestra propia vida; cuanto mayor es la infelicidad en nuestra vida diaria, más se consume entretenimiento o se practica cualquier tipo de ocio, pasando el deporte a esta categoría para cierto grupo de personas hasta el punto de considerarse moda.
No pienso enarbolar el tópico de que la televisión o similar es mala, lo peor que existe y que corrompe a las mentes y por lo tanto a la cultura. Me limitaré a ser un observador, como todo narrador debe ser, a un consumidor más dando una opinión personal a lo que observa y vive sin intención de imponer.

Comenzaré señalando sobre mi teoría sobre el origen de la ficción como entretenimiento. Antes que didáctica, fue evasiva. Los primeros seres humanos vivían bajo una presión de supervivencia que es imposible imaginar. Sus comodidades era no pasar frío y tener el estómago lleno, siempre con el rabillo del ojo alerta por el peligro constante de otros depredadores. Surgió así el primer gran mentiroso, que exageraba la verdad para cosquilleo cerebral del resto, cuando no actuaba solemne y contaba una historia que bien podría ser real. Entre esos relatos del cuentacuentos primigenio (donde además se pueden incluir a los primeros músicos o creadores de ritmos), habían historias sobre tribus o manadas más desgraciadas, devoradas por fieras exageradas. Puede que en verdad el primer relato surgiese de una desinformación o rumor tergiversado, por lo que la esencia es la misma. El prehistórico iba entonces a cazar con esa historia en la cabeza, aliviado al saber que otros habían tenido peor suerte, o inspirados por la leyenda de un gran cazador imbatible que alimentó él solo a su poblado, viviendo una larga vida que, para el promedio de edad de entonces, era casi como un inmortal.
De ahí nacieron los primeros seres pensantes que deseaban ser historia. Milenios después, la televisión ha funcionado y funciona del mismo modo. ¿Quieres formar parte de la conversación de los demás? ¿Ocupar por un momento sus mentes? Participa en nuestros múltiples espectáculos de usar y tirar.
Y es que la ficción no deja de ser una mentira, y de la peor si no se tiene control, pues te puede transportar a otra realidad donde no existe ese futuro que tanto temes a diario. Remarcaré de nuevo que la televisión no es peligrosa ni dañina ni parecido, pues, al igual que con Internet, depende del uso que le des. Aunque, relegar la responsabilidad a uno mismo y a nadie más, ¿de qué me suena? Quizá la excusa sobre que de algún modo nos culturiza, es de los grandes placebos mejor inventados. Siempre recordaré la reacción de un amigo más joven cuando le conté que también existe la cultura basura, tomándolo como una ofensa. Esas reacciones sólo dan que pensar.
Una relación que no puedo evitar ver es, cuanta más presión y exigencia se nos solicita en la vida, más consumo de ocio se produce. Sin embargo, se exige realismo, de mis ironías favoritas cuando se trata de ficción. Cada vez se pide más realismo y veracidad en las obras de ficción, en la que sea. Parece como si la mente evolucione percatándose más y mejor de la falsedad de la ficción, exigiendo más certeza para poder creerse la mentira y evadirse del dolor existencial. Cuanto más elaborada esté la mentira, mejor para creerla y sucumbir a su placer, convirtiéndonos en otro que nada tiene que ver con nosotros mismos, ese ser tan lleno de responsabilidades. Y es que las primeras farsas ya son en el colegio, donde con compasión cruel no nos preparan para lo que se avecina, creciendo a base de decepciones donde alguna, digo yo, se podría evitar; somos seres que crecen y maduran a base de decepción. Lo raro es que sonriamos más de un día seguido.

Es entonces que regreso a las generaciones menores de treinta años. Pienso en la ficción que consumen, en los autores e ídolos que les son ejemplo y… me desconcierta, pero porque no sé cómo va a ser su futuro. Si apenas sé cómo va a ser el mío, el suyo es más incierto todavía.
Tengo a varios autores que me mantienen los pies en el suelo o me dan golpes de realidad. Gente como David Foster Wallace me hablan de la realidad, de los detalles que la complementan y que me hacen fijarme hasta mejorar como persona. Pero, las generaciones actuales, ¿a quiénes tienen? Pienso en los youtubers y me da escalofríos. En una actualidad que prima por la inmediatez, ¿cómo se tomará a autores como Thomas Pynchon? Imagino una cabeza explotando, pero la realidad es que comenzarían uno de sus libros y se distraerían enseguida con otra actividad para después pasar a otra, siendo lo más realista que ni sepan del libro si su “influencer” de turno no lo recomienda.
Pienso en los escritores que se leen ahora y me doy cuenta que no desconectan de la ficción más mentirosa, pues las novelas juveniles actuales se asemejan a descripciones sobre una película. No es ningún complot para vender más o algo así, la verdad es que los nuevos escritores se crían con el cine antes que con las experiencias reales (de hecho yo he escrito novela como si de un cómic se tratase, tan criado por estos).
Un narrador es un observador y describe a partir de lo que conoce, ha visto y oído. Si todo su mundo se basa en la ficción encuadrada en pantallas, ¿cómo esperar leer con el tiempo a otro autor de la talla de los clásicos? Y es que éstos eran de una era pre-televisión, por lo que tenían más nociones de realidad, donde su entretenimiento y aprendizaje cultural relacionado con las historias seguía siendo el boca a boca o el reunirse en grupo a contar cuentos y rumores.
Las influencias actuales son maestros de la mentira que viven en un mundo propio que es mentira, más exagerado aún a la época en que sólo predominaba la televisión. Se sale cada vez menos de casa, y si se hace nos encerramos en el móvil. La realidad que dominamos al narrar se basa en relaciones no naturales, donde conocemos a personas que se esconden detrás de un avatar. Llega la hora de quedar en persona y vemos que el personaje es distinto, y algunos no soportan esa verdad, les duele, o incluso imitan entonces a sus avatares de la red, resultando entre extraño, inquietante o cómico ver esos comportamientos. Ciertos rasgos de la personalidad son sustituidos por la ficción/imaginación de otros; el humor ahora es más de “meme” o situacional ajeno (de temas graciosos que a otros les ha pasado o han dicho, en lo principal youtubers) y eso me incomoda, mientras que a las nuevas generaciones les es normal, por lo que será la norma.
De hecho el modo de imaginar es distinto, siendo limitado como digo a las normas de creaciones ajenas. Recuerdo que de niño imaginaba en plan dibujos animados, y hasta que no aprendí a imaginar situaciones factibles en imagen real, no comencé a madurar en ciertos aspectos. ¿Quién no dice que esa madurez tardía cada vez más común no se deba a esa capacidad limitada de imaginar? Estancada por la falta de experiencias reales en ese mundo lleno de personas feas comparadas con el famoso de turno, que dan entre miedo y respeto debido a poseer una imaginación exagerada, descontrolada y prejuiciosa.

Y es que veo que cada vez hay más frialdad con respecto a lo real. Los bebés que ya crecen con el móvil en la mano van a ser personas introspectivas e introvertidas, llenos de sentimientos ocultos y de un fondo al que sólo se podrá acceder si uno chatea con ellos, apareciendo el autismo tecnológico. Seremos uno con la máquina, aunque más mental y con los sentidos que físicamente. La vista verá mejor de cerca, con lo que las actividades relacionadas con mirar lejos se complicarán a menos que se usen aparatos o robótica.
Habrá tal exceso de información que cada postura u opinión se podrá contradecir con un supuesto estudio o artículo. Todo pensamiento será rebatido al instante, y la gente será tan ambigua que cada vez se dejará llevar más. Por otro lado, existirá la verdadera indiferencia, pues tal cantidad de información ya nos está insensibilizando, importando más conseguir titulares del tipo “Mientras se estaba escribiendo este artículo, se ha extinguido otra especie animal”, por lo que será más una anécdota que una información que terminemos de asimilar como real. Se leerá cultura y noticias sólo para poder comentarlas, nada de concienciarse o alimentar el interior con gusto, porque en el fondo poco nos importará o no terminaremos de tomarlo en serio del todo.
Los sucesos del mundo serán anecdóticos, y la gente que consume constantemente la anécdota acabará teniendo vidas como tal, lo que es peligroso cuando se trate de enfrentarse a un problema real que atañe a todos, a menos que me equivoque y tal golpe de realidad nos despierte al fin del sueño.
Como demostración, imagino a personas observando de lejos cómo se acerca una onda expansiva de un modo muy lento, casi imperceptible aunque demostrable, medio cegados, comentándola siempre con suposiciones, buscando por información para comprenderla y presumir al explicarla a otro, el cual contradice a su vez con la desinformación inconsciente que ha encontrado con su buscador de confianza… todos arrasados por la onda.

En resumen, somos unas generaciones de nihilistas involuntarios. Este hecho me preocupa desde hace tiempo, escribiendo un relato sobre el tema en clave de Realismo Sucio. Sobre este artículo surgirá la clásica opinión que contradice, la que apoya, la que añade y la que se desvía. De nada servirá aunque opinen un millón de personas, todo seguirá igual y esto quedará como, bueno, una anécdota. Haremos como que nos concienciamos sobre el tema, pero la rutina de nadie cambiará. Por dentro ya sabemos las respuestas a muchas penumbras de la vida, y sin embargo no hacemos nada. De nada sirve leer y leer hasta ser el más sabio, pues si no se aplica nada cambia. Habrán existido sabios mejores que Sócrates o más inteligentes que Einstein, pero se quedaron vete a saber dónde porque todo lo sabían pero nada hicieron. El mero movimiento, por ínfimo que sea, ya produce acción, y la necesidad de escribir este texto ya me hace sentir y mentirme a mí mismo que estoy haciendo algo, lo que sea, que ya hago más que aquel que calló y se ocultó a la espera de una revolución o cambio que no llega y de la que en el fondo sabe que no participará por pura cobardía.

Da lo mismo la cantidad de palabras que escriba aquí, pero escribirlo demuestra esa parte de mí que considero real, que aclara que de ser mentira mis palabras, no podría haber elaborado un texto tan extenso lleno de relaciones. Se leerá, se pensará, se improvisará o no una opinión del momento y una anécdota más para la colección de las que llevamos en esta vida. La memoria archivará y comprobaremos que el mundo sigue dando vueltas, como cuando muere alguien.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Si lo Piensas, Sucede



El altavoz digital iba alternando entre las canciones seleccionadas por uno y luego por otro. Uno y otro, ahí estaban sentados en el sofá de tres plazas, medida la distancia en medio, manejando con el Bluetooth de sus móviles la alternancia de melodías predilectas, seleccionadas por el ánimo del instante, la nostalgia momentánea o el puro azar de pulgar.
—En estos momentos alguien se está ahorcando —dijo uno.
El otro no dijo nada, sumido en pasar con el dedo la lista que se deslizaba hacia arriba en la pantalla de móvil. Se escuchaba la uña chocando. Medio minuto después dijo:
—¿De qué grupo es esa?
—¿Eh? Ah, no. No es una canción. Es algo que se me acaba de ocurrir.
De respuesta recibió un gemido a boca cerrada. Siguieron embelesados en sus respectivas pantallas. El otro seguía analizando su lista —ya iba por la P—, y el uno alternaba entre el navegador web y la lista de su reproductor. Tenía más claro qué canción poner a continuación, y así hizo. Un poco de Weezer.
—De Weezer nunca hay poco —dijo el uno—. Son demasiado grandes.
—Bue. Están sobrevalorados.
—¿Qué dices, tío?
Pero el ambiente no cambió. Siquiera se habían mirado. Pasaron minutos entre comentarios escuetos y casuales sobre el valor de según qué banda. Les quedaba el resto de la tarde y parte de la noche para evaluar decenas de canciones más, y eso atormentó y alegró los interiores por igual; la confrontación o dilema del joven que procrastina la vida.
—¿Y lo del colgado a qué venía?
Teclearon un rato los móviles. Gestos automatizados.
—¿Eh?
—Lo de que alguien se ha ahorcado. ¿Pasó hace poco? No me he enterado.
—Ah. No. Paranoias mías.
—Ajá.
El uno se levantó para dirigirse a la nevera que había en la esquina. La caseta no era grande, asunto que alcanzó a abrir en tres pasos. Buscó por un bote de cola. Cerró.
—Tráete uno, ¿no? —dijo el otro desde la morigeración del sofá.
Y así hizo uno. Regresó al mundo dentro del mundo. Vuelta al móvil.
—Qué me digas lo del ahorcado.
—Que sí, coño. Es la paranoia que me ha dado por pensar que, en estos momentos, alguien se está ahorcando.
—Dirás en el momento en que lo has dicho antes.
—Calla, gilipollas. Que la parra trata sobre que, millones de personas que existen, es pensar en una posibilidad que… —calló. Se concentró en un asunto invisible en el móvil—. Pues eso. Lo piensas, pues ha sucedido.
El otro siguió buscando por esa canción que le daría la victoria de la tarde.
—Pues eso —prosiguió el uno—, que ha sucedido o que está pasando en estos momentos.
—Entonces, si yo ahora pienso que alguien se está ahorcando. ¿Está pasando?
—Tanta gente que hay, pues puede ser. O como mínimo suicidándose. ¿Cómo te quedas?
—Estás flipao, pero me mola. Voy a probar.
—Ni que tuviésemos poderes —dijo y rio.
El cuadro que conformaba el sofá con ambos amigos regresó. Uno de ellos rompió —o mejoró— la armonía conforme abrió el bote con la mano libre. A los segundos el otro recordó y abrió el suyo, usando las dos manos tras dejar el móvil en la pierna. Dio un sonoro sorbo.
—Voy a probar, tú —dijo el otro—. Ahora mismo alguien se está ahogando.
—¿En la playa?
—En el mar. O en la bañera de su casa, qué sé yo.
—Eso es muy raro.
—¿Y tu ahorcado no?
—Es más fácil que ahogarse en tu puta bañera.
—Mi bañera es grande. Ahí se ahogan dos.
—No digo eso, atontado. Digo que ahorcarse sucede más. Al menos en algunos países, como Japón.
—Mientras hablabas se ha ahorcado otro.
—Pues puede ser, ¿que no? Incluso ahora acaba de pasar un accidente de coche en algún lugar del mundo.
—Hostia, tío, eso sí.
—Ya vas pillando.
—Pero porque el copiloto se la estaba chupando al conductor.
—Gilipollas —dijo riendo. Continuó unos segundos—. Joder, tío, y seguro eran dos tíos.
—Eso es más improbable —dijo acompañando la risa.
—No, no, si lo piensas es más probable —dijo y se enfocó hacia el rostro de su amigo. Éste le correspondió y mantuvo la mirada—. Los gais están más salidos, hacen más a menudo cosas de esas.
—Tío, qué homófobo.
—Qué va. Hacen quedadas entre árboles, en mitad del monte, para darse por culo.
—¡Tío!
—¿Qué? Si a mí me da igual. Lo fuerte es que se lo montan entre desconocidos.
—Anda.
—Que sí que sí. Son zonas específicas donde quedan según qué días. Mira por Google si quieres.
—¿Y qué pongo? ¿Sitios donde poder darse por culo tranquilo?
—Y en grupo. Pues ahora mismo está pasando.
—¿El qué?
—Joder, pues una panda de maricones haciendo el tren.
—Que no seas tan homófobo, que por ahí te malinterpretan y te joden.
—Mientras no me jodan de verdad, me da igual.
El otro negó con la cabeza y regresó a la pantalla. El uno se mantuvo pensativo, dio un trago y regresó al móvil. Pasaron unos minutos más. La música seguía sonando.
—Lo estás buscando —dijo el uno.
—Qué va. Estoy mirando probabilidades.
—¿El qué?
—Sobre lo que hablabas. ¿Sabes que mueren más por accidente que por ser pillados por un tiburón? Lo de las películas es todo exagerado.
—¿Y ahora te enteras?
—Oh, perdona, eminencia de tiburones.
—Decía lo de las películas —dijo y dio un sorbo—. Vamos, que te has convencido de mi rayada.
—Me ha molado. Ahora mismo pienso que uno o una puede estar rompiendo con la novia, o dándose el primer lote, o perdiendo la virginidad…
—¿Te das cuenta que sólo piensas en lo mismo?
—Déjame acabar, hostia. Que digo que ahora una persona puede estar, no sé, aprendiendo a nadar, viendo nacer a su hijo…
—Es normal, seguro que está pasando. Lo que mola es imaginar el lugar, que si país, el aspecto de las personas, cómo van vestidas —fue comentando.
—Ya ves. O puede que estén en estos momentos en el hospital viendo morir a un familiar…
—Eso ya no mola.
—Pero si tú te has cargado a un japonés ahorcándolo —exclamó.
—Ahora mismo se ha ahorcado otro.
—Da para pensar. Es eso, si lo piensas, está sucediendo. O acaba de suceder hace, no sé, ¿segundos? ¿Minutos? Si es posible ser pensado, es posible que haya sucedido. O que suceda.
—¿Has mirado lo de los lugares gais?
—Calla, coño. Se te va.
—Yo sí que lo miré. Hay uno no muy lejos de aquí.
—¿Qué?
—Y me acerqué por curiosidad. Habían tres allí, dándole que te pego.
—Te estás quedando conmigo.
—Y a uno lo conocemos. No te vas a creer quién es.
—¿Quién?
—Si te lo digo, tú verás. ¿Estás seguro?
—¿Quién, joer, quién?
Entonces el uno calló. Se mantuvo mirándolo, dando un par de tragos de mientras.
—¿Pero vas a decírmelo?
—Tu padre. Vi a tu padre.
Se quedaron callados. El otro frunció el ceño.
—Qué gilipollas.
—Te lo has tragado —comenzó a reír con fuerza. Continuó a pesar de los puñetazos del otro hacia su costado.
—Pedazo de subnormal.
—Eh —fue diciendo entrecortado—, no te metas con los subnormales, que luego te malinterpretan —terminó de decir para entonces reír con la misma fuerza que al inicio.
—¡Gilipollas, paso de ti!
El otro regresó a su móvil, apartándose hasta el extremo del sofá. La risa continuó. El uno estaba tumbado, escupiendo carcajadas hasta toser, con lo que expulsó la risa en imitación a un arma. La música no se apreciaba.
De forma gradual llegó el silencio. Se escuchaban los suspiros del uno tapando a trozos la canción que el otro había estado escogiendo una detrás de otra. Un suspiro final sucedió conforme el guasón se incorporaba en el asiento. Tenía la cara roja, permanente la sonrisilla.
—A lo mejor tu madre se está muriendo en estos momentos —dijo el otro.
—Eh, gilipollas, con eso no se bromea.
—¿Y con la muerte de otros sí?
—No es lo mismo. Yo no provoco que se suiciden o se mueran.
—A lo mejor el hecho de pensarlo ya lo provoca.
El uno se aguantó la risa. Se detuvo al notar el dolor en el abdomen.
—¿Qué dices, tío?
—Que tanta gente que hay pensando, a más de uno se le cumplirá lo que piensa. Lo raro es que suceda justo a su lado.
—¿Cómo?
—Que se cumplen sus pensamientos, pero en la otra punta del mundo.
—Tío —dijo y aguantó colocándose el puño en la boca—, no me hagas más risa, por favor te lo pido —Sus cejas se enaltecieron, cerrando los ojos y la boca como signo de resistencia hacia la diversión.
—O sea, tú dices la gilipollez de que alguien se está ahorcando en estos momentos, y lo mío, que se basa en lo mismo, es una gilipollez —Resopló, pulsando con más fuerza los pulgares en el móvil—. Que te den.
—Sólo si es por ti.
—¡Que no estoy para bromas, me cago en la puta!
El otro se enfocó y levantó la mano que sujetaba el móvil. Apretaba el puño y los dientes, su cara enrojecida.
—¡Tranquilízate, coño! —clamó el uno—. Vaya tela, no sé porqué te pones así.
—Te has reído de mí un buen rato, cabrón.
—Tú en mi lugar…
—Basta de tus falacias —dijo y bajó el brazo. Se centró en mirar al suelo. Resopló con más fuerza, asomando lágrimas.
—Falacias, vaya tela.
—Lo siento. Es que últimamente estoy tenso. Perdona, de verdad.
Sin embargo no se atrevía a mirarlo. El uno acercó la mano hasta el hombro del otro.
—Que no pasa nada, coño. ¿Pasa algo en casa?
—No. No es eso.
—¿Entonces qué es?
—Nada, en serio. No me hace gracia que se rían de mí de esa forma.
—¿Y tras tantos años ahora me entero? No me lo creo.
—Pues te lo crees. Al igual que me creo yo lo de que ahora alguien se está suicidando o recibiendo por el culo.
—O las dos al mismo tiempo.
—¡Tío!
—Venga, ríete. Que son coñas. Yo no deseo que nadie se muera o que se de por culo de verdad.
—Ey, darse por culo es tan respetable como practicar el sexo normal.
—¿Sexo normal? Tío, ¿quién es ahora el homófobo?
—Tu padre.
—Tranqui —alargó.
—Que lo decía en plan coña. Mira, que se mate quien quiera mientras no seamos nosotros ni nuestros padres.
—Ni mi hermana.
—Hostia, ni tu hermana, claro.
—Ni tu hermano.
—Ni mi hermano.
—Que es a quien vi en la zona gay. Era uno de los tres enganchados con alevosía y fervor —dramatizó.
—Joder —dijo el otro sin poder evitar sonreír—. Anda, trae otro bote.
—Marchando —dijo el uno y se levantó hacia la nevera, llegando en un soplo—. El segundo era yo, y el tercero ni puta idea, pero tenía buena pieza. Íbamos alternando los vagones, por si te interesa saberlo.
—Que no ha tenido gracia en ningún momento.
—Si me rio es porque lo respeto. En serio —dijo y abrió la nevera. Rebuscó y sacó dos botes de cerveza—. Merecemos algo más fuerte para brindar que, en estos momentos, hay personas haciéndose felices las unas a las otras gracias al sexo. Eso sí que es real y mágico.
—¿Te vas a callar y acercar de una vez los botes?
—Eh, que es uno para cada uno, avaricioso —Entonces se acercó, sentándose al tiempo que ofrecía el bote.
Emitieron sendos ruidos de abrir la lata. Brindaron y dieron un trago, uno más corto que el otro. Se centraron en mirarse, los móviles a un lado. Quedaron mesmerizados en puntos lejanos, atravesando lo corpóreo, ausentes gracias al poder de la música.
—¿Y este tema de quién es? —preguntó el uno.
—Radiohead. Es de mis favoritos.
—Esa banda sí que está sobrevalorada.

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